Un polvorín llamado Transnistria
Luego del repentino colapso del Imperio Soviético, muchos ciudadanos rusos que vivían fuera de las fronteras de lo que hoy es la Federación Rusa quedaron aislados sorpresivamente, “en el exterior” entonces. Pero no necesariamente abandonados a su suerte, desde que los enclaves en los que ellos se concentraban, tarde o temprano, fueron defendidos por la fuerza militar por el gobierno ruso. Quizás para que no hubiera venganzas contra los rusos que repentinamente se transformaron en “expatriados”. Venganzas que pudieron haber sido consecuencia del durísimo yugo que –durante todo el imperio soviético– se impuso a las nacionalidades distintas de la rusa de aquellos países que, manu militari, conformaron ese imperio. Así ocurrió en Abjasia y Osetia del Sur, en Georgia. Pero también había ocurrido antes en Transnistria, que es una pequeña lonja de territorio de Moldavia o Moldova que –en los hechos– quedó como una entidad autónoma, con un amenazante contingente de tropas rusas en su interior. Porque Transnistria aloja a medio millón de personas, en su gran mayoría de identidad rusa. Moldavia, cabe recordar, es un pequeño –y paupérrimo– país europeo emplazado entre Rumania y Ucrania. Transnistria está pegada a la frontera con Ucrania, ubicada en el límite este de Moldavia. Hoy, luego de los eventos de Crimea, hay un evidente nerviosismo en Transnistria. Los locales quieren reproducir inmediatamente lo de Crimea y anexarse a tambor batiente a Rusia. De una buena vez. Por ahora, Rusia se hace la distraída. Pero mantiene ciertamente sus tropas estacionadas en Transnistria. Situación que existe desde hace años, cuando –en 1990-92– ocupó militarmente, luego de una guerra contra Moldavia, ese pequeño territorio. Transnistria no es un país. Es, más bien, un extraño limbo. Nadie, salvo Rusia, reconoce su existencia autónoma. En su interior se vive como en tiempos de la Unión Soviética. Con evidente nostalgia. Esto es con las típicas estatuas de Lenin y con la omnipresencia de la KGB local, que aún lleva ese nombre. En todas partes aparecen la hoz y el martillo entrelazados, como si el Muro de Berlín nunca hubiera desaparecido. La actividad económica esencial es el contrabando. De todo. De cigarrillos, bebidas, ropa, comida y hasta de personas. Así de claro. Rusia, sin embargo, aún provee el 70% de los ingresos del presupuesto local, de modo que salarios y pensiones no se alejen demasiado de los niveles prevalecientes en Moldavia. Además subsidia el precio del gas natural que suministra la gigantesca empresa rusa Gazprom, de modo que el mismo sea apenas de un sexto del precio que cobra por idéntica provisión a Ucrania. Para Moscú, de pronto Transnistria podría ser un pie o base para avanzar ilegalmente sobre Odesa. Y así aumentar su presencia en el mar Negro. La gente en la calle dice estar viendo muchos “rostros nuevos” entre los teóricamente 1.500 efectivos militares rusos estacionados en torno de Tiraspol, la capital de Transnistria. Mala señal, por cierto. La principal vinculación comercial de Transnistria es con Europa, hacia donde va lo sustancial de sus exportaciones: el 35% a Moldavia, el 16% a Polonia y el 9% a Italia. Apenas un 13% del total se envía a Rusia. Menos que a Polonia, queda visto. Transnistria depende mucho de Moldavia, aunque no le guste. Para los temas de salud, para la educación superior, donde la capital Chisinau actúa a la manera de imán; para la telefonía celular y para muchas otras cosas. Por esto los transniestrianos tienen dos pasaportes: uno ruso y otro de Moldavia. Los usan según sea la necesidad o conveniencia de cada situación. Aunque el 90% de ellos aspira a reunirse formalmente con Rusia y ser parte de ella, según un referendo del 2006. No obstante, lo cierto es que para la juventud de Transnistria no hay futuro. La emigración es desgraciadamente lo normal, porque no hay trabajo en casa. Ni, menos aún, esperanza de normalidad a corto plazo. Así de seria es, para ellos, la cosa. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)