Zona de turbulencia

Por Redacción

Justo cuando se difundía el consenso de que la economía internacional estaba por disfrutar de una etapa relativamente tranquila, los mercados han comenzado a agitarse nuevamente, sembrando alarma por todas las capitales del mundo. La semana pasada el rumor, originado en Alemania, de que en los días próximos Grecia procuraría “reestructurar” su deuda –es decir, que en efecto se declararía en default luego de abandonar el euro, decisión que con toda seguridad incidiría en la voluntad de los portugueses, irlandeses y españoles a seguir sometiéndose al rigor teutón exigido por la moneda común–, coincidió con la caída abrupta de los precios de los commodities, en especial del petróleo que bajó el 9% en un solo día a pesar del conflicto en Libia y los problemas que están experimentando otros países exportadores del crudo. El repentino cambio de clima ha sido atribuido a la desaceleración de la economía norteamericana, las tensiones en la Eurozona y las dudas que han surgido en cuanto al futuro desempeño de China. Mientras predominó el optimismo, se daba por descontado que Estados Unidos, China, Europa y el Japón seguirían importando materias primas y bienes agrícolas en cantidades cada vez mayores. Aunque la mayoría de los analistas supone que a la larga se mantendrá la tendencia así supuesta, nadie ignora que habrá altibajos y que entre los períodos de crecimiento generalizado se intercalarán otros en los que los precios de los productos básicos serán muy inferiores a los previstos. Virtualmente todos los países latinoamericanos han sido beneficiados por el “viento de cola” de los años últimos, que les ha permitido anotar tasas de crecimiento realmente excepcionales. Sin embargo, mientras que algunos, como Chile y Brasil, siempre han entendido que les convendría prepararse para enfrentar una etapa de vacas flacas, los gobiernos de Venezuela y de nuestro país optaron por apostar a que el boom de los commodities se prolongaría indefinidamente, con el resultado de que les sería más fuerte el impacto de incluso un período breve de estrechez. En opinión de los especialistas, si caen los precios de sus exportaciones en los meses próximos, Chile y Brasil reaccionarán devaluando sus respectivas monedas a fin de asegurar la estabilidad financiera interna, pero a nuestro gobierno le sería peligroso emularlos debido al riesgo de impulsar la inflación que, como es notorio, ya ha cobrado un ritmo apenas tolerable. Sin embargo, si el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se resiste a devaluar, la tasa de cambio se haría todavía menos “competitiva” de lo que ya es, lo que con toda seguridad motivaría las protestas airadas de los representantes de la industria local. Siempre y cuando el gobierno actual y sus sucesores actúen con realismo, las perspectivas ante el país seguirán siendo promisorias, puesto que a menos que en el resto del mundo se produzca una crisis económica equiparable con la gran depresión de ochenta años atrás, los bienes que estamos en condiciones de producir en abundancia no carecerán de compradores. En este contexto, el realismo tiene que basarse en el presupuesto de que todos los sistemas económicos, salvo los más rudimentarios, son intrínsecamente inestables, de modo que es normal que los booms se alternen con caídas súbitas. Por desgracia, últimamente los responsables de manejar la economía nacional raramente se han caracterizado por su voluntad de adaptarse a las circunstancias. Por razones no muy claras, desde inicios del siglo pasado casi todos se han comprometido emotivamente con su “modelo” propio –ya es tradicional que el presidente de turno se proclame dueño exclusivo de uno y que se afirme resuelto a defenderlo pase lo que pasare–, con el resultado de que nuestra trayectoria económica ha sido zigzagueante. Lo más probable, pues, es que de verificarse el previsto bajón pasajero de los precios de los commodities que obligue a los países más estables de la región a devaluar sus monedas, nuestro gobierno siga negándose a modificar “el modelo” hasta que ya sea demasiado tarde, con consecuencias similares a las provocadas por la inflexibilidad de una larga serie de gobiernos anteriores de distintas preferencias ideológicas convencidos de que cualquier “cambio de rumbo” les supondría una humillación insoportable.


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