Un policía y un juez de Paz contra el comisario

Por Redacción

stas páginas no tienen –ni tendrán- la pretensión de «hacer» filosofía de la historia, aunque a veces sugiera buscar coyunturas episódicas, contemporáneas a los sucesos exhumados, a fin de mejorar su interpretación. Algo recomendable de tomar a la manera de auxilio secundario y hasta apropiado para interpretar aquellos capítulos de la historia regional poco tratados o sus personajes ensalzados o denostados con ligereza.

Ya se sabe: la historiografía es siempre una página abierta. Más aún en temas que -todavía- merecen mucha investigación, como sucede con las Policías Fronterizas o como el caso que ocupa las últimas ediciones y el que podría llamarse el «genocidio de los sirio libaneses en Río Negro».

El caso de los asesinatos de «los mercachifles turcos» también debería ser analizado desde el punto de vista jurídico, ya que, como finalmente sucederá, será la falta del cuerpo del delito una de las causales que hará decaer las acusaciones, además de las graves deficiencias procesales que cometió el juzgado letrado.

Los criminales de todas las latitudes siempre intentaron la desaparición de sus víctimas. Varias décadas después, un caso emblemático consumado en Buenos Aires llenó las páginas de los diarios y se llamó «el crimen de la Donatella» (descuartizada para destinarle varios y distantes entierros que hicieran un siniestro rompecabezas con el cuerpo del delito).

¿Era fácil incriminar por asesinato de decenas de víctimas a otras decenas de presuntos criminales sólo por sus confesiones arrancadas entre golpizas y condiciones de extrema vejación y basándose en apenas una ínfima porción de restos indeterminados de las supuestas víctimas? (pregunta a formular según la letra, doctrina y jurisprudencia de la época bañada de positivismo penal).

En cambio, quebraduras, heridas, hematomas, cicatrices, quebranto físico de los criminales, más 14 autopsias de incriminados muertos en la cárcel a consecuencia de golpizas, y según dictámenes del médico territorial (dr. Faussone), fueron evidencia concreta en la causa contra el comisario Torino y sus asistentes.

Otro dato para el análisis: es fácil sospechar que el gobierno territorial ayudara a sus hombres, es decir, a los planteles policiales ponderados hasta que se conocieron los procedimientos bárbaros aplicados durante los interrogatorios.

 

Los desvalidos no inciden

 

Los aborígenes trasandinos acusados, ¿qué poder o contacto gubernamental podían esgrimir para presionar una defensa o morigerar una condena? Había entre los acusados algunos miembros de los toldos de los Ñancuche, seguramente emparentados con Ñancuche Nahuel Quir, que vivía en la colonia chubutense Cushamen. Era aquel que con su esposa Tanuehuen y un hijo de pecho, se entrevistó en 1903 en Buenos Aires con el presidente Julio A. Roca. Pero en el año del Centenario, el general estaba retirado de la política, envejecido y a 4 años de quedarse en la Recoleta-definitivamente- junto a su padre.

También debe sopesarse y hurgar en las acciones y antecedentes de los protagonistas. Así, por ejemplo, se llega a saber quién era, nada menos, el comisario que encara el sumario policial al comisario Torino, cabeza de la investigación en la que se intenta probar por confesiones, que lo crímenes contra los «turcos mercachifles» comenzaron en 1904. El sumariante de Torino y demás policías no es otro que el comisario Héctor Moffat, quien muy bien conocía El Cuy en el entonces Departamento 9 de Julio, asiento de la comisaría desde donde Torino elaboró su pesquisa y plan de capturas.

Es que, según el expediente 607 – año 1905 – M° del Interior – Archivo General de la Nación- en los años 1904 y 1905, el comisario de El Cuy fue, precisamente, el comisario Moffat al mando de un plantel policial constituido por un cabo y ocho agentes.

Es decir: el predecesor de Torino pasó lo que sería la primera etapa de los crímenes en las proximidades de Lagunitas del sudoeste rionegrino (no confundirse con Las Lagunas, del noroeste de Neuquén). ¿Cuánto sabía y cuánto ignoraba Moffat de aquellos asesinatos?

Muchas dudas pueden surgir a partir del resumen de testimonios que obra en el expediente 8332, legajo 27- año 1915 – M° del Interior – Archivo General de la Nación- con testimonios de las acusaciones incluidas en el sumario contra «Torino, José María y otros por abuso de autoridad y lesiones graves» en el que fue condenado, y donde abundan detalles graves.

De ellos conviene reparar en la declaración que hizo el procesado Casimiro Cárdenas, a quien al leérsele la declaración que había hecho ante la policía la reconoce pero no se notifica «pues la hizo así por consejo del sargento Falcón, quien le dijo que manifestara que nada sabía porque de lo contrario se embromaría, agregando que ha visto castigar a los presos y que todos ellos lo hacían por orden del sargento Falcón, quien a su vez, la recibía del comisario Torino de golpear a todo preso que se moviera a conversar, que los detenidos eran tratados en demasiado rigor, teniéndolos a cepo de lazo expuesto días enteros a los rayos solares de donde los sacaba únicamente para llevarlos a declarar ante el comisario Torino, quien los hacía amordazar cuando no declaraban en la forma que él deseaba o les pegaban trompadas, en la misma forma que Juan Carjú (sic) estuvo amarrado a un poste que hay en un sótano de la comisaría de Roca y a donde el mismo declarante bajó por orden del sargento Falcón para llevarle de comer».

 

Subordinado contra jefe

 

Ese texto sin solución de continuidad, sigue con otro párrafo sorprendente: «El oficial de policía don Ricardo Solá Galeano, declara que, por disposición de la Jefatura de Policía pasó a prestar servicios a la comisaría de El Cuy, a cargo del comisario Torino, donde este le informó que se instruía un sumario por múltiples homicidios por el cual ya había muchos detenidos entre los que se encontraban José Alonso, Hilario Ñancuche, Pedro Vila Robles y Juan Aburto, los que estaban por orden, con las piernas y los brazos atados hacia atrás, las cabezas tapadas y al sol, que ha notado que castigaban por orden del comisario a todo el que no declaraba conforme a las preguntas que se les hacían y que habiéndole hecho notar al comisario lo irregular de su proceder con los detenidos, este le ordenó que abstuviera de hacerle observaciones, agregando su ampliación (fs. 233, 1er. cuerpo) que efectivamente se hallaba un procesado en el sótano de la comisaría atado de los brazos a un palo grande permaneciendo en esta situación hasta que empezó a gritar porque se descomponía debido a lo cual lo hizo sacar el declarante y avisó al comisario Torino, quien ordenó que lo pusieran nuevamente en el sótano, llevándolo él en persona y antes de salir el nombrado comisario para Sierra Negra donde debía proceder a la detención de los acusados, mandó hacer con el personal 30 mordazas y sogas que llevó en el carro. Que también ha visto golpear con la carabina a los detenidos que se movían por ser esa la orden que tenían los agentes del comisario Torino, distinguiéndose siempre en estos caso el cabo Agapito Lorea».

El juez de Paz de Roca, Guillermo Miró testimonió contra estos procedimientos policiales, siendo, al parecer, hombre de carácter vehemente. Por lo menos, así trascendió en La Nación del jueves 15 de agosto de 1901: la noticia sureña señaló que Guillermo Miró «baleó a su patrón de dos balazos» (Manuel Muñoz, que quedó herido en la boca y una pierna). Nueve años después Miró testimonió «que habiendo asistido a unos careos especiales, el comisario Torino practicaba entre los procesados por múltiples homicidios, tuvo ocasión de ver al citado funcionario impacientarse a raíz de una negativa del procesado Pedro Vila Robles, tomándolo de una oreja le pegó un golpe de puño en el pescuezo al mismo tiempo que le decía 'andá nomás, ya está arreglado'. Que los detenidos estaban a la intemperie con los brazos atados por los codos sin dejarles ningún movimiento, sufriendo el rigor del sol durante el día y la baja temperatura de la noche…». Lo que demuestra el «trabajo» de ablande y supone testimonios auto incriminatorios forzados.

 

(Continuará)

FRANCISCO N. JUAREZ

fnjuarez@sion.com