“Vamos camino al descenso, reaccionemos”

Por Redacción

Los argentinos somos futboleros. ¿Quién lo discute? Hasta en las conversaciones sobre los temas más serios y profundos se utilizan ejemplos surgidos de este juego que constituye una de las pasiones nacionales. “Lo sacó de la cancha”, “está fuera de juego”, “ganó o perdió por goleada”, “no transformemos esto en un Boca-River”, “es el Messi de la política (…la ciencia, …la economía, etc.)”, antes era Maradona para iguales casos. Son metáforas que se utilizan regularmente hasta en los ámbitos mas recoletos, como pueden ser los académicos, eclesiásticos o gubernamentales, para dejar claro y entendible algún concepto. Sin embargo, los ejemplos o metáforas que aporta el “fobal” o el juego de pelota no se aplican al observar un proceso largo y continuado que viene sufriendo el país respecto de su jerarquía como tal, la calidad de vida de su gente y el futuro. En los últimos años, el país se ha visto sacudido por el descenso a la segunda división del fútbol profesional argentino de equipos como River –el más conmocionante– e Independiente, el más reciente. Pero otros equipos con historia, aunque sin tanta adhesión popular, también han seguido el mismo camino, como el simpático Huracán o Banfield o Nueva Chicago o Chacarita, que de la primera han seguido descendiendo. Cuando se analizan las razones por las cuales estas instituciones llenas de glorias deportivas han caminado hacia el humillante descenso, se encuentran varias, empezando por baja calidad de sus gobiernos o comisiones directivas, hechos de corrupción, confrontaciones internas permanentes, hinchadas que mutan su pasión en negocios, cruentas guerras internas de las mismas hinchadas y con otras hinchadas que transforman un espectáculo deportivo en un escenario riesgoso, por lo violento. Es decir, que los resultados deportivos van siendo reflejos de la calidad de las conducciones políticas y que el descenso no es consecuencia de una mala gestión, sino de un prolongado proceso de decadencia que sólo provocó desesperación cuando el abismo estaba ahí, esperando para recibir la caída. Pasaron varios años, muchos campeonatos, innumerables jugadores y técnicos, sin que se encontrara una reacción que detuviera la caída e iniciara la recuperación. Todo coronado o enmarcado con una política global de superestructura (AFA), en donde los negocios de dirigentes envilecen y subordinan los aspectos deportivos y desde donde se masifica la mediocridad del juego asociándose con intereses gubernamentales, cuyo engañoso mensaje llega al televidente, entre pase y pase, entre juego y gol, entre festejos y amarguras. Los argentinos, tan futboleros como pasionales, no nos damos cuenta de que el país, nuestra Argentina, está atravesando el mismo fenómeno que el empobrecido fútbol nacional. Años de decadencia. Gobiernos que aciertan parcialmente y abren otras brechas; dirigencia sin grandeza que piensa sólo en lo sectorial; ejemplos desde la política que convocan al facilismo, a los atajos, al esfuerzo menor para lograr el premio mayor, masificación de mensajes y relatos interesados, sectarios, falaces, discursos que convocan a la confrontación… En el conjunto de países del mundo, también hay ligas: A, B, C, etc. Alguna vez estuvimos en la A. Fue cuando teníamos una educación pública extraordinaria, un movimiento cultural envidiable, un aparato económico que producía alimentos para el mundo. Pero fuimos perdiendo posiciones y si bien es discutible el sistema de calificaciones de los países, lo cierto es que en educación y desarrollo científico y tecnológico, otros –algunos vecinos– se nos han adelantado; ya caímos del pelotón de los diez principales productores y exportadores de carne; retrocedemos como productores de granos y la soja, algo novedoso en materia agrícola y comercial, nos sostiene por ahora, pero nos degrada los suelos; en frutas, los países que nos compraban y envidiaban (Chile, Brasil) son competidores y nos desplazan de mercados nuestros, etc. Adentro, andamos peleándonos como las hinchadas por líderes con pies de barro, enredados en debates por cuestiones secundarias, sin una brújula que nos marque un rumbo convocante. Siempre buscando un Lionel Messi que nos lleve a la victoria, como tantas veces, receta que puede servir para el fútbol, pero que es harto peligrosa para la política de un país. Más que un líder, necesitamos gente que sepa armar equipos, como Peckerman, Martino o Foristello o el Bianchi de otro tiempo. Tipos que sepan explotar las enormes potencialidades que tenemos los argentinos, como pueblo y como espacio geográfico; que le den prioridad a la formación de los pibes y que aprovechen la sabiduría de los grandes; que brinden ejemplo de vida y que convoquen al diálogo fraterno, al disenso respetuoso, a encontrar la riqueza en la diversidad y que demuestren que honestidad, austeridad y eficiencia y eficacia en la gestión pueden ser compatibles –y deben serlo– como fórmula exitosa. Son situaciones que rescato del juego de pelota, del “fobal”, y las traslado a la política, a la relación entre los argentinos, a la búsqueda de conductores sin grandes discursos, pero con mentes que piensen hacia el futuro y desde una calidad moral que convoque al ejemplo. Está en nosotros evitar irnos a la B o a la C, si es que ya no estamos allí instalados o, lo que es mejor, proponernos volver a la A. Ricardo Villar Neuquén