Un peso menos flaco

Por Redacción

Para disgusto de aquellos miembros del gobierno a los que les encantaría el «dólar recontraalto» del sueño «productivista» y, es de suponer, la satisfacción apenas disimulada del presidente del Banco Central, Alfonso Prat Gay, financista que poco antes de asumir su cargo actual dijo que a su entender el peso debería valer 2,80 por dólar estadounidense, la semana pasada nuestra divisa había llegado a 2,81 para la venta, el mejor nivel desde marzo del 2002. Es que, como muchos gobiernos tanto aquí como en el resto del mundo han descubierto, manipular el valor de una moneda sin controles rígidos es casi imposible. Tampoco parece importar demasiado el poder de compra relativo, por tratarse sólo de un factor entre muchos. En última instancia, todo depende de la confianza, este elemento subjetivo y en consecuencia un tanto misterioso que determina la evolución de los mercados financieros. Así las cosas, el que el peso se haya fortalecido a pesar de la probable derrota de Carlos Menem en el ballottage puede ser una buena noticia por reflejar el consenso de que a Néstor Kirchner no le interesará provocar una nueva crisis financiera que, además de incidir de manera brutal en la vida de muchísimas personas, socavaría su propia autoridad. Otra víctima de una eventual corrida financiera sería la reputación de Roberto Lavagna que según el santacruceño seguirá en su puesto: si bien el ministro de Economía es considerado un partidario de un peso exageradamente barato, su incapacidad para impedir que cobre fuerza es el resultado lógico de la impresión generalizada de que continuará manejando la economía con sobriedad, oponiéndose a las iniciativas arriesgadas que suelen ser reclamadas por lobbistas sectoriales vinculados con los integrantes del «ala política» del gobierno de turno.

De todos modos, a esta altura Lavagna habrá entendido que los beneficios hipotéticos brindados por una tasa de cambio destinada a reducir los costos laborales argentinos a un nivel antes considerado propio de países históricamente paupérrimos nunca serán suficientes como para compensar las desventajas supuestas por la desconfianza visceral necesaria para posibilitar la distorsión deseada o por un régimen férreo de controles. Aunque a partir del desplome de la convertibilidad los salarios locales han sido patéticamente exiguos cuando son medidos en dólares estadounidenses, no se produjo ningún boom exportador liderado por bienes manufacturados, los que hoy en día requieren un grado de calidad superior fruto de inversiones tecnológicas y la existencia de mano de obra bien preparada. Un país que aspira a exportar algo más que «chucherías» que cualquiera podría fabricar si le pareciera conveniente ha de crear las condiciones para que los empresarios puedan pensar en el largo plazo, lo que, huelga decirlo, no podrá darse antes de que se haya alcanzado un acuerdo con los acreedores a fin de reabrir las líneas de crédito que sirven no sólo para contraer deudas, sino también para financiar las operaciones comerciales internacionales, detalle éste que los fascinados por la idea de un default siempre se las arreglaron para pasar por alto.

Mientras persista la incertidumbre en cuanto a las perspectivas económicas a mediano plazo, no podremos saber cuál sería el tipo de cambio óptimo, o sea, uno que refleje la productividad real de la economía nacional, pero puesto que todavía hay muchos nubarrones en el horizonte es razonable suponer que el dólar podría bajar mucho más si el próximo gobierno se muestra dispuesto a actuar con sensatez. En vista de que a comienzos del 2001 el nuevo gobierno de Eduardo Duhalde, a pesar de su compromiso ideológico con un peso baratísimo, pensaba que una devaluación del veinte por ciento sería adecuada pero que por las dudas convendría fijar el valor del peso a 1,40 por dólar estadounidense, en la actualidad una cotización de dos pesos por dólar podría resultar razonable, por fantasioso que esto pareciera a quienes en un lapso sumamente breve ya se han acostumbrado a una tasa de cambio propia de un período de crisis gravísima que muchos suponían no podría sino culminar muy pronto con un estallido hiperinflacionario devastador acompañado por el colapso de casi todas las instituciones del país.


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