Una Patagonia diferente: estancias con tranqueras abiertas y caminos por fuera del mapa turístico
Diego Dublé y Cecilia Franetovic crearon Conciencia Patagónica para mostrar una Patagonia diferente: estancias reales, paisajes poco conocidos e historias que se descubren de la mano de quienes viven y trabajan en el territorio.

Hay una Patagonia que se mira desde la ventanilla del auto, otra que se descubre desde un mirador y una tercera que aparece cuando alguien abre una tranquera y dice: “Pasá”. Es la Patagonia de las estancias que trabajan sin parar aunque lleguen visitantes, de la cocina donde alguien prepara una torta frita para recibirlos y de los horarios marcados por el trabajo. También es la de las conversaciones sencillas, en las que los saberes y las historias se comparten alrededor de una mesa o al costado de una manga.
Esa es la Patagonia que busca mostrar Conciencia Patagónica, un emprendimiento que nació hace siete años y que hoy llevan adelante Diego Dubles y Cecilia Franetovich. La propuesta combina giras técnicas, recorridos turísticos y días de campo para grupos pequeños, pero detrás de cada viaje hay una idea que ambos repiten de distintas maneras: no quieren inventar una experiencia para el turista, sino abrir la puerta a una que ya existe.
Una idea que nació lejos de casa
Diego es ingeniero zootecnista y durante muchos años trabajó en reproducción animal. Nació en Santa Cruz y su profesión lo llevó por buena parte de la Patagonia. En ese recorrido construyó lo que considera el principal capital de Conciencia Patagónica: los vínculos. “El capital más grande que tenemos es tener las puertas abiertas a un montón de personas. Con mi trabajo fui generando vínculos. Conocés a la gente desde que nacen los chicos hasta que se mueren los abuelos, a la cocinera del campo, al tractorista y se genera confianza”.
La idea comenzó a tomar forma después de un viaje a Australia. Diego había participado de unas giras técnicas como visitante y descubrió una manera diferente de recorrer los establecimientos productivos. “Cuando vi eso que nos mostraban estos tipos allá, dije: ‘Yo esto lo puedo hacer’”, recuerda. Pero no quería hacerlo solo. Primero se lo propuso a Guadalupe Klich, una docente del Valle Medio. Con ella hizo los primeros viajes, hasta que tuvo que alejarse del proyecto por cuestiones personales. “Ella me dijo: ‘Seguí, pero no lo hagas solo’”, recuerda Diego.
Entonces apareció Cecilia, con quien se conocían desde hacía años a través de sus hijos y de una amistad familiar. Ella sumó redes, organización, y comunicación. “Él tenía su proyecto y yo tenía algo para aportar. Entonces lo acompaño y aporto lo que puedo”, cuenta. No dejaron sus profesiones ni convirtieron el emprendimiento en una maquinaria turística. Lo construyen de a poco, con el mismo ritmo con el que quieren que se desarrollen los viajes.
Dos maneras de entrar a la Patagonia
Conciencia Patagónica tiene dos grandes caminos. El primero son las giras técnicas para profesionales y productores, que permiten visitar establecimientos que están trabajando con nuevas formas de producción. Ganadería regenerativa, manejo holístico, bonos de carbono, biotecnología y experiencias vinculadas con la producción de lana y carne forman parte de esos recorridos. “Vamos a ver campos que están trabajando como en la cresta de la ola, en lo último que se está hablando”, explica Diego.
La otra propuesta está pensada para turistas que buscan algo diferente. Son viajes que mezclan naturaleza, campo, historia y lugares que no forman parte de los circuitos tradicionales. “Son giras turísticas, pero con algún tinte que tenga que ver con cosas de campo, con naturaleza o con llegar a lugares que no todo el mundo llega”, explica.
La escala también es parte del concepto. No quieren grupos multitudinarios, sino de alrededor de 10 o 12 personas. Hasta ahora hicieron seis giras por Tierra del Fuego, el oeste de Chubut y Chile, con algunos destinos repetidos. “No nos interesa hacerlo masivo”, dice Diego. La razón no es solamente logística. Llevar 40 o 70 personas a una estancia modificaría aquello que justamente quieren preservar.
Una Tierra del Fuego diferente
En octubre tienen prevista una de sus propuestas más particulares. La llamaron “Tierra del Fuego diferente”, porque justamente busca correrse de los lugares que concentran la mayoría de los viajes a la isla.
Diego vivió cinco años allí y conoce su territorio, sus caminos y su gente. Por eso la propuesta empieza en Río Grande, una ciudad que, según entiende, merece ser mirada con mayor atención. Una guía de turismo local acompañará el recorrido por la costanera y explicará la historia detrás de cada monumento. Después llegará el antiguo frigorífico de la CAP, cuyas ruinas permiten reconstruir una parte de la historia productiva fueguina.
“Hace 100 años exportaban carne refrigerada a Europa y nosotros hoy a veces estamos peleándonos con los frigoríficos para concretar un negocio”, señala Diego. La historia del lugar se cruzará también con Malvinas y con la presencia de los misioneros salesianos.
Después el paisaje cambiará nuevamente. En Cabo San Pablo aparecen un barco hundido, los acantilados y una particularidad que convierte al lugar en una postal singular: allí el bosque subantártico llega hasta el Atlántico. “Estás sentado abajo de un coihue, una lenga, un ñire y estás mirando el acantilado”, describe Diego.
La ruta continuará hacia Bahía Torito, donde el acceso ya es parte de la experiencia. Hay que navegar casi 50 minutos por el lago Fagnano para llegar hasta el establecimiento de un amigo. Él había comenzado con turismo de pesca, pero un cambio ecológico modificó la actividad. El lugar conserva, sin embargo, la posibilidad de llegar a un sitio remoto y conocerlo de la mano de alguien que vive allí.
La estancia que no prepara una escena
Es quizás en los días de campo donde más claramente aparece el espíritu del emprendimiento. No se trata de llevar turistas a establecimientos preparados para recibirlos, sino de entrar en estancias que siguen dedicadas a su actividad cotidiana. “Esto es real”, insiste Diego.
La frase parece sencilla, pero explica buena parte de la propuesta. No hay una escena preparada para el visitante. “Lo nuestro no es escenográfico. Es el campo, es la comida con la gente de ahí, con los horarios del que labura”, explica. La propuesta tampoco termina cuando se llega a una estancia. Durante los recorridos aparecen preguntas que abren nuevas historias.
Camino a Piedra Parada, por ejemplo, aparecieron los perros pastores. Diego les explicó por qué estaban allí. “Le explicás que son los perros pastores que cuidan a las ovejas, que no son para arriar, que están para ahuyentar al zorro, al puma”, cuenta. Es un conocimiento que no proviene de un curso de turismo. “Haber andado durante tantos años por toda la Patagonia te hace conocedor de los lugares”, dice Diego. “No es ser un erudito. Es haber transitado”.
Viajar y volver con algo más que fotos
También hay lugar para las propuestas a medida. Una familia del Valle Medio, por ejemplo, había pedido viajar a un campo de Chile para conocer una experiencia de ganadería regenerativa. Querían hacerlo solos, sin sumarse a un grupo. La propuesta se armó, pero la granizada que afectó la zona obligó a suspenderla.
También llegó el pedido de una agencia estadounidense que trabaja con grupos de la comunidad gay. Sus pasajeros llegan en crucero a Buenos Aires y viajan hacia Tierra del Fuego. Buscaban algo exclusivo y Conciencia Patagónica pudo ofrecerles un sitio al que prácticamente nadie llega: el acceso es por helicóptero o por lago. “Nosotros creemos que tenemos un buen producto. Tenemos el capital de contactos, de gente, de lugares para recibir”, explican.
Hay una cuenta pendiente y está mucho más cerca de casa: el Alto Valle. Quieren organizar una recorrida que permita mostrar el potencial productivo y turístico de la región, siguiendo una lógica de viajar para aprender y regresar con ideas.
La última ganancia no aparece en una cuenta. “Es reconfortante llevar a la gente, mostrar y ver cómo vuelve después de la experiencia”, cuenta Diego. “Vienen contentos”. Por eso siguen, aunque no vivan de esto, aunque algunas giras apenas permitan recuperar lo invertido.
Quieren que Conciencia Patagónica siga creciendo, pero a su manera: manteniendo el contacto, las redes, los grupos pequeños y, sobre todo, las puertas abiertas. Porque el verdadero atractivo de estos viajes no es llegar a un lugar donde pocos llegan, sino entrar en una casa, sentarse a una mesa, escuchar una historia, mirar cómo empieza una jornada de trabajo y descubrir que detrás de un paisaje conocido había otra Patagonia, que solo necesita, una tranquera abierta.
Para reservar tu lugar
Escribí al WSP 298 431-0004 o a @concienciapatagonica.
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