Una potente coalición socialdemócrata

Redacción

Por Redacción

aleardo f. laría aleardolaria@rionegro.com.ar

La inscripción de una alianza electoral de centro-izquierda en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires conformada por la UCR, el socialismo, Proyecto Sur, la Coalición Cívica y Libres del Sur, replicando acuerdos similares más consolidados en la provincia de Santa Fe, marca el nacimiento de una potente coalición socialdemócrata. Es una buena noticia para todos los que consideran que es posible compatibilizar las aspiraciones de alcanzar una mayor justicia social con el respeto a las instituciones. También para todos los que desean la reconstrucción del debilitado sistema de partidos políticos argentinos. Las negociaciones no han sido fáciles y las candidaturas a diputados y senadores nacionales en este espacio se dirimirán en las elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) que se celebrarán el 11 de agosto. En la disputa interna en Capital competirán la lista que encabeza el candidato a senador Fernando “Pino” Solanas (Proyecto Sur) junto con la postulante a diputada Elisa Carrió (Coalición Cívica), la nómina que lidera Alfonso Prat Gay (Coalición Cívica), que buscará una banca en el Senado en alianza con Ricardo Gil Lavedra (UCR) –jefe del bloque de diputados radicales– y el radical Rodolfo Terragno, que irá acompañado por el exministro de Economía Martín Lousteau. En relación con esta noticia se pueden hacer varias consideraciones. En primer lugar, que el espacio de centro-izquierda –a diferencia del espacio de centro-derecha “socialcristiano”– ha estado a la altura de las circunstancias. Los dirigentes han podido vencer la inercia personalista que estimula nuestro sistema presidencialista y han tenido la flexibilidad suficiente para ceder posiciones personales en beneficio de la conformación de un acuerdo amalgamado alrededor de principios y programas. Un ejemplo lo ha brindado Ricardo Alfonsín, que para posibilitar el acuerdo ha cedido el primer lugar en la lista de diputados de la provincia de Buenos Aires a Margarita Stolbizer. La consolidación de una estructura partidaria sólida y efectiva todavía demandará tiempo. Pero se torna imprescindible para dar lugar a una competencia entre partidos que desde diferentes sensibilidades acuerden las reglas de juego y faciliten la alternancia. Esto exigirá como requisito indispensable que el centro más reclinado a la derecha del espectro pueda conformar también un partido político sustentable. Al parecer, contra este intento ha conspirado la tradicional “hoguera de vanidades” que caracteriza nuestro quehacer político. La otra condición necesaria para recrear un escenario europeo de competencia sin trampas entre la centro-izquierda socialdemócrata y la centro-derecha socialcristiana es un acuerdo institucional que impida que en el futuro algún partido colonice las estructuras del Estado. Es indispensable que se acuerde separar el gobierno del Estado, dejando en el primero a un reducido número de cargos políticos, preservando así el rol profesional, no faccioso, del Estado. Sólo la conformación de dos poderosas coaliciones que den lugar luego a la formación de dos partidos políticos competitivos permitirá acabar con las anacrónicas formaciones populistas que todavía reverdecen en nuestro país. El populismo, que gira alrededor de un liderazgo personalista, carece de coherencia ideológica y eso le permite recostarse en su ala de derecha –como aconteció con Menem– o en su ala de izquierda –como aconteció con Kirchner–. El problema es que esta formulación es tan inestable que ni siquiera ofrece seguridades a sus propios integrantes, al punto que los kirchneristas que se consideran “progresistas” pronto tendrán que elegir entre el “conservador” Scioli y el “neoliberal” Massa si quieren conservar algo de lo endeblemente construido. La existencia de un partido socialdemócrata que –al igual que aconteció en Brasil con el Partido de los Trabajadores de Lula– pueda unir el respeto a las instituciones con los deseos de mejora social de los más postergados significa la derrota de la izquierda populista que en América Latina ha intentado reconstituirse a partir del liderazgo de Hugo Chávez. El populismo es una enfermedad infantil de la política y tiene varios rasgos característicos que permanecen inalterables en sus diferentes formulaciones: liderazgos mesiánicos, excesos retóricos apoyados en una visión maniquea del conflicto social y un notable desprecio por la gestión, bajo el singular pretexto de “recuperar la política”. Esa mezcla, si bien puede brindar beneficios electorales en el corto plazo, resulta letal para el éxito de las políticas en el largo plazo. Lo cierto es que a esta altura de la modernidad no es posible sostener ninguna tesis que atribuya nuestro subdesarrollo político y social a la acción de “sinarquías” internacionales u “oligarquías” locales. Son tan numerosos en el mundo los ejemplos de países que en las últimas décadas han conseguido enormes progresos económicos y sociales que no pueden existir dudas al respecto. La responsabilidad por los fracasos es sólo nuestra, auténticamente “nacional y popular”. El progreso económico y la calidad institucional sólo vienen de la mano cuando existe una clara voluntad política de iniciar un proceso de modernización, basada en fuertes consensos internos. En América Latina son varios los países que, como Brasil, Chile, Uruguay, Perú, México y Colombia, han tomado debida nota y emprendido vigorosos procesos en la buena dirección. Aquí todavía seguimos entretenidos librando furibundas batallas contra inasibles molinos de viento. El populismo necesita inventar enemigos permanentemente para ocultar los fracasos derivados de su irresponsable y suicida desprecio por la gestión. Al final, como ahora se percibe con mayor nitidez, las políticas inconsistentes en el largo plazo terminan indefectiblemente chocando contra la dura y áspera realidad. Como acertadamente señala Peter Senge, generalmente “los problemas de hoy derivan de las soluciones tomadas ayer”.


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