Venecia, de la mano de Minujín y Jitrik

Qué es lo más curioso y excéntrico en este nuevo encuentro.

Redacción

Por Redacción

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La libertad creativa y la diversidad de la 55ª Bienal de Venecia fueron destacadas por las artistas argentinas Marta Minujín y Magdalena Jitrik en un recorrido que llevó sorprendida a una por los pabellones de Rusia, Estados Unidos y Chile y emocionó a la otra ante la obra de legendarios Arthur Bispo do Rosario y Xul Solar. Los arsenales y jardines venecianos son por estos días un mundo de gente; más allá de la lluvia y frío que desconcierta a locales y visitantes en plena primavera europea, esta Bienal atrapa con un eclecticismo que permite un recorrido ágil y liviano por museos, pabellones y palacios italianos pasando de lo solemne a lo lúdico, o de la denuncia a la excentricidad en sólo pocos pasos. “Esta bienal es mucho más libre, suave y menos ideológica que la anterior, no tiene una idea frontal, vas de un lugar a otro y todo coincide, está todo mezclado. ¡Que esté todo mezclado! Todo el que hace arte está mezclado”, exclamaba Minujín tras un concienzudo recorrido antes de partir hacia Londres y París adonde planeaba montar su Torre de Babel de Libros. Esa frescura “no estuvo tan presente en los Giardini –corazón de la bienal durante más de un siglo que ahora late en los Arsenales, dijo Minujín–, donde flotaba la consigna de la deconstrucción, ni en ‘El palacio enciclopédico’, la muestra central, muy marcada por el curador. No me gustó que haya puesto tantos artistas muertos”, dijo Minujín. Jitrik, en tanto, otra artista local que viajó a Venecia acompañando el envío nacional de Nicola Costantino, “Eva-Argentina. Una metáfora contemporánea”, se conmovió ante obras de Jimmie Durham, Solar y Bispo do Rosario sin dejar de ver que “esto habla también de una intención de iluminar al mundo central señalando los tesoros de mundos lejanos”. Para Minujín éste “es el mejor espacio del mundo para ver arte”, porque “exalta la creatividad y la imaginación. Es lo mejor, es lo más lindo, porque toda la gente que está acá tiene que ver con el arte” aseguró. A lo que Jitrik añadió que “refleja al mundo de una manera muy interesante, pues la selección de artistas resulta de un montón de negociaciones y opiniones, sus presencias y ausencias aquí dicen mucho del presente”; tal es el caso del chino disidente Ai Weiwei, ausente él pero presente con su obra en varios espacios de Venecia. El más impactante es S.a.c.r.e.d. (Super, Accusers, Cleansing, Ritual, Entropy, Doubt), hasta septiembre en la iglesia de Sant’Antonin, un templo casi ignoto en el barrio de Costello, la parte menos turística de la ciudad, donde pone en escena su encarcelamiento por parte del gobierno chino hace dos años. “Cosa curiosa, lo que más me gustó fueron Rusia y Estados Unidos –acotó Minujín– y la muestra del chileno Alfredo Jaar. ¡Porque es lo que ocurre en Venecia! Se inunda. Y lo del perfume del presidente del uruguayo Martín Sastre me pareció genial”, sentenció. Entrando por Turquía, en los Arsenales, se llega a Chile, ahí Jaar montó una pileta de aluminio llena con el agua verde de los canales, de donde cada tres minutos emerge una gran maqueta de Venecia, se escurre y se sumerge en 16 segundos. El tiempo restante es el que usa para tocar fondo y volver a emerger, lo hará 24.860 veces durante la muestra, ni una más, ni una menos, luego se detendrá. “Lo que hizo Rusia es extraordinario –continúa Minujín–, hay una máquina en una sala que tira monedas del techo y con un paraguas (para que no te den en la cabeza) vos pasás y agarrás las que quieras, te quedás con una y el resto las tirás a un balde (que las regresa al techo), pero hay unos que te dicen ‘no lo toquen, no lo toquen’, está buenísimo”. “¿El significado final de esta muestra? –repregunta a Télam su autor, Vadim Zakharov, y se ríe–. Menos envidia, robos, odio, corrupción… podés escribir una pared completa con estos ‘menos’. Quería hablar de problemas sociales y económicos desde lo artístico y encontré la llave en el mito griego de Dánae”. Así como ningún hombre podía entrar a la torre donde el Rey Acrisio encerró a su hija Dánae, por temor a que le dé un heredero que lo asesine, ningún hombre puede ingresar a la sala que cuenta Minujín, sólo la mujeres toman el paraguas y rescatan los “Dánae” donde se lee “confianza, unidad, libertad y amor”. “Ni fotógrafos, ni periodistas ni el jurado de la bienal, sólo mujeres, y si ellas no devuelven las monedas el proceso se corta, dos millones y medio para toda la bienal”, resume Zakharov. “Y en la muestra de Estados Unidos es todo de una fragilidad maravillosa, mágica, increíble”, cierra Minujín. El pabellón estadounidense tiene rocas en el techo; sobre el sendero un círculo de piedras que aprisionan hojas, estuches y objetos gastados, marca al ingreso por la puerta lateral, ya que su autora, Sarah Zse, quiso “tirar fuera las cosas del centro”; cambió la circulación y los visitantes dejan la instalación por la puerta principal. Una especie de gran máquina, liviana y poética, hecha con objetos que todos reconocen –palillos, latas de pintura, vasos o perfiles de aluminio– precede una sala repleta de objetos encontrados y repite la pregunta que motoriza gran parte del trabajo de Zse: ¿qué cosas en la vida tienen valor, cómo se define lo valioso? (Télam)

Dolores Pruneda Paz


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