Un soldado de Cristina
El nombramiento, para muchos inexplicable, del general César Milani para que sea jefe del Ejército ha puesto a prueba la convicción de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de que en la Argentina su palabra es ley. Además de ser acusado de violar los derechos humanos de presos durante la guerra sucia y de haber simpatizado con los carapintada amotinados, Milani ha logrado acumular un abultado patrimonio personal, una hazaña nada frecuente entre los militares que, merced a la hostilidad del gobierno kirchnerista, han tenido que conformarse con ingresos sumamente bajos. ¿Por qué, pues, optó Cristina por respaldarlo? Parecería que por dos motivos; uno consiste en que es un especialista en inteligencia y por lo tanto podría darle información más confiable que la aportada por la ex-SIDE; otro, en que Milani habla como un militante kirchnerista que quiere que las Fuerzas Armadas se plieguen al “proyecto” supuestamente nacional y popular oficialista. De ser así, en adelante Cristina contaría no sólo con el apoyo fervoroso de los “soldados” postizos de La Cámpora sino también con el de soldados de verdad, lo que, claro está, plantearía un peligro muy grave a la democracia. Tanto la presidenta como el general quieren politizar las fuerzas armadas, poniéndolas al servicio de una facción que es notoriamente sectaria y que, para más señas, nunca ha vacilado en aprovechar el control de los recursos del Estado para premiar con generosidad a sus “amigos” y privar de los fondos que les corresponden a quienes no lo son. Parecería que Cristina cree que le será dado hacer con los jefes militares lo que ya ha hecho con ciertos gobernadores provinciales, intendentes municipales, legisladores, empresarios, periodistas e intelectuales que, a cambio de beneficios pecuniarios, se sumaron al coro de aplaudidores que tanto ha contribuido a la expansión del movimiento kirchnerista. Aunque antes del derrumbe del Proceso era normal que políticos ambiciosos procuraran aliarse con militares de ideas similares, no lo es desde hace veinte años, pero puede que Cristina, que nunca ha disimulado la nostalgia que siente por la década de los setenta del siglo pasado, suponga que le convendría volver el reloj atrás, invitando al “Ejército nacional” a retomar el lugar en el escenario político en la fase inicial, y muy autoritaria, del peronismo. No se sabe si Cristina, antes de querer promover a Milani, estaba enterada de todas las acusaciones en su contra. Sería de esperar que no lo estuviera, ya que no le ha resultado fácil convencer a todos sus seguidores de que ha llegado la hora de consignar al olvido lo que sucedía en la Argentina de cuarenta años atrás cuando los jefes militares actuales, lo mismo que aquellos veteranos de la lucha armada terrorista que desempeñan cargos en el gobierno, eran jóvenes. Asimismo, los hay que creen que ya son demasiados los personajes vinculados con el oficialismo que han conseguido enriquecerse por medios que sus adversarios encuentran cuestionables. Sea como fuere, aun cuando la presidenta entienda que cometió un error al designar a Milani como jefe del Ejército, sorprendería que actuara en consecuencia. Si lo hiciera, sufriría una derrota política muy dolorosa, una atribuible a su propia impericia, justo cuando el país se prepara para una etapa acaso muy agitada dominada por la lucha por la sucesión. Si bien Cristina y sus incondicionales han tratado de postergar el comienzo de dicha etapa y, merced a la ausencia de alternativas evidentes, hasta cierto punto lo han logrado, está difundiéndose con rapidez la conciencia de que, como ella misma dice, no es “eterna”. Así las cosas, las polémicas acrimoniosas desatadas por el intento de incorporar a sus huestes las Fuerzas Armadas con la colaboración entusiasta de un militar que se ve acusado de haber participado en la represión ilegal durante el Operativo Independencia en Tucumán de tal modo que mereció la aprobación del general Antonio Domingo Bussi, nada menos, el que, según su hijo, vio en Milani “uno de sus subordinados más comprometidos”, además de estar bajo sospecha por su presunto involucramiento en escándalos financieros, no pueden sino hacer mella en la imagen de Cristina, fortaleciendo de tal manera la impresión de que su ciclo realmente está aproximándose a su fin.