Vecino problemático
No se trata de tomar medidas contra el Paraguay, sino de asegurar que sus funcionarios cumplan con su deber.
Paraguay está resultando ser una fuente inagotable de dolores de cabeza de toda clase. Como si ya no fueran suficientes los provocados por los vínculos de políticos paraguayos nada democráticos con distintos grupos locales, por la cercanía de un país aún más corrupto que el nuestro cuya economía depende en buena medida del contrabando y por la presencia en su territorio de bandas criminales o terroristas, últimamente se ha sumado uno más debido al ingreso desde Paraguay de animales afectados de aftosa. Al detectarse el virus, el gobierno del presidente Fernando de la Rúa se ha visto constreñido a suspender la venta de carne vacuna a los Estados Unidos y Canadá, países que por razones evidentes siempre aprovecharán cualquier oportunidad presuntamente legítima para frenar la importación de productos agroganaderos procedentes de un rival y que ya estaban tomando los recaudos indicados para la situación. Aunque es imposible prever hasta cuándo se prolongará la medida y cuánto se perderá a raíz de ella, nadie ignora que se trata de un golpe muy severo contra un sector exportador fundamental.
Luego de décadas de lucha contra la aftosa, mal que a través de los años ha costado al país muchísimo dinero, las autoridades sanitarias entienden muy bien que les es preciso reaccionar con vigor, tomando todas las medidas necesarias para que el brote sea eliminado cuanto antes. También, obvio es decirlo, tendrán que presionar al máximo que sea diplomáticamente permisible a los paraguayos para que hagan lo mismo a pesar de la resistencia de sus productores, los cuales, como era previsible, ya se han puesto a protestar por la «conspiración comercial para sacar a las carnes paraguayas del mercado regional», que según el ministro de Agricultura y un vocero de los ganaderos del país vecino, ha emprendido el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria argentino. Claro que las denuncias en tal sentido son absurdas – ¿cuál beneficio concebible lograrían los productores de este lado de la frontera afirmando que la aftosa ha regresado? -, pero por lo menos sirven para advertirnos de que es muy escasa la voluntad de los paraguayos de colaborar en un esfuerzo por hacer que todo el Cono Sur sea una región auténticamente libre del mal.
El gobierno de De la Rúa – lo mismo que los directivos de cualquier empresa grande – sin duda comprenden que en una situación como ésta los paños tibios, las palabras destinadas a convencer a los demás de que en verdad no se trata de nada grave, las mentiras, el ocultamiento con la complicidad de funcionarios corruptos, los exabruptos patrioteros y todas las demás excusas que suelen usarse para justificar la desidia, sólo sirven para perjudicar al país al informar al resto del mundo que no es su intención hacer lo imprescindible para solucionar el problema. No sólo es una cuestión de las medidas comerciales que podrían tomar países poderosos so pretexto de defenderse contra la aftosa. También lo es de la reputación de las carnes argentinas – y por lo tanto todos los productos alimenticios del país -, en los mercados internacionales. Para que se vendan más, mucho más, será esencial que a ojos de los consumidores la Argentina sea sinónimo de la más alta calidad. Huelga decir que la detección del virus de la aftosa en el territorio nacional haría imposible tales pretensiones a menos que la reacción sea contundente.
Como es notorio, la frontera con Paraguay es porosa y el contrabando es tradicional, pero si las autoridades guaraníes no quieren colaborar plenamente o no están en condiciones de hacerlo, al gobierno no le quedará otra alternativa que la de extremar los controles y de suplementarlos con otras sanciones para que nuestros vecinos entiendan de una vez que es de su interés afrontar el problema en vez de intentar soslayarlo. No se trata de tomar medidas contra Paraguay, sino, por el contrario, de asegurar que sus funcionarios cumplan con su deber, defendiendo los intereses de su propio país que, obvio es decirlo, también se vería beneficiado si se consiguiera eliminar por completo de su territorio un mal con el cual, como hemos aprendido, no se puede convivir.
Paraguay está resultando ser una fuente inagotable de dolores de cabeza de toda clase. Como si ya no fueran suficientes los provocados por los vínculos de políticos paraguayos nada democráticos con distintos grupos locales, por la cercanía de un país aún más corrupto que el nuestro cuya economía depende en buena medida del contrabando y por la presencia en su territorio de bandas criminales o terroristas, últimamente se ha sumado uno más debido al ingreso desde Paraguay de animales afectados de aftosa. Al detectarse el virus, el gobierno del presidente Fernando de la Rúa se ha visto constreñido a suspender la venta de carne vacuna a los Estados Unidos y Canadá, países que por razones evidentes siempre aprovecharán cualquier oportunidad presuntamente legítima para frenar la importación de productos agroganaderos procedentes de un rival y que ya estaban tomando los recaudos indicados para la situación. Aunque es imposible prever hasta cuándo se prolongará la medida y cuánto se perderá a raíz de ella, nadie ignora que se trata de un golpe muy severo contra un sector exportador fundamental.
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