Un paria desafiante

Puesto que desde hace décadas ha sido virtualmente nula la posibilidad de que Corea del Sur, Estados Unidos, Rusia, China o el Japón procuraran invadir Corea del Norte, ya que la dictadura de la dinastía comunista de la familia Kim siempre ha mantenido una capacidad militar convencional más que suficiente como para causar graves daños a cualquier vecino que se animara a atacarla, hay que suponer que la voluntad del régimen de invertir una proporción sustancial de sus escasos recursos en un esfuerzo por pertrecharse de un arsenal atómico se debe principalmente al deseo de llamar la atención. Para algunos dictadores, pasar desapercibidos podría considerarse una alternativa aceptable, pero no lo es para uno como el joven Kim Jong-un que se imagina portador de un mensaje ideológico que es su deber propagar a lo ancho y lo largo del mundo. Aunque a esta altura los dirigentes del régimen que encabeza, a partir de la muerte de su padre en diciembre del 2011, entenderán que las demás potencias estarán todavía menos dispuestas que antes a darles la asistencia humanitaria que tan desesperadamente necesitan, ya que la economía norcoreana es tan primitiva que no está en condiciones de alimentar adecuadamente a los habitantes del país, les importa mucho más el presunto prestigio supuesto por ser miembro del club nuclear que el bienestar de sus compatriotas. Asimismo, no pueden sino suponer que la belicosidad extraordinaria que caracteriza al régimen lo ayuda a movilizar a su favor el orgullo nacional, pero se trata de una estrategia riesgosa porque el dictador podría sentirse obligado a asumir posturas cada vez más agresivas hasta que los países amenazados, Corea del Sur y Estados Unidos, reaccionen de manera contundente. Los líderes de todos los países poderosos, incluyendo en esta ocasión China que, de quererlo, podría presionar a su aliado díscolo negándose a venderle lo que necesita para funcionar, se afirmaron alarmados por la prueba nuclear más reciente de Corea del Norte, pero la verdad es que no saben qué les convendría hacer frente a un acto que el presidente norteamericano Barack Obama calificó de “altamente provocativo” y que, dijo, debería motivar una reacción internacional “rápida y creíble”. Aun cuando los blancos de las amenazas norcoreanas no tomen demasiado en serio la retórica furibunda procedente de Pyongyang, donde los voceros del régimen hablan como si se hubieran propuesto castigar a Estados Unidos por su “hostilidad imprudente” pero que claramente no serían capaces de sobrevivir a una guerra contra la superpotencia, les preocupa la idea de que los norcoreanos sí pudieran creer en sus propias palabras. Por ser cuestión de un régimen tan aislado y tan comprometido con planteos que en otras latitudes son consideradas grotescamente irracionales, temen que los “estalinistas” norcoreanos podrían preferir suicidarse a reconocer que su experimento ha sido un fracaso atroz, que a cambio de sacrificios apenas concebibles lo único que han logrado es construir una de las sociedades más miserables del mundo. Por razones evidentes, la proliferación nuclear plantea un peligro gravísimo a la paz mundial, pero frenarla no está del todo fácil porque casi todos los países creen tener el derecho soberano a poseer medios que les permitirían provocar un cataclismo planetario. Pero si bien es legítimo argüir que sería más justo que el desarme nuclear fuera universal, los integrantes actuales del club tienen buenos motivos prácticos para dar prioridad al congelamiento del statu quo por poco satisfactorio que fuera desde el punto de vista de los utópicos. Por lo demás, es forzoso discriminar entre aquellos países que cuentan con gobiernos que son relativamente responsables y los que, por motivos religiosos o ideológicos, podrían caer en la tentación de aprovechar su capacidad nuclear para chantajear a los demás o para intentar destruir a sus enemigos. He aquí la razón por la que Estados Unidos, la Unión Europea, Israel y muchos países árabes no quieren permitir que la teocracia iraní tenga una bomba propia y porque, mal que les pese, se sienten constreñidos a pensar en lo que tal vez resulte necesario hacer para impedir que el régimen fanatizado de Corea del Norte continúe desafiando a la llamada comunidad internacional.


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