Volar por los aires
En todas partes es normal que gobiernos en apuros culpen a “especuladores” y “banqueros codiciosos” por desastres económicos que fueron provocados por sus propios errores. Es lo que hicieron los de Estados Unidos y la Unión Europea luego del colapso en el 2008 de una gigantesca burbuja inmobiliaria que ellos mismos habían estimulado por motivos políticos. Así y todo, en los países democráticos por lo menos, pocos dirigentes están dispuestos a ir tan lejos en tal sentido como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Basándose en palabras del economista radical Miguel Bein, que en el transcurso de una entrevista que fue difundida un par de semanas antes por una emisora radial había hablado de un “intento de desestabilización financiera de los mercados”, como si la brecha entre el dólar oficial y el blue fuera resultado de un plan premeditado, Cristina insistió en que no sólo el “modelo” sino el país entero han sido víctimas de una gran ofensiva financiera organizada por sujetos que “quieren hacer volar el gobierno por los aires”, vaciando de reservas el Banco Central, y que cuentan con el apoyo de los “medios hegemónicos”, comerciantes que aumentan precios y muchos otros. También advirtió que, de tener éxito el “mercado”, volarían “los trabajadores, las ilusiones, las esperanzas” y ya “han volado los ahorros”. Se trata de una reedición kirchnerista de la teoría conspirativa que fue ensayada hace casi un cuarto de siglo por los radicales, entre ellos Bein, que atribuyeron el tsunami inflacionario que puso fin a la gestión del presidente Raúl Alfonsín a un “golpe de mercado”. Pues bien, por lamentable que les parezca a políticos voluntaristas que quieren que todas las variables obedezcan sus órdenes, “mercado” suele ser sinónimo de “realidad económica”. El gobierno se vio forzado a devaluar el peso y aludir a la conveniencia de reducir los subsidios no porque un grupo de conspiradores decidiera presionarlo sino porque durante años ha abusado de “la maquinita” y ha llevado el gasto público a un nivel parecido al alcanzado por los países escandinavos o Francia, sin hacer esfuerzo alguno por mejorar los servicios públicos correspondientes para que sean comparables con los europeos. Asimismo, al permitir que la Argentina se transformara de un país exportador de energía en uno importador, a un costo fenomenal que sigue aumentando, el gobierno se privó a sí mismo de los recursos necesarios para asegurar un mínimo de estabilidad económica. Huelga decir que ningún grupo de conspiradores antikirchneristas concebible pudo haber hecho más que Cristina y sus acompañantes para hundir el “modelo” nacional y popular. Para lograr lo que según la presidenta se habían propuesto, les hubiera sido más que suficiente obrar como los integrantes de los diversos “equipos” económicos oficiales de los años últimos. Si Cristina fuera una hipócrita que entiende muy bien como funcionan las economías en el mundo actual pero que, para minimizar los costos políticos del desaguisado que ha producido, se limita a aprovechar la propensión de amplios sectores a creer en teorías conspirativas sin tomarlas en serio, en los meses próximos haría un esfuerzo auténtico por modificar el rumbo que la ha conducido al berenjenal en que se ha metido. En cambio, si está sinceramente convencida de que todos los problemas económicos se deben a las maniobras siniestras de personajes capaces de manipular “el mercado”, se concentrará en perseguir a los comerciantes, banqueros, jueces y aquellos medios que se resisten a rendirle pleitesía, agravando así todavía más los muchos problemas del país. Si bien el gobierno ha optado por aplicar, a regañadientes, un ajuste subrepticio, parecería que Cristina realmente cree en su propio discurso y que por lo tanto está buscando una vía intermedia con la esperanza de que los “golpes de mercado” venideros no ocasionen demasiados trastornos. De ser así nos aguardan, a lo mejor, algunos períodos breves de placidez relativa seguidos por convulsiones aún mayores que las que, según ella, fueron desatadas por los deseosos de expulsarla del poder. Para ciertos políticos, desafiar el “mercado” puede ser muy rentable, pero para la carne de cañón que depende directamente de la marcha de la economía las consecuencias nunca son felices.