Una cuestión de salud

Por Redacción

Además de amagar periódicamente con no buscar la reelección a pesar de que según las encuestas de opinión podría triunfar por un margen amplio y aludir al “enorme esfuerzo personal y físico” que está haciendo, la semana pasada la presidenta Cristina Fernández de Kirchner canceló una visita a Asunción por motivos de salud. Como es sabido, la presidenta sufre hipotensión y a menudo se siente muy cansada, lo que puede entenderse porque, a diferencia de los mandatarios de países mejor organizados que el nuestro que pueden delegar responsabilidades, tiene que encargarse de virtualmente todo. Asimismo, es consciente de que cada gesto y cada palabra podrían incidir en la imagen que constituye una parte muy importante de su capital político, de suerte que no puede darse el lujo de relajarse por un solo momento. Es por lo tanto comprensible que, con frecuencia creciente, brinde la impresión de querer salir de lo que a veces siente que es una especie de cárcel. Aunque la mayoría supone que, como “política de raza”, terminará anunciando el comienzo formal de su campaña proselitista, ha sido tan reacia a comprometerse que sus partidarios, en especial los que saben muy bien que su propio futuro depende de su relación con ella, ni siquiera procuran ocultar su preocupación. Cristina heredó el sistema que improvisó Néstor Kirchner, uno que se caracteriza por la centralización del poder. Durante los cuatro años en que ocupó la presidencia, Kirchner no permitió que se celebraran reuniones plenas de gabinete por suponer que sería mejor mantener separados a los distintos integrantes del gobierno y no correr el riesgo de ver disminuida su propia autoridad. También se acostumbró a rodearse de personas que lo obedecerían sin chistar, de ahí la decisión de nombrar a Felisa Miceli como ministra de Economía en reemplazo de Roberto Lavagna, quien se había resistido a subordinarse por completo a la voluntad de su jefe. Mientras su marido se ocupó de una proporción notable de las tareas gubernamentales, entre ellas las supuestas por la relación con los gobernadores provinciales, los intendentes del conurbano, los operadores peronistas, los piqueteros y ciertos empresarios, Cristina pudo actuar como una presidenta “normal” que privilegia lo estratégico por encima de los detalles rutinarios, pero a partir de la muerte súbita de su marido y “hombre fuerte” del gobierno se ha visto constreñida a tomar su lugar, lo que, en sus propias palabras, le ha exigido un “enorme esfuerzo”. Para colmo, a menos que nos sorprenda optando por bajarse de la carrera, Cristina pronto tendrá que invertir mucho más esfuerzo y tiempo en una campaña electoral que podría resultar ser más ardua de lo que se prevé. Sería injusto criticar a la presidenta por la situación nada satisfactoria que se ha creado, atribuyéndola sólo a sus presuntas aspiraciones autoritarias, puesto que dadas las circunstancias en que se encontró al iniciar su gestión no le hubiera sido nada fácil modificarla. Por lo demás, se basa en mucho más que la voracidad de poder de su marido fallecido. El que nuestras tradiciones políticas sean presidencialistas, cuando no caudillistas, se debe no sólo a las ambiciones desmedidas de los ocupantes de la Casa Rosada sino también a la propensión de muchos otros a suponer que el presidente de turno es el único responsable de la gestión del gobierno. En tal sentido, incluso los opositores más vehementes colaboran, aunque sólo fuera al brindar al jefe de Estado pretextos para gobernar por decreto, práctica ésta que, llevada a extremos, es incompatible con la democracia. Una consecuencia de la tendencia así supuesta es que, con la excepción de la presidencia, todas las instituciones de la República se han deteriorado hasta tal punto que no están en condiciones de funcionar como es debido, lo que, desde luego, virtualmente obliga al Poder Ejecutivo a llenar el vacío. Sin instituciones coherentes, el orden político nacional no puede sino asemejarse al de una dictadura electiva consentida comparable con la que rigió en México durante buena parte del siglo XX, pero parecería que de acuerdo común sería responsabilidad de Cristina, o de su eventual sucesor, reconstruirlas ya que, como sabemos, en nuestro país le corresponde al presidente solucionar todos los problemas significantes.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 19 de mayo de 2011


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