Un terminator, otro terminator…
En la madrugada del 24 de marzo del 76, en un avión Twin Otter, un general aterrizó en Viedma proveniente de Bahía Blanca. Era Acdel Vilas, segundo comandante del Quinto Cuerpo de Ejército. Pasadas las 6, por tierra desembarcaron en la ciudad 150 efectivos de la Escuela Militar de Montaña de Bariloche. Habían simulado su identidad vestidos de civil y en transportes particulares. Se vistieron de guerra en la rotonda de Conesa. Los comandaba un coronel de gesto agrio coronado por la ceja izquierda siempre levantada: Rubén Castelli. A lo largo del 75 se había fogueado en la violencia política de aquel tiempo como jefe de la Policía tucumana mientras el Operativo Independencia trituraba al ERP. A las siete, en la Casa de Gobierno de la provincia de Río Negro, un hombre canoso que hacía de la ironía todo un estilo, sudaba a gota gorda. Buscaba una Biblia. La encontró. Era René Aguirre, escribano mayor de gobierno, Entonces, el coronel juró como gobernador. El gobierno peronista que lideraba Mario Franco desde el 25 de mayo del 73 se iba por la acequia de la historia. A las 9 eran detenidos por el ejército dos hombres dignos: el hasta entonces ministro de Gobierno, Jorge Frías, y Alberto Pawly, hasta mediados de febrero titular de Asuntos Sociales. Piruetas tiene la historia: horas después de su dimisión, Pawly había pedido el golpe vía una declaración publicada por este diario. Ahora, el golpe lo tenía preso. Pero durante años llevó el recorte de “Río Negro” que contenía su aspiración. Y lo sacaba y explicaba lo imposible: que no había pedido el golpe. Avanzada la mañana se supo que Frías y Pawly serían conducidos a Bahía Blanca. Este diario quiso saber la razón de la detención. Pasada las 13 se entrevistó con el flamante ministro de Gobierno: el coronel Ernesto Trotz. El único del flamante poder militar que no vestía uniforme de combate. Tampoco lucía armas con estudiada elocuencia. Sólo un revólver casi imperceptible en la cintura. Polista, con los años suegro de una de las “trillizas de oro”. Tiempo después de aquel 24, fue segundo de Ramón Camps en la trituradora de carne en la que ya estaba transformada la Policía bonaerense. En el 77, un montonero llamado De Dios colocó una bomba en la jefatura de la institución en La Plata. Y Trotz se quedó sin brazo derecho. –Este gobierno no tiene nada contra los detenidos. Cumplimos una orden del V Cuerpo –dijo Trotz a este medio. Y acotó: –Todo viene por denuncias de un jefe de la Policía rionegrina… un tal Ardanaz. Que no sé qué de un plan de Salud que dependía de Pawly. Ardanaz, comandante de Gendarmería Nacional y fascista, ya no estaba en el poder… “Río Negro” tenía que ver con ese alejamiento. A lo largo del 74 y 75 lo había enfrentado desde la sospecha que estaba vinculado al terrorismo de derecha que realizaba atentados explosivos que sacudieron a la provincia. La ambigüedad de Mario Franco en el tratamiento del tema, también formaba parte de la derrota. En Bahía Blanca, en tanto ministro del cual había dependido Salud Pública, fue interrogado a partir de informes elevados por Ardanaz y girados al V Cuerpo antes del golpe, por el Plan de Salud Pública implementado por el gobierno peronista. Muchos años después en una cervecería bahiense centenaria, llamada Gambrinus, este diario accedió a algunos de los informes de Ardanaz sobre el tema. Se los mostró un coronel auditor que en democracia no pudo llegar a general por temas de derechos humanos. Síntesis de los informes: todos los médicos vinculados con el Plan de Salud eran comunistas. Y en los hospitales de la provincia “se han atendido –especialmente en la zona sur– militantes del MIR chileno”. Luego, pasaba revista a las conversaciones mantenidas con “prestigiosos médicos rionegrinos de distintas clínicas”, que le abonaban sus certidumbres sobre la filiación ideológica de aquellos médicos. Porque claro, el Plan de Salud iba en dirección contraria a los intereses de la medicina privada. Ardanaz fue así el incipiente “terminator” del Plan de Salud. El segundo llega a mediados de aquel 76: Antonio García García. Hombre de Nueva Fuerza, o sea de Álvaro Alsogaray. Fue, como lo cuenta el doctor Dal Bó en su libro bien –reflexionado en este diario por Alicia Miller en noviembre del 2008–, quien se encargó de dar la estocada final al plan. En fin, días de “terminators”.
carlos torrengo carlostorrengo@hotmail.com