Vida cotidiana en Buenos Aireshasta mediados del siglo XIX
Se comía mal, se vivía poco, se inundaba mucho y el viento la barría, impiadoso.
A principios del siglo XIX, la ciudad «de polvo y espanto», situada entre un río y un mar de pasto, fue emergiendo lentamente y adquiriendo una fisonomía propia, a despecho de la mirada impiadosa de los viajeros, y con el único capital de su gente, que logró el milagro de convertir el espacio inhóspito en un sitio agradable para vivir a pesar de las dificultades.
En «Vida cotidiana en Buenos Aires», recién publicado por Planeta, Andrés Carretero describe minuciosamente los pormenores del acontecer porteño del período 1810-1864, recrea el ambiente de lavanderas, prostitutas, peones, esclavos, gauchos y arrieros y cuenta cómo son las viviendas, calles, comidas y vestimentas, entre otros apuntes de la sociedad, en sus distintos estamentos.
«Buenos Aires era una ciudad de tierra, abierta a los vientos que, sin piedad, barrían sus calles. Expuesta a las tormentas de polvo y a los vaivenes de las aguas, la vida en ella no fue fácil ni placentera. Mientras el pampero o las sudestadas se abatían sobre su faz y las pestes diezmaban su población, los avatares políticos también trastornaban la vida y sus costumbres», describe Carretero refiriéndose a la irrupción de las montoneras, los desmanes de la Mazorca y los saqueos posteriores a la batalla de Caseros.
«Me interesó registrar la vida cotidiana desde 1810 porque considero que a partir de ese año el sistema de vida español comienza lentamente a cambiar», subraya el investigador, quien tardó varios años en reunir un material que «dormía en el Archivo Nacional o se diversificaba en apuntes de los viajeros de aquella época».
«Es que la mayoría de los historiadores centró sus estudios en los procesos políticos del país durante el siglo XVIII y el XIX.
Hace pocos años que el registro de lo cotidiano se ha convertido en algo de interés para los lectores», resalta Carretero.
Desde distintas perspectivas, la ciudad es desmenuzada prolijamente por la mirada del investigador que sin perder de vista la totalidad, va incorporando en el relato un sinfín de anécdotas y datos sobre Buenos Aires.
En 1810, «la mayoría de las casas de clase media o alta estaban construidas con ladrillos encalados y solían tener dos, tres o más patios interiores. La cantidad de habitaciones estaba de acuerdo con el número de miembros de la familia. Se sumaba el comedor diario o el de recibo -este dependía del nivel social-, la cocina, el baño, las dependencias de servicio, los depósitos de mercaderías, si el propietario era comerciante, y las instalaciones para guardar carros, además de un aljibe o jagüel».
Las casas más pobres «eran de adobe y los techos de ramas, cuyas aberturas estaban cubiertas con trozos de cuero vacuno o yeguarizo».
En ese entonces, «predominaban las calles de tierra que se convertían en lodazales, las veredas eran un desastre, hechas con pésimos ladrillones y para colmo los artesanos y los comerciantes las utilizaban para trabajar. De noche el alumbrado público -de velas de cebo- era insuficiente y circulaban los perros sueltos y los cerdos».
«No era lindo vivir en Buenos Aires -afirma Carretero-, era una ciudad de porquería, no había higiene, la bosta de los caballos estaba por todos lados, había más ratas que perros y el cabildo usaba a los negros para matarlas, al igual que a las hormigas que proliferaban por todo el ejido urbano». La basura de las familias «se acostumbraba a juntarla en los rincones del tercer patio y cuando adquiría cierta altura o producía olor, se la quemaba o se la tapaba con tierra».
En cuanto al ritmo de la ciudad, «cambiaba de acuerdo con las horas del día. Por las mañanas y a la caída del sol era animada y vocinglera; aburrida y casi desierta en las horas de la siesta, cuando la mayor actividad se desarrollaba en la intimidad de los cuartos».
«Para mediados de la década de 1820 los habitantes -precisa Carretero- iban desde el español europeo al inglés o al alemán, las mujeres mostraban desde rostros blancos hasta azabaches africanos. Estaba el hijo del español nacido en América y el hijo del español e india, o criollo».
A pesar de las dificultades diarias, nuestros antepasados porteños -según surge de la crónica de aquellos días- crearon sus propias costumbres y modas.
«Bastaba observar los ingredientes de un puchero, el material de una jarra o la cantidad de brazos de un candelabro para conocer el poder adquisitivo de una familia», señala Carretero.
La base de la alimentación eran las carnes rojas, algo muy criticado por la mayoría de los viajeros que llegaban al Río de la Plata. Ya desde entonces un cocinero, Mr. Ramón, trató de formar una escuela culinaria, enseñando a los esclavos los secretos de una comida más elaborada.
El pan fue siempre un problema para la población, «pues se basó en la abundancia o escasez del trigo o de los cereales panificables, lo que elevaba o bajaba el precio». Y la leche, «en la clase alta, se obtenía de las vacas guardadas en el tercer patio de las familias, el resto de la población se abastecía por medio de los repartidores callejeros que recorrían la ciudad montados a caballo».
«El mate -observa el investigador- era la bebida normal, igualitaria para todos, lo que variaba era el recipiente. Un tipo de mate muy popular en la clase alta fue el llamado de varilla, tenía listones de plata muy delgados que se agregaban desde la boca del mate hasta la base».
El agua en Buenos Aires no provenía de fuentes o manantiales naturales, «se obtenía primero del río y luego de pozos de las que se la extraía con baldes de cuero. Las dificultades con el agua potable hizo que la población manifestara cierta inclinación al consumo del vino y cerveza, nacionales e importados», sostiene el investigador.
Otro problema fue la sal, ya que la importada llegaba en forma irregular y era cara. «Por ello se impuso la necesidad de buscarla en las Salinas Grandes -llamada por los indígenas Chadi Mapú (País de la Sal)- ubicadas en el sur de la provincia de Buenos Aires, en territorio dominado por los indios».
Desde la época hispánica el consumo de tabaco – «se fumaba, se mascaba y se aspiraba»- se extendió a todas las clases sociales.
Indias, negras, blancas, funcionarios o peones consumían tabaco, después de comer y en los momentos de ocio.
Y en lo que hace a la vestimenta «los porteños se caracterizaron por la búsqueda incesante de la elegancia». Las damas de sociedad utilizaban zapatos de raso confeccionados -entre 1810 y 1820- por ellas mismas y luego compraban al zapatero las suelas los tacos y cabos, mientras que el calzado masculino era de cuero y se pulía con el uso.
Durante varios años después de 1810 la mujer porteña permaneció fiel a la moda española: usaba mantillas, corsé y el largo de las polleras hasta el empeine. «En el manejo del abanico -subraya Carretero-, las criollas se diferenciaban de la mujer europea, que lo utilizaba para ventilarse. Pícara, la porteña coqueteaba con él y miraba por arriba del borde al hombre que le gustaba».
Mora Cordeu