Una campaña escapista

Por Redacción

JAMES NEILSON

Si el presidente norteamericano Barack Obama gana las elecciones del martes próximo, será más de lo mismo. Por su parte, el retador republicano, Mitt Romney, dice que si logra desensillarlo, habrá “un gran cambio” porque con él en la Casa Blanca, su país tomará “un rumbo diferente”. Hace cuatro años le tocó a Obama aprovechar la sensación difundida de que Estados Unidos estaba al borde de una catástrofe económica, social y geopolítica apenas comprensible. Ahora le corresponde a Romney desempeñar el papel del innovador radical, pero si bien muchos, acaso la mayoría, creen que las medidas que tomó Obama luego de encargarse de la presidencia han resultado ser contraproducentes, se resisten a confiar en las promesas facilistas de Romney. El escepticismo que sienten tantos norteamericanos puede entenderse. Saben que tarde o temprano su país tendrá que reordenar sus finanzas, ya que las deudas acumuladas por el gobierno federal, los estaduales y los municipales han alcanzado niveles insostenibles, pero casi todos temen ver reducidos drásticamente sus propios ingresos. En lo que está sucediendo en Grecia, España y otros países europeos, algunos ven un futuro probable; otros, más pesimistas aún, lo ven en la ciudad antes pujante de Detroit, el lugar natal de Romney. En 1947, cuando Romney nació, Detroit, con una población de casi dos millones, era la ciudad más rica de Estados Unidos. En la actualidad, con 710.000 habitantes, es la más pobre, la más violenta, la más dilapidada, con una tasa de analfabetismo funcional que sería considerada vergonzosa en muchos países del Tercer Mundo y una cultura política que es asombrosamente corrupta. Según los alarmistas, buena parte de California pronto podría compartir el destino de Detroit; al multiplicarse los problemas sociales y financieros, contingentes nutridos de empresarios y profesionales están trasladándose a estados a su juicio más acogedores como Nevada y Texas. La propensión de los económicamente más capaces a alejarse de jurisdicciones que están en apuros financieros, una desgracia que suelen atribuir a programas sociales costosos o un exceso de empleados públicos bien remunerados, no se limita a Estados Unidos. Se trata de un fenómeno universal. En Europa, fenómenos como el separatismo catalán o la migración de jóvenes españoles, italianos, griegos e incluso franceses ambiciosos a Alemania o el Reino Unido son otra manifestación de la misma tendencia. Aunque tanto Obama como Romney juran sentirse firmemente comprometidos con la clase media –categoría que, suponen, abarca a virtualmente todos los norteamericanos–, dando a entender así que saben lo que sería necesario hacer para poner fin al proceso de agrietamiento social que está en marcha, sus promesas en tal sentido suenan huecas. Para lograrlo, el gobierno de la superpotencia tendría que frenar los movimientos tectónicos que están impulsando la tecnología y la globalización que, combinadas, han contribuido tanto a la riqueza avasallante de Estados Unidos, país en que hasta los conservadores son, a su modo particular, revolucionarios. Todos los gobiernos del mundo se ven obligados a intentar promover cambios sin por eso perjudicar demasiado a la mayoría que es reacia a cambiar su propio estilo de vida. Es por este motivo que los políticos hablan tanto de la importancia de la educación, pero por lo común las iniciativas en tal sentido sólo han servido para brindar la ilusión de que, con un mínimo de esfuerzo, todos podrían cumplir funciones a un tiempo útiles y bien remuneradas en la nueva economía que está conformándose. No quieren admitir la posibilidad de que, a juzgar por los resultados de los muchos programas que se han ensayado en diversas partes del mundo, al grueso de los integrantes de la clase media de Estados Unidos y otros países desarrollados le aguarde un período sumamente traumático en que muchas personas honestas, ahorrativas e industriosas se verán marginadas. Huelga decir que ni Obama ni Romney se han animado a confesarse preocupados por las perspectivas lúgubres así supuestas: mientras que el presidente ha insistido en que, siempre y cuando conserve su trabajo por cuatro años más, “la normalidad” no tardará en volver, su rival dice que lo que necesita Estados Unidos es permitirle aplicar su “plan de cinco puntos”. Insinúan así que en verdad los desafíos socioeconómicos no son muy grandes. Tampoco han querido aludir mucho a los problemas planteados por el resto del planeta, donde muchos se han convencido de que “el siglo norteamericano” ya está acercándose a su fin y que ha llegado el momento para aprovechar una oportunidad acaso irrepetible. Muchos se han manifestado extrañados por la escasa incidencia de lo que ya está ocurriendo, o pronto podría ocurrir, en el resto del mundo, en la campaña electoral que está por culminar. Por motivos comprensibles, Obama ha procurado convencer a sus compatriotas de que, merced a su liderazgo firme pero flexible, ha terminado “la guerra contra el terror” que declaró su antecesor George W. Bush, aunque el asesinato reciente del embajador estadounidense en Libia por hombres presuntamente vinculados con Al Qaeda hace pensar que es prematuro cantar victoria. Asimismo, el próximo presidente tendrá que enfrentar las amenazas planteadas por el régimen clerical de Irán, la inestabilidad crónica de Pakistán, el avance del islamismo militante en Afganistán, muchos países árabes y Turquía, los designios estratégicos inquietantes del régimen neoliberal-comunista de China y la feroz dictadura norcoreana, además de las sorpresas desagradables que podrían surgir en México o en la atribulada periferia sureña de la Unión Europea. Los dos candidatos optaron por minimizar la importancia de tales temas para concentrarse en las vicisitudes de la economía no sólo porque saben que, en última instancia, el poder de su país depende de ella, sino también porque el panorama internacional se ha hecho tan peligroso que, mientras dure la campaña, les parece mejor asumir una postura pasiva porque a ninguno le convendría dar la impresión de estar procurando asustar a los votantes. Sea como fuere, no cabe duda de que al eventual triunfador le espera una tarea poco envidiable, ya que, además de manejar una transición socioeconómica en la que habrá más perdedores que ganadores, tendrá que enfrentar un mundo exterior en que muchos creen que ya ha concluido la etapa, que en tal caso habrá resultado ser muy breve en términos históricos, de supremacía norteamericana indiscutible.

SEGÚN LO VEO


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