Una cierta inmadurez

Por Carlos Torrengo

A los 65 años, Pablo Verani arrastra complejos problemas de madurez política.

Atañen a su moral como hombre público.

Y en tanto gobernador de la provincia, se proyectan e inciden en su accionar.

Y lo más grave: el mandatario no insinúa la menor predisposición o voluntad de mudar un estilo del cual -insólitamente- se enorgullece.

Este es el marco en el que debe reflexionarse sobre algunas de las expresiones que volcara días atrás al ser reporteado por este diario.

Veamos.

Verani defendió -por caso- el clientelismo político que genera su gobierno a partir del asistencialismo.

-Si por clientelismo se entiende ayudar a la gente con cajas de alimentos, útiles escolares, etc., bueno, yo jamás abandonaré ese método de trabajo. Lo hice toda la vida y está a la vista que me dio resultados. Cada uno es cliente del tipo que quiere -dijo el mandatario.

Alarma la disposición del gobernador para desentenderse del compromiso que implica esta definición.

Definición sustentada en el privilegio de los intereses políticos del mandatario: “A mí me dio resultados”.

Sí, le dio resultados, no hay dudas.

Pero no por esfuerzo propio. Sino por utilización de recursos públicos.

Porque es la sociedad rionegrina la que sostiene ese clientelismo.

Esta es la cuestión de fondo al analizarse la proyección política del gobernador.

Es del Estado de donde salen la caja de alimentos o la zapatilla que somete voluntades y compra votos.

Del hilo de la confesión del gobernador se infiere claramente una independencia absoluta de las consecuencias que derivan de la política clientelista que ejerce el radicalismo en la provincia. Y que él promueve con entusiasmo.

Porque la cultura del clientelismo está en la matriz de los más de mil millones de pesos de deuda que con pasión supo construir el radicalismo a lo largo de la transición.

Tiempo en que se expandió sistemáticamente el empleo público en toda estructura de poder liderada por Verani.

Vale un dato. En diciembre del ’83 Verani asumió como intendente de Roca, en ese momento con no más de 400 empleados. Cuatro años después, entregó la comuna con más de 1.000. Y con un agravante: días antes de dejar el cargo, pasó a planta permanente a varias docenas de contratados.

En ese ’87, Verani llegó como vicegobernador a la Legislatura rionegrina. Un poder por entonces con 300 empleados. Cuatro años después había 610.

En el “a mí me dio resultados” se denuncia en Verani un desdén significativo por mejorar la calidad de la política que le toca liderar. En todo caso, esa calidad no está referenciada como necesidad para lograr y reproducir poder.

Para esto basta el clientelismo.

Y entonces, el puntero y el semirremolque convertidos en artífices del poder.

¿Por qué dignificar la política desde el desafío que proyecta el planteamiento y debate de ideas, cuando una elección se puede ganar desde el Estado apelando al clientelismo?

Sucede que en la cultura del clientelismo, la política no encuentra un punto de contacto permanente con el estudio y sistematización de ideas para gobernar.

Lo que importa a la cultura del clientelismo es el logro del poder.

Una acción a la que transforma en un casi único acto de la política.

Ante la insistencia del gobernador por defender la cultura del clientelismo, hace una semana se formularon en esta columna algunas reflexiones sobre el tema.

La reiteración de los conceptos del mandatario hace propicio recordar aquellos conceptos.

Se dijo que Verani opina que la gente vota a quien cree que la beneficia o puede llegar a beneficiarla.

Acto seguido: los sectores con mayores carencias apoyan al gobierno radical porque se sienten identificados con su obra.

Lo que Verani no dice es que el clientelismo estructurado por su gobierno se alimenta de las necesidades materiales extremas de miles de rionegrinos.

Los votos de esos seres humildes que se canalizan al radicalismo no son consecuencia de un proceso de reflexión libre sobre opciones electorales.

Es la consecuencia de la dependencia que tienen del gobierno.

Es el resultado de la presión que su pobreza o indigencia le generan.

El gobierno los está violando en su identidad ciudadana.

Entonces, lo que les corresponde por derecho tienen que sentirlo como un favor.

Y pagan un precio: el voto.

Si cínico es el argumento del mandatario, cabe una pregunta: ¿hasta dónde no le importa al gobierno que se mantenga e incluso se extiendan la pobreza y marginación en la provincia?

Hay mucha impunidad en la confesión que el gobernador volcó en la edición del miércoles de este diario: el clientelismo “a mí me dio resultados”.

Y hasta cierta inmadurez para plantarse de cara al futuro en un momento muy particular de su vida.

Una instancia donde el hombre se aproxima a una idea muy acabada de la finitud de lo humano.

Un momento para reflexionar desde su propia historia y tener la elegancia y el estilo que es propio de la autocrítica.

“Buscando en ella un aporte a los días por venir y que ya no nos pertenecerán”, escribió Winston Churchill.

Un aporte al que Verani es renuente.


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