Voces de destrucción



COLUMNISTAS

Rafael Lemkin, quien escapó de las purgas raciales en Polonia y fue más tarde profesor de Derecho Internacional en la Universidad de Yale, estuvo desde 1941 determinado a encontrar una fórmula criminal por medio de la cual reemplazar a las de “barbarie” y “vandalismo”.

Para ello evaluó la posibilidad de referirse a “asesinatos masivos”, “desnacionalización”, “germanización” y “magiarización”, así como a otras específicas categorías para connotar la asimilación forzada de una cultura.

A todas ellas, sin embargo, encontró inadecuadas, no sólo debido a que no podían ser aplicadas universalmente sino, además, en razón de que no se referían a la destrucción biológica del conjunto.

Finalmente creó el término “genocidio”, al cual concibió a través de un neologismo de etimología híbrida que combinó el vocablo griego “genos” -agrupación humana- y el sufijo latino “cidio” -matar-.

Dicha figura criminal fue definida en la Convención Internacional para la Prevención y Castigo del Crimen de Genocidio de 1948, como constitutiva de los actos llevados a cabo con la intención de destruir, total o parcialmente, un grupo nacional, étnico, racial o religioso en cuanto tal.

Sin embargo, el término genocidio es una expresión esencialmente problemática, sujeta a múltiples debates teóricos. Para algunos, demasiado amplia, mientras que para otros lo suficientemente reducida como para proponer definiciones alternativas.

En un reciente libro titulado “¿Qué es genocidio?”, el investigador británico Martín Shaw destaca que nuevas formulaciones semánticas mantienen el sufijo latino “cidio” para aludir a específicas modalidades de exterminio y destrucción.

Pese a ello, afirma que los nuevos “cidios” resultan, de hecho, otras dimensiones y caras del genocidio.

Así, por ejemplo, el término “etnocidio” se suele emplear para referirse a la destrucción, total o parcial, de grupos identificados desde el punto de vista de su etnicidad. Lo cual resulta superfluo toda vez que la destrucción de dichos grupos ya se encuentra comprendida en la fórmula “genocidio”.

Por el contrario, el uso de términos como “generocidio”, “politicidio” y “clasicidio” remite a diversos grupos de víctimas que demandarían una denominación propia.

El primero consistiría en la destrucción deliberada de personas de un sexo o género en particular, materializada a través de actos tales como el infanticido femenino, la cacería de brujas en la Europa medieval, la quema de viudas en la India o la mutilación genital femenina.

Puede que esas formas de violencia y discriminación contra mujeres y niñas no lleguen a ser un intento definitivo de destruirlas en tanto categoría de personas. Apuntan, más bien, a reforzar un lugar subordinado y de sometimiento para las mujeres. Sobre todo en ciertos contextos culturales.

El término “politicidio” sirve para aludir a los intentos de destruir, total o parcialmente, a grupos cohesionados alrededor de principios ideológicos compartidos. Fue el caso de los crímenes perpetrados por las dictaduras cívico-militares en Latinoamérica respecto de quienes ejercieron toda suerte de disidencia ideológica con los mandatos impartidos por ese poder.

En relación con el “clasicidio”, Shaw recuerda que los proyectos de destruir clases sociales, en el sentido análogo al de la destrucción de grupos nacionales, étnicos, raciales y religiosos que la Convención definió como genocidio, acompañaron el surgimiento de partidos y Estados estalinistas totalitarios.

Para aquéllos, la identificación de un enemigo de clase se volvió parte de un programa destinado a la destrucción a través del terror y la matanza.

Lo cierto resulta que la proliferación de conceptos que se expresan con términos que contienen el sufijo “cidio” ha servido tanto para confundir como para clarificar la interpretación de la violencia contra los grupos sociales.

En todo caso, admite Shaw, estos conceptos debieran ser entendidos como formas de violencia estrechamente relacionadas entre sí, con matrices comunes y especificidades propias.

MARTÍN LOZADA

Juez Penal. Bariloche

MARTÍN LOZADA


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