Unen se desune
Algunos líderes de la coalición Unen, como Elisa Carrió, quieren ampliarla para que incluya a todos los presuntamente comprometidos con los ideales republicanos, mientras que otros, entre ellos Fernando “Pino” Solanas, insisten en excluir a quienes a su juicio no son progresistas, comenzando con el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri. Para los primeros, la prioridad ha de ser impedir que el país continúe alejándose de la democracia pluralista, mientras que para sus adversarios coyunturales el enemigo a batir sigue siendo lo que, lo mismo que los kirchneristas, califican de la derecha liberal que ven representada por el Pro. De estar en lo cierto los convencidos de que el país corre peligro de transformarse en un “narco-Estado” gobernado por “mafiosos” vinculados con distintas fracciones del peronismo, el planteo de Carrió según el cual conservadores e izquierdistas moderados deberían cerrar filas para defender las instituciones democráticas contra los dispuestos a desmantelarlas es lógico, pero no lo es desde el punto de vista de quienes creen que, a pesar de los muchos perjuicios causados por la corrupción, la intolerancia y el autoritarismo arbitrario que en opinión de todos son inherentes al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, las estructuras básicas de la democracia se han mantenido incólumes. Por ser cuestión de diferencias que, en teoría por lo menos, son profundas, es poco probable que Unen logre sobrevivir al conflicto desatado por el deseo de Carrió de pactar con el Pro de Macri, aunque sólo fuera pasajeramente, hasta que el país haya dejado atrás la etapa ultrapopulista. También lo es que la coalición supere los problemas internos ocasionados por las ambiciones personales de sus integrantes principales, de los cuales ninguno parece estar en condiciones de conseguir el apoyo popular necesario para soñar con triunfar en las elecciones presidenciales previstas para octubre del año que viene pero que, así y todo, siguen esperando de algún modo poder emular al radical Raúl Alfonsín, que en 1983 supo derrotar al peronismo supuestamente invencible. Mientras aguarden el milagro, las alternativas de la interna que están disputando sólo sirven para difundir la impresión de que, en el fondo, muchos líderes de Unen están más interesados en sus propias obsesiones ideológicas que en prepararse para enfrentar los desafíos tremendos que le esperan al próximo gobierno, razón por la que les parece absurda la noción de que, dadas las circunstancias, la opción menos mala para el país y para ellos mismos consistiría en respaldar a Macri por tratarse, como señala Carrió, del único precandidato no peronista con posibilidades genuinas de derrotar a Daniel Scioli o Sergio Massa en una eventual segunda vuelta electoral. Algunos activistas de Unen son pragmáticos: se suponen capaces de convivir con un gobierno declaradamente centroderechista con tal que respete las instituciones democráticas. Otros preferirían resignarse a desempeñar un papel meramente testimonial, aferrarse a sus propias “doctrinas” aun cuando entendieran muy bien que la situación nada buena en que el país se encontrará después de la “década ganada” no les permitiría emprender la clase de reformas que se han habituado a reclamar. Desgraciadamente para éstos, ya se han ido los tiempos en que un gobierno progresista hubiera contado con los recursos necesarios para implementar programas sociales destinados a hacer de la Argentina un país más equitativo. Los tuvo el kirchnerista, pero los gastó de forma tan irresponsable que sus sucesores no tendrán más opción que procurar administrar la extrema escasez, una tarea que, tanto aquí como en otras partes del mundo, suele corresponder a gobiernos conservadores resueltos a hacer cuanto resulte necesario para frenar la inflación. De alcanzar la presidencia un candidato surgido del Frente Amplio-Unen progresista, en seguida se vería obligado a postergar hasta nuevo aviso lo prometido en la campaña electoral o protagonizar otro desastre equiparable con aquellos que pusieron fin a las gestiones de Alfonsín y de su correligionario Fernando de la Rúa, razón por la que incluso a los ideólogos más dogmáticos de la coalición les convendría que la centroderecha se encargara de la herencia que deje Cristina.
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