Una ciudad destruida
En 1960, los casi dos millones de habitantes de la ciudad de Detroit disfrutaban del ingreso per cápita más elevado de Estados Unidos. En la actualidad, las 700.000 personas que aún viven en ella están entre las más pobres de su país. No sorprendió, pues, que el jueves pasado las autoridades municipales finalmente la declararan en bancarrota, ya que su deuda ronda los 19.000 millones de dólares y la ciudad no puede soportar los costos de mantenerla. De tratarse de un país independiente, Detroit hubiera caído en default hace mucho pero, como los integrantes de la Eurozona en dificultades financieras, intentó demorar la hora de la verdad negociando con los acreedores para que aceptaran “voluntariamente” una quita sustancial; algunos bancos se resignaron a perder mucho dinero, pero así y todo la deuda siguió aumentando. Sin embargo, a diferencia de los gobiernos de países como Grecia, España y Portugal, los que por lo menos están procurando reducir el gasto público para acercarlo a los ingresos, hasta hace poco los políticos de Detroit se negaban a tomar en serio los gravísimos problemas que enfrentaban. Antes bien, como fue de prever, los imputaban a la globalización, a la crisis financiera internacional o, en el caso de algunos, al racismo de aquellos blancos que, acompañados por muchos negros de clase media, habían huido del centro de la ciudad para buscar refugio en suburbios más tranquilos en los que no correrían tantos riesgos de ser asaltados y donde los impuestos eran menos onerosos, como si creyeran que tales explicaciones les ahorrarían la necesidad de adoptar medidas antipáticas. ¿A qué se debió la quiebra ignominiosa de una ciudad que hace apenas medio siglo era el símbolo máximo de la prosperidad y pujanza del país más rico del planeta pero que en la actualidad es una cáscara ruinosa, infestada por delincuentes, que se ve administrada por políticos notoriamente corruptos que, hasta la llegada de un gerente externo nombrado por el estado de Michigan, se habían dedicado a saquearla? Para algunos, fue el resultado lógico de la competencia asiática que, andando el tiempo, puso contra las cuerdas a las tres grandes corporaciones automotrices, Ford, General Motors y Chrysler, que durante décadas habían garantizado a los habitantes de Detroit una cantidad fenomenal de empleos bien remunerados, pero sucede que en otras partes de Estados Unidos las mismas empresas, además de otras extranjeras, siguen lucrando con la fabricación de automóviles. Con base en esta realidad innegable, muchos atribuyen el colapso de la ciudad que acaba de protagonizar la bancarrota municipal más espectacular de la historia norteamericana sólo a la conducta de políticos de mentalidad populista que, conscientes de que su propio poder dependía de su capacidad para repartir dinero y “conquistas sociales” entre los carenciados, no se preocupaban por los engorrosos detalles prácticos. Lo ocurrido en Detroit, pues, entraña lecciones importantes no sólo para los norteamericanos sino para los políticos del resto del mundo que también propenden a aferrarse a esquemas que tal vez funcionaban adecuadamente en el pasado pero ya no son viables porque han cambiado las circunstancias. Como ciertos países, hasta las ciudades más ricas pueden depauperarse en un lapso relativamente breve a menos que quienes las administran se preparen para enfrentar los desafíos, por lo común previsibles, que les planteará el futuro. En todas partes el cortoplacismo –pan para hoy, hambre para mañana– es intrínsecamente perverso. A cambio de votos, demagogos como los que se acostumbraron a aprovechar las necesidades y las ilusiones de los votantes de Detroit condenaron a muchos que confiaban en sus promesas o compartían su rencor a la miseria. Por lo demás, bajo presión sindical, las autoridades otorgaban a los empleados públicos jubilaciones envidiables que no estarían en condiciones de costear. Detroit no es la única jurisdicción cuyas autoridades obraron así, ya que en muchas otras ciudades norteamericanas el mismo problema está provocando recortes draconianos de beneficios sociales supuestamente institucionalizados, pero en ningún otro lugar de Estados Unidos han sido tan altos, y tan visibles, los costos de décadas de irresponsabilidad o, si se prefiere, optimismo exagerado.