Un proyecto autodestructivo

Redacción

Por Redacción

Por ser el kirchnerismo un movimiento muy personalista, los militantes que, de alguno que otro modo, dependen de sus vínculos con el Poder Ejecutivo nacional tienen como prioridad hundir a cualquier político que a su juicio podría amenazar la supremacía absoluta de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. No discriminan entre oficialistas y opositores. Si un dirigente K mide bien en las encuestas, tratarán de perjudicarlo, denigrándolo en público y en privado, obstaculizando su gestión y privándolo de los fondos que le corresponden por ley, con el propósito evidente de expulsarlo de la nomenclatura política permanente. Es por lo tanto lógico que el enemigo más odiado de la presidenta no sea un “derechista” como el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri, sino el gobernador bonaerense Daniel Scioli. También lo es que el irremediablemente desprestigiado vicepresidente Amado Boudou haya intentado congraciarse con la jefa calificando a Scioli de “cobarde” por querer renegociar el régimen de coparticipación federal, de tal modo dando a entender que los problemas inmensos de su distrito se han visto agravados por la resistencia del gobierno nacional a prestarle una mano. El que Scioli sea un “reaccionario” en opinión de “progresistas” tan emblemáticos como Boudou y otros integrantes del gobierno de Cristina no es su pecado principal. Lo que más les molesta es que, para indignación de los militantes incondicionales, se las haya arreglado para mantener un nivel envidiable de popularidad, lo que a sus ojos es un crimen de lesa majestad que no están dispuestos a perdonar. Para conseguir el objetivo de obligar a Scioli a abandonar su aspiración a suceder a Cristina en el caso de que la presidenta no logre eternizarse en el poder, los kirchneristas no han vacilado en hacer de la provincia más importante del país un campo de batalla, movilizando, con la ayuda de dinero, a intendentes y activistas políticos de todos los pelajes para que ayuden a frustrar los esfuerzos administrativos del gobernador. Pero no sólo es cuestión de la provincia de Buenos Aires. En todos los distritos del país, desde Tierra del Fuego y Santa Cruz hasta Jujuy, militantes kirchneristas están dedicándose a disciplinar, por decirlo así, a los dirigentes locales aun cuando, como el intendente suspendido de Bariloche, juren estar tan comprometidos con “el proyecto” de Cristina como el que más. Así las cosas, no es del todo sorprendente que el país entero se haya deslizado hacia un abismo de desgobierno, que los servicios públicos funcionen cada vez peor y que pocos días transcurran sin que se detecten nuevos síntomas de desidia. En los años últimos, el internismo patológico, que es una de las características más notables y más deletéreas de la cultura política nacional, se ha agravado hasta tal punto que está desgarrando el tejido social, abriendo grietas que aprovechan tanto los corruptos de siempre como narcotraficantes y una horda creciente de delincuentes menores. Lejos de procurar mejorar la eficiencia de las distintas reparticiones gubernamentales, demasiados kirchneristas parecen decididos a sabotear los eventuales intentos en tal sentido por miedo a que otros resulten beneficiados. Puesto que ven todo cuanto ocurre a través de un prisma politizado, los soldados de Cristina están más interesados en asegurar que fracasen sus rivales, sean internos u opositores declarados, que en correr el riesgo que les supondría permitirles impresionar a los votantes con una buena gestión. Los resultados de tanta perversidad están a la vista. A diferencia de países vecinos que han conseguido aprovechar una coyuntura internacional insólitamente favorable para desarrollarse no sólo económica sino también social e institucionalmente, la Argentina está degradándose, pero todo hace pensar que el gobierno unipersonal de Cristina ha llegado a la conclusión de que sería una pérdida de tiempo tratar de frenar el deterioro. Antes bien, parecería que ha logrado convencerse de que, con un mínimo de astucia y mucha propaganda sumamente agresiva, podría hacer de la miseria creciente, la crispación social y el desconcierto que, a causa de una serie de episodios penosos atribuibles a la ineptitud gubernamental, tantos sienten, una fuente de poder político.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 30 de enero de 2013


Por ser el kirchnerismo un movimiento muy personalista, los militantes que, de alguno que otro modo, dependen de sus vínculos con el Poder Ejecutivo nacional tienen como prioridad hundir a cualquier político que a su juicio podría amenazar la supremacía absoluta de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. No discriminan entre oficialistas y opositores. Si un dirigente K mide bien en las encuestas, tratarán de perjudicarlo, denigrándolo en público y en privado, obstaculizando su gestión y privándolo de los fondos que le corresponden por ley, con el propósito evidente de expulsarlo de la nomenclatura política permanente. Es por lo tanto lógico que el enemigo más odiado de la presidenta no sea un “derechista” como el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri, sino el gobernador bonaerense Daniel Scioli. También lo es que el irremediablemente desprestigiado vicepresidente Amado Boudou haya intentado congraciarse con la jefa calificando a Scioli de “cobarde” por querer renegociar el régimen de coparticipación federal, de tal modo dando a entender que los problemas inmensos de su distrito se han visto agravados por la resistencia del gobierno nacional a prestarle una mano. El que Scioli sea un “reaccionario” en opinión de “progresistas” tan emblemáticos como Boudou y otros integrantes del gobierno de Cristina no es su pecado principal. Lo que más les molesta es que, para indignación de los militantes incondicionales, se las haya arreglado para mantener un nivel envidiable de popularidad, lo que a sus ojos es un crimen de lesa majestad que no están dispuestos a perdonar. Para conseguir el objetivo de obligar a Scioli a abandonar su aspiración a suceder a Cristina en el caso de que la presidenta no logre eternizarse en el poder, los kirchneristas no han vacilado en hacer de la provincia más importante del país un campo de batalla, movilizando, con la ayuda de dinero, a intendentes y activistas políticos de todos los pelajes para que ayuden a frustrar los esfuerzos administrativos del gobernador. Pero no sólo es cuestión de la provincia de Buenos Aires. En todos los distritos del país, desde Tierra del Fuego y Santa Cruz hasta Jujuy, militantes kirchneristas están dedicándose a disciplinar, por decirlo así, a los dirigentes locales aun cuando, como el intendente suspendido de Bariloche, juren estar tan comprometidos con “el proyecto” de Cristina como el que más. Así las cosas, no es del todo sorprendente que el país entero se haya deslizado hacia un abismo de desgobierno, que los servicios públicos funcionen cada vez peor y que pocos días transcurran sin que se detecten nuevos síntomas de desidia. En los años últimos, el internismo patológico, que es una de las características más notables y más deletéreas de la cultura política nacional, se ha agravado hasta tal punto que está desgarrando el tejido social, abriendo grietas que aprovechan tanto los corruptos de siempre como narcotraficantes y una horda creciente de delincuentes menores. Lejos de procurar mejorar la eficiencia de las distintas reparticiones gubernamentales, demasiados kirchneristas parecen decididos a sabotear los eventuales intentos en tal sentido por miedo a que otros resulten beneficiados. Puesto que ven todo cuanto ocurre a través de un prisma politizado, los soldados de Cristina están más interesados en asegurar que fracasen sus rivales, sean internos u opositores declarados, que en correr el riesgo que les supondría permitirles impresionar a los votantes con una buena gestión. Los resultados de tanta perversidad están a la vista. A diferencia de países vecinos que han conseguido aprovechar una coyuntura internacional insólitamente favorable para desarrollarse no sólo económica sino también social e institucionalmente, la Argentina está degradándose, pero todo hace pensar que el gobierno unipersonal de Cristina ha llegado a la conclusión de que sería una pérdida de tiempo tratar de frenar el deterioro. Antes bien, parecería que ha logrado convencerse de que, con un mínimo de astucia y mucha propaganda sumamente agresiva, podría hacer de la miseria creciente, la crispación social y el desconcierto que, a causa de una serie de episodios penosos atribuibles a la ineptitud gubernamental, tantos sienten, una fuente de poder político.

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