Una comprensión diferente de la forma de enfermar
El proyecto de Cala Lesina nació en Malleo pero tomó forma en el barrio Confluencia de Neuquén, un sector ubicado al sudeste de la capital provincial, muy cerca del punto donde se hermanan los ríos Limay y Neuquén.
Allí, por imperio de la necesidad, conviven mapuches, descendientes de mapuches, criollos e inmigrantes chilenos. Se trata de tierras ribereñas –casi todas fiscales- atravesadas por dos grandes desagües que estallan de agua en invierno y explotan de hedor en verano.
La incorporación de las machis y/o curanderas al proyecto fue la llave que abrió la puerta para que los vecinos se acerquen al dispensario que durante varios años estuvo a cargo de Armando Cala Lesina, todo un prócer entre las familias de la zona.
«Cuando le dije a mi abuela de la idea que tenía el doctor, ella me dijo que «vamos a terminar todos presos», recuerda Carmen Merillán, una de las cuatro mujeres que desde hace diez años participa de congresos y disertaciones y que –desde hace tres- se sumó a las clases de Cultura y Salud en la Escuela de Medicina de Cipolletti.
Para entender el impacto que tuvo inicialmente el proyecto de Cala Lesina sólo hay que observar los rostros de los estudiantes apenas irrumpen las mujeres mapuches en el ámbito académico: desconfianza, asombro y hasta algunas miradas despectivas. El cierre de la clase es muy distinto, y en bandada los estudiantes conversan con las cuatro mujeres de ojos rasgados.
«La enfermedad y curación de aquel hombre embrujado a punto de morir no encajaba en absoluto con todo lo que había aprendido en la facultad de medicina, donde toda enfermedad se consideraba procedente de una alteración de los procesos celulares. Según nos decía, la enfermedad se debía a una mal funcionamiento de la máquina corporal. Y la razón de ser médico consistía en localizar la dolencia y acabar con ella, siempre que ello fuera posible (…) Ahora comprendo por qué me limité a archivar esta experiencia junto a otros acontecimientos particularmente aberrantes que consideraba exentos de verdadero significado. Haber procedido de otra forma hubiera supuesto poner en cuestión todo mi sistema de creencias acerca del origen de las enfermedades. Hoy en día, muchos años después, la capacidad represora de mi propia conciencia no es tan grande, y aquella experiencia, y otros cientos de experiencias similares que me han sucedido desde entonces, han transformado mi comprensión de la forma de enfermar del ser humano».
Sanadora, poetisa y adivina
La machi es un personaje central en la estructura de las comunidades mapuches. Es ella quien se encarga de velar por la salud y por el espíritu de todos los integrantes de la tribu. Sus conocimientos se transmiten de boca en boca y de generación en generación y en consecuencia hay muchos que permancen borrosos en las memorias de los más ancianos.
No son muchas las machis que aún sobreviven en la Argentina, pero mantienen gran vigencia en Chile.
La desaparición de las machis o bien su mutación en curanderas tiene que ver con una suerte de sorda persecución de parte de la civilización occidental en su avance sobre los pueblos precolomibinos. En muchos lugares de la Patagonia, pero sobre todo en la provincia de Neuquén, los descendientes de los pueblos aborígenes intentan reinsertar la figura la de machi así como el resto de la estructura de organización de sus antepasados.
«La machi es una líder ceremonial que desempeña cinco funciones destacadas: agente de salud, portadora y oficiante de las creencias míticas, música y poetisa, adivina. La caracterizan su capacidad para autoinducirse al estado de trance y su identificación con determinados objetos símbolos», define María Ester Grebe Vicuña en su obra Cosmovisión del Mundo Mapuche.
En la principal ceremonia religiosa mapuche, el Nguillatún, las machis tienen una participación más o menos activa. «Aparecen llevando a cabo distintas funciones, como ser traduciendo presagios y mensajes divinos cuando se encuentra en estado de éxtasis (…) y realizando prácticas adivinatorias; siempre acompañada por su kultrum (tambor), un instrumento estrechamente vinculado a ella», describe Isabel Pereda y Elena Perrotta en su obra «Junta de Hermanos de Sangre». De esa obra, se tomó la fotografía de Rosa Callicul, que ilustra este informe. (AN)
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