Una solución australiana para Europa
SEGÚN LO VEO
El Mediterráneo, el “mare nostrum” de los romanos, está llenándose de los cadáveres de hombres, mujeres y niños que arriesgaron todo para alcanzar Europa. Siguen intentándolo. Algunos, los “inmigrantes económicos”, huyen de la miseria; quieren compartir la riqueza del mundo desarrollado. Otros, “los refugiados políticos”, se escapan de milicias asesinas como el EI, el ejército sirio, Boko Haram y Al Qaeda. La semana pasada, 400 personas procedentes de Libia se ahogaron al hundirse la embarcación precaria en que viajaban, pero habrá miles más cuya muerte no se ha visto registrada por las guardias costeras de Grecia, Italia, España y otros países cuyas naves patrullan las aguas sin saber muy bien lo que les corresponde hacer. No quieren que los barcos atestados de inmigrantes lleguen a Europa, pero tampoco quieren abandonar a su suerte a nadie.
Si sólo fuera cuestión de un número reducido de personas, la mayoría de buen nivel educativo, como sucedía en los años treinta del siglo pasado al intensificarse la persecución de judíos y disidentes políticos por los nazis, fascistas y comunistas, los dilemas que enfrentan los europeos serían relativamente sencillos. Desde entonces han cambiado tanto las actitudes de la mayoría que con toda seguridad las acogerían. Pero en la actualidad se trata de centenares de miles de individuos que, por lo común, no están en condiciones de aportar mucho a un país desarrollado.
El año pasado, por lo menos 170.000 lograron entrar en Italia, los enclaves españoles de Ceuta y Melilla están bajo sitio, Grecia pide la ayuda de sus socios más ricos para vigilar la frontera con Turquía. No exageran quienes hablan de una invasión del Primer Mundo por el Tercero.
De mantenerse abiertas las puertas de la tierra de promisión europea, pronto podrían llegar más millones, entre ellos contingentes de yihadistas resueltos a hacer flamear la bandera negra del islam militante sobre los bastiones de los infieles. No es nada fácil separar a los belicosos de los presuntamente pacíficos. Aun cuando las autoridades europeas lograran hacerlo, no tendrían ninguna garantía de que los hijos e hijas de inmigrantes presuntamente “moderados” no se dejaran seducir por imanes que predican la guerra santa. En las filas del EI abundan jóvenes que se criaron en Francia, Bélgica, el Reino Unido o Alemania que, para desconcierto de sus progenitores, están perpetrando crímenes de lesa humanidad en nombre de Alá con entusiasmo desbordante.
En cierto modo, la presunta presencia de yihadistas entre quienes están desembarcando en Europa ha servido para simplificar los problemas planteados por la inmigración multitudinaria. Protestar contra la llegada de quienes se limitan a “buscar una vida mejor” puede considerarse egoísta, cuando no racista, a pesar de que los más perjudicados por la competencia de africanos o asiáticos son siempre miembros de la clase obrera local que ven reducidas sus posibilidades de conseguir empleos bien remunerados. En cambio, sentirse alarmado por el peligro terrorista no es ni egoísta ni racista; es perfectamente razonable, y la resistencia de los gobiernos europeos, tanto izquierdistas como conservadores, a reconocerlo ha contribuido al surgimiento de movimientos calificados de derechistas, nacionalistas y populistas que han modificado el panorama político de casi todos los países de la Unión Europea.
No existen motivos para suponer que sólo se trata de una crisis pasajera. Son cada vez más los “Estados fallidos”, los que, tal y como están las cosas, no se recompondrán en los años próximos para que los refugiados, tanto económicos como políticos, un día vuelvan a casa. Antes bien, todo hace prever que Somalia, Siria, Irak, Yemen, Libia y Afganistán, seguidos tal vez por otros países, sean campos de batalla por muchos años más, que etnias enteras se vean aniquiladas y que el mundo musulmán termine expulsando o matando a los últimos cristianos que todavía se quedan en lugares que sus correligionarios han ocupado desde hace casi dos milenios.
Parecería, pues, que los europeos tienen que elegir entre el aislamiento, la “fortaleza Europa”, por un lado, y por el otro permitir que sus países sean en efecto incorporados a una gran zona terriblemente conflictiva, lo que sería la consecuencia de dejar entrar a muchos millones de refugiados. ¿Hay una alternativa? Una, que últimamente ha comenzado a motivar interés, consistiría en establecer zonas protegidas, que serían bastante extensas, en países como Libia, Siria e Irak, además de aquellos que sufran destinos parecidos, en que podrían vivir los refugiados que por razones comprensibles no pueden regresar a sus lugares de origen pero que, a juicio de la mayoría de los europeos, tampoco podrían integrarse a sociedades cuyas costumbres les son radicalmente ajenas.
Sería una forma de colonialismo, una similar a la impulsada por la Liga de las Naciones que precedió a la ONU al confiar “mandatos” a países de tradiciones imperialistas como Francia y el Reino Unido para que hasta nuevo aviso gobernaran territorios que de otra manera serían ingobernables. Aunque se trataría de un arreglo que muchos encontrarían repugnante, no sólo por suponer que todos los países, incluyendo los claramente incapaces de hacerlo, deberían solucionar sus propios problemas internos sin la intervención de otros, sino también porque acarrearía la voluntad de asumir responsabilidades muy onerosas. Así y todo, resignarse a que una región con centenares de millones de habitantes se precipitara en la barbarie, como ya ha sucedido en partes del Oriente Medio y África del Norte, dista de constituir una opción atractiva.
Es por eso que muchos en Europa se inclinan por un enfoque como el del gobierno de Australia, que advierte a los tentados a probar suerte como inmigrantes ilegales que bajo ningún concepto serán admitidos porque los barcos en que viajan “serán interceptados y sacados de forma segura de aguas australianas”, mientras que las personas a bordo serán devueltas “al país del que partieron o trasladados en el plazo de 48 horas a un centro de procesamiento en Papúa Nueva Guinea o Nauru”, donde podrían procesar una eventual solicitud de asilo. Si bien la firmeza así expresada parece decididamente antipática, sobre todo a aquellos europeos progresistas que aún están a favor de una política de puertas abiertas, no extrañaría que la Unión Europea adoptara una variante igualmente dura; caso contrario, correría el riesgo de importar el caos sanguinario inmanejable que se ha apoderado de tantos países que le son vecinos.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON