Un parque para jugar

Seguimos pedaleando la Mesopotamia. Nuestro paso por Entre Ríos tenía una cita obligada: recorrer el Parque Nacional El Palmar. Nos adentramos unos días en un mundo de palmeras yatay, arroyos escondidos y largos senderos de arena.

Por Redacción

Jimena Sánchez

Pedaleamos por la Ruta 14 con la brújula mirando al norte. El paisaje no dice mucho: es autopista, cemento y árboles intermitentes. Dejamos atrás el desvío para entrar a la ciudad de Colón y a pocos kilómetros un micromundo de palmeras brota del suelo entrerriano a lo largo de más de 8.000 hectáreas. El Parque Nacional El Palmar se presenta ante nosotros como un oasis para nuestros sentidos urgidos de naturaleza virgen.

El camino principal es un sendero en sí mismo con una mezcla de ripio y arena que lo hacen aún más real. La velocidad permitida para transitarlo es de 20 km/h pero nosotros ni siquiera llegamos a 10. Descubrimos que ese es el ritmo perfecto para poder ver cada pájaro que nos sobrevuela y por sobre todo, para oírlos: cantan en idiomas que nunca antes habíamos escuchado.

Hacemos 13 km y llegamos al único camping de todo el Parque: es tan grande que no sabemos en dónde tender la carpa. Damos una vuelta y vemos unas mesas de madera ideales para mates de media tarde con el río Uruguay a pocos metros de distancia.

Buscamos un mapa y empezamos a organizar nuestras tardes de pedaleo y caminatas para conocer a fondo este universo verde que se despliega ante nosotros.

Ambientes de lujo

Vemos carpinchos, vizcachas, zorritos y peludos. Vemos urracas, carpinteros blancos y mariposas de cola roja.

Su morada es un ecosistema único: el palmar-pastizal, un bosque de palmeras yatay con pastos de diferentes tamaños que brinda alimento y abrigo a éstas y otras tantas especies autóctonas.

En sus orígenes estas palmeras se extendían desde Paraguay y el sur de Brasil cubriendo una gran parte de Corrientes y Entre Ríos, lo que se conocía con el nombre de “El Palmar Grande”, pero su población se vio disminuida debido a la instalación de cultivos y pastoreo excesivo: por este motivo es que se creó el Parque en 1966 para proteger no solo este ambiente sino también la selva en galería y el bosque xerófilo, aquel que se adapta a la escasez de agua.

A paso lento

El primer sendero que recorremos a pie es el histórico “Calera del Palmar”, uno de los establecimientos coloniales más antiguos de la provincia cuya función era la de explotar yacimientos de calizas organógenas (es decir, materiales originados por transformación de la materia orgánica debido a determinados procesos geológicos). Además de caminar por caminos de selvas, pasamos por delante de las ruinas donde siglos atrás funcionaban los hornos para la elaboración de cal viva.

Por una huella llegamos a la playa. Hay familias de pescadores siguiendo el ritual de sus tardes de río.

Después de una siesta bajo el sol, continuamos por un sendero corto pero intenso: El Mollar, un bosque cerrado de ramas telaraña desde donde se puede bajar hacia un arroyo.

Nos subimos a las bicis y vamos para el mirador Los Loros. El camino es angosto y vemos pájaros que vuelan hacia todas las direcciones, árboles ñandubay y espinillos. Luego de una subida y de cruzar un puente, necesitamos bajarnos de las bicicletas para ver la vista en detalle: es un lugar para tener una mirada 360. Seguimos hacia el arroyo El Palmar escondido entre piedras y nuestra última parada es el mirador La Glorieta, una maqueta de un océano de palmeras.

No nos queremos ir, pero la ruta nos llama. La próxima parada son los pueblos del norte de Entre Ríos, esos que nadie pero nadie conoce.

Hacemos 13 km y llegamos al único camping de todo el Parque: es tan grande que no sabemos en dónde tender la carpa. Damos una vuelta y vemos unas mesas de madera ideales para mates de media tarde con el río Uruguay a pocos metros de distancia.

Buscamos un mapa y empezamos a organizar nuestras tardes de pedaleo y caminatas para conocer a fondo este universo verde que se despliega ante nosotros.

Ambientes de lujo

Vemos carpinchos, vizcachas, zorritos y peludos. Vemos urracas, carpinteros blancos y mariposas de cola roja.

Su morada es un ecosistema único: el palmar-pastizal, un bosque de palmeras yatay con pastos de diferentes tamaños que brinda alimento y abrigo a éstas y otras tantas especies autóctonas.

En sus orígenes estas palmeras se extendían desde Paraguay y el sur de Brasil cubriendo una gran parte de Corrientes y Entre Ríos, lo que se conocía con el nombre de “El Palmar Grande”, pero su población se vio disminuida debido a la instalación de cultivos y pastoreo excesivo: por este motivo es que se creó el Parque en 1966 para proteger no solo este ambiente sino también la selva en galería y el bosque xerófilo, aquel que se adapta a la escasez de agua.

A paso lento

El primer sendero que recorremos a pie es el histórico “Calera del Palmar”, uno de los establecimientos coloniales más antiguos de la provincia cuya función era la de explotar yacimientos de calizas organógenas (es decir, materiales originados por transformación de la materia orgánica debido a determinados procesos geológicos). Además de caminar por caminos de selvas, pasamos por delante de las ruinas donde siglos atrás funcionaban los hornos para la elaboración de cal viva.

Por una huella llegamos a la playa. Hay familias de pescadores siguiendo el ritual de sus tardes de río.

Después de una siesta bajo el sol, continuamos por un sendero corto pero intenso: El Mollar, un bosque cerrado de ramas telaraña desde donde se puede bajar hacia un arroyo.

Nos subimos a las bicis y vamos para el mirador Los Loros. El camino es angosto y vemos pájaros que vuelan hacia todas las direcciones, árboles ñandubay y espinillos. Luego de una subida y de cruzar un puente, necesitamos bajarnos de las bicicletas para ver la vista en detalle: es un lugar para tener una mirada 360. Seguimos hacia el arroyo El Palmar escondido entre piedras y nuestra última parada es el mirador La Glorieta, una maqueta de un océano de palmeras.

No nos queremos ir, pero la ruta nos llama. La próxima parada son los pueblos del norte de Entre Ríos, esos que nadie pero nadie conoce.

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