El pueblo del sur de Brasil lejos del ruido ideal para relajarse en la playa: descubrí Garopaba
A pocos kilómetros de Florianópolis, Garopaba conserva su espíritu de aldea entre playas abiertas, dunas inmensas y morros cubiertos de Mata Atlántica. Un destino del sur de Brasil donde el desarrollo se detuvo a tiempo y la pausa se vuelve protagonista.
El tiempo en Garopaba no se mide en horas sino en mareas. Sube y baja con el Atlántico, se desliza sobre tablas de surf, se cuela entre las hojas anchas de los amendoeiros y se aquieta cuando el sol cae detrás de los morros. A pocos kilómetros del ruido de Florianópolis, este rincón del litoral sur de Brasil eligió otro camino: crecer sin perder el paisaje.
Aquí no hay torres que tapen el horizonte. Una normativa urbana limita las construcciones a planta baja y primer piso, y ese detalle, que podría parecer menor, sostiene una armonía rara en tiempos de cemento voraz. Las calles mantienen aire de aldea, la colonia de pescadores sigue activa en el centro histórico y el mar continúa siendo el gran protagonista.
A apenas dos kilómetros del casco urbano, las Dunas do Siriú levantan montañas de arena que alcanzan los 30 metros. Familias enteras suben con tablas alquiladas al hombro y bajan riendo, entre sandboard y culipatín, mientras el viento dibuja nuevas formas sobre la superficie dorada.
Muy cerca, las cascadas invitan a cambiar la sal por agua dulce. La Cachoeira do Macacu, una de las más preservadas, es un refugio verde a siete kilómetros. Más adentro, camino a Siriú, otras caídas de agua se esconden entre morros y vegetación exuberante, con pozones donde el snorkel revela peces pequeños y reflejos de sol.
El mar como escenario
En Garopaba el océano no es paisaje de fondo: es territorio de juego. El surf es casi una religión laica. Las olas de la playa central son escuela para principiantes; los más experimentados buscan desafíos en Silveira, Ferrugem o Siriú.
El kitesurf colorea el cielo cuando sopla el viento sur en Barra o Silveira. El stand up paddle se desliza en bahías más calmas. Kayaks individuales o dobles recorren la bahía y la laguna de Siriú al atardecer. Y las excursiones embarcadas llevan hasta la Ilha do Coral, donde el buceo descubre flora y fauna submarina en aguas transparentes.
Senderos que unen playas
Garopaba también se camina. El trekking que une Ferrugem con Rosa, 12 kilómetros de playas desiertas, acantilados y lagunas, es considerado uno de los más bellos de la región. Hay recorridos más breves, como el que conecta Siriú con Garopaba en apenas 300 metros, aunque nadie lo completa en 15 minutos: el paisaje obliga a detenerse.
La Mata Atlántica se impone con su densidad verde. Entre bananeros y amendoeiros, aves y pequeños mamíferos encuentran refugio en un ecosistema que el municipio protege con celo.
Cuando llegan las ballenas
De junio a noviembre, el mar ofrece un espectáculo mayor. Centenas de ballenas francas australes migran desde la Patagonia para parir y amamantar en estas aguas más templadas. La región integra el Área de Protección Ambiental de la Ballena Franca, creada para resguardar a la especie tras décadas de caza.
Desde la costa, o en excursiones habilitadas, pueden verse lomos oscuros, soplidos y colas que se elevan como saludos antiguos.
Pescadores, tainha y mesa servida
La pesca fue durante décadas el sustento del pueblo. Aún hoy, la captura de la tainha, entre mayo y junio, moviliza a la comunidad. La colonia de pescadores reúne a más de 1.500 hombres y mantiene viva una tradición que resiste al turismo.
En la mesa, el mar continúa mandando: tainha a la parrilla, merluza, camarones, almejas, calamares. Platos simples, frescos, acompañados de arroz y feijoada. En las playas cercanas como Ferrugem o Rosa, la oferta gastronómica suma cocinas internacionales y bares que se encienden cada noche de verano.
Y cuando el sol se esconde, la música toma la posta. Ferrugem convoca a un público joven; Rosa ofrece ambientes más diversos. Una vez al mes, la fiesta de luna llena en el morro de Siriú mezcla senderos iluminados, naturaleza y pista de baile bajo una luna enorme. Y complejos como Bali Hai despliegan escenarios multitudinarios donde el color y la electrónica marcan el ritmo.
Pero incluso en temporada alta, Garopaba conserva algo esencial: la sensación de que el paisaje sigue al mando. Que el desarrollo se detuvo a tiempo. Que el mar todavía dicta las reglas.
Dónde queda Garopaba
Este pueblo se encuentra en la costa sur de Brasil, en el estado de Santa Catarina, a pocos kilómetros de Florianópolis. Es un pequeño sitio costero que combina acceso al océano con un entorno natural preservado, rodeado de dunas y playas que ofrecen un descanso auténtico lejos de los grandes epicentros.
Para llegar desde Florianópolis, se puede tomar la carretera BR-101 hacia el sur y luego desviarse por la SC-434, un recorrido de aproximadamente 90 kilómetros que se completa en alrededor de una hora y media. Otra alternativa es llegar desde el aeropuerto de Florianópolis en auto o transfer, aunque también hay autobuses directos hasta el pueblo costero.
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