Una campaña muy aburrida

Redacción

Por Redacción

Como es tradicional al entrar una campaña electoral estadounidense en su fase final, los interesados en las vicisitudes políticas de la superpotencia coinciden en que hasta ahora los intercambios de opinión entre los candidatos rivales, en esta ocasión el presidente Barack Obama y su rival republicano, Mitt Romney, han sido de una chatura exasperante. Por estar en juego el rumbo que en los años próximos tomarán no sólo la economía sino también la política exterior del país más poderoso del planeta, uno que hace sentir su presencia en todos los demás, sería de suponer que asistiríamos a una contienda apasionante, pero ni siquiera los norteamericanos mismos parecen sentir mucho entusiasmo por lo que está sucediendo. Que éste sea el caso es en cierto modo comprensible. Mientras que hace cuatro años el mero hecho de que un hombre de raza mixta como Obama pudiera erigirse en presidente de Estados Unidos era de por sí motivo de vivo interés, no bien se instaló en la Casa Blanca tal detalle dejó de ser novedoso. Asimismo, de acuerdo común Romney carece por completo de “carisma”: debió su triunfo en la interna republicana menos a sus propios méritos que a las deficiencias patentes de los demás aspirantes. Puede que los debates televisivos que se han programado brinden a los preocupados por lo decepcionante que a su juicio ha resultado ser el duelo entre Obama y Romney motivos para modificar su juicio, pero no es demasiado probable. Mal que bien, en todas las democracias modernas, los candidatos entienden que en última instancia el resultado dependerá más de su capacidad para proyectar una imagen atractiva que de la coherencia de sus propuestas, razón por la que los profesionales contratados por los estrategas oficialistas y opositores se han concentrado en desprestigiar al adversario. Así, pues, los integrantes del equipo de Obama están procurando convencer a los votantes de que Romney es un empresario codicioso obsesionado por los números, que se especializa en despedir a empleados, mientras que sus contrincantes republicanos tratan al presidente como si lo creyeran un socialista que, de tener la oportunidad, no vacilaría en transformar a Estados Unidos en una versión gigantesca de Grecia o España, e insinúan que la política exterior de su gobierno es esencialmente derrotista por basarse en la idea de que una proporción sustancial de las lacras del mundo sea producto del imperialismo norteamericano. Se prevé que, siempre y cuando antes de las elecciones de noviembre no estalle una nueva guerra en el Oriente Medio, el resultado de la contienda dependerá no tanto de la marcha de la economía cuanto del éxito o fracaso de los esfuerzos de Romney por hacer pensar que, merced a sus años de experiencia en el sector privado, es el hombre indicado para poner fin a la etapa signada por el letargo que se inició durante la gestión de George W. Bush. Como presidente, Obama está a la defensiva. Aunque le es tarde para continuar culpando a su antecesor por el desempeño decepcionante de la economía, sí le es dado repudiar las medidas que sería de suponer aplicaría Romney con el propósito de reactivarla, acusándolo de estar dispuesto a privar a los más vulnerables de sus derechos adquiridos y de querer emprender ajustes que significarían más pobreza para millones de personas que ya están en dificultades. Por su parte, el republicano puede aprovechar en beneficio propio el compromiso emotivo con la libre empresa de la mayoría de sus compatriotas, además, claro está, de la crisis en Europa que, según él, debería servirles de advertencia a los partidarios de la intervención gubernamental de lo peligroso que sería aumentar todavía más el gasto público. Como suele suceder en las campañas electorales no sólo en Estados Unidos sino también en todos los demás países democráticos, ambos candidatos dan a entender que, bien manejada, la economía local debería ser capaz de permitir que todos disfrutaran de un estándar de vida cómodo sin que resultara necesario llevar a cabo reformas estructurales realmente dolorosas. Sin embargo, tanto ha cambiado en los años últimos que, para conservar su lugar privilegiado en el mundo, Estados Unidos tendría que superar desafíos que son decididamente mayores que los que Obama y Romney dicen estar preparados para enfrentar.


Como es tradicional al entrar una campaña electoral estadounidense en su fase final, los interesados en las vicisitudes políticas de la superpotencia coinciden en que hasta ahora los intercambios de opinión entre los candidatos rivales, en esta ocasión el presidente Barack Obama y su rival republicano, Mitt Romney, han sido de una chatura exasperante. Por estar en juego el rumbo que en los años próximos tomarán no sólo la economía sino también la política exterior del país más poderoso del planeta, uno que hace sentir su presencia en todos los demás, sería de suponer que asistiríamos a una contienda apasionante, pero ni siquiera los norteamericanos mismos parecen sentir mucho entusiasmo por lo que está sucediendo. Que éste sea el caso es en cierto modo comprensible. Mientras que hace cuatro años el mero hecho de que un hombre de raza mixta como Obama pudiera erigirse en presidente de Estados Unidos era de por sí motivo de vivo interés, no bien se instaló en la Casa Blanca tal detalle dejó de ser novedoso. Asimismo, de acuerdo común Romney carece por completo de “carisma”: debió su triunfo en la interna republicana menos a sus propios méritos que a las deficiencias patentes de los demás aspirantes. Puede que los debates televisivos que se han programado brinden a los preocupados por lo decepcionante que a su juicio ha resultado ser el duelo entre Obama y Romney motivos para modificar su juicio, pero no es demasiado probable. Mal que bien, en todas las democracias modernas, los candidatos entienden que en última instancia el resultado dependerá más de su capacidad para proyectar una imagen atractiva que de la coherencia de sus propuestas, razón por la que los profesionales contratados por los estrategas oficialistas y opositores se han concentrado en desprestigiar al adversario. Así, pues, los integrantes del equipo de Obama están procurando convencer a los votantes de que Romney es un empresario codicioso obsesionado por los números, que se especializa en despedir a empleados, mientras que sus contrincantes republicanos tratan al presidente como si lo creyeran un socialista que, de tener la oportunidad, no vacilaría en transformar a Estados Unidos en una versión gigantesca de Grecia o España, e insinúan que la política exterior de su gobierno es esencialmente derrotista por basarse en la idea de que una proporción sustancial de las lacras del mundo sea producto del imperialismo norteamericano. Se prevé que, siempre y cuando antes de las elecciones de noviembre no estalle una nueva guerra en el Oriente Medio, el resultado de la contienda dependerá no tanto de la marcha de la economía cuanto del éxito o fracaso de los esfuerzos de Romney por hacer pensar que, merced a sus años de experiencia en el sector privado, es el hombre indicado para poner fin a la etapa signada por el letargo que se inició durante la gestión de George W. Bush. Como presidente, Obama está a la defensiva. Aunque le es tarde para continuar culpando a su antecesor por el desempeño decepcionante de la economía, sí le es dado repudiar las medidas que sería de suponer aplicaría Romney con el propósito de reactivarla, acusándolo de estar dispuesto a privar a los más vulnerables de sus derechos adquiridos y de querer emprender ajustes que significarían más pobreza para millones de personas que ya están en dificultades. Por su parte, el republicano puede aprovechar en beneficio propio el compromiso emotivo con la libre empresa de la mayoría de sus compatriotas, además, claro está, de la crisis en Europa que, según él, debería servirles de advertencia a los partidarios de la intervención gubernamental de lo peligroso que sería aumentar todavía más el gasto público. Como suele suceder en las campañas electorales no sólo en Estados Unidos sino también en todos los demás países democráticos, ambos candidatos dan a entender que, bien manejada, la economía local debería ser capaz de permitir que todos disfrutaran de un estándar de vida cómodo sin que resultara necesario llevar a cabo reformas estructurales realmente dolorosas. Sin embargo, tanto ha cambiado en los años últimos que, para conservar su lugar privilegiado en el mundo, Estados Unidos tendría que superar desafíos que son decididamente mayores que los que Obama y Romney dicen estar preparados para enfrentar.

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