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La ola de pesimismo que ha inundado los mercados provocando pérdidas de centenares de miles de millones de dólares en las plazas bursátiles más importantes del mundo se ha atribuido al temor a que Estados Unidos esté por recaer en recesión y a renovadas dudas en cuanto a la viabilidad del euro. En ambos lados del Atlántico Norte se ha agudizado la sensación de que el sector público no puede seguir endeudándose cada vez más y que por lo tanto será necesario emprender ajustes muy severos que, claro está, no ayudarán en absoluto a impulsar el crecimiento. Así, pues, el anuncio de que la tasa de desempleo en Estados Unidos se redujo levemente el mes pasado, al 9,1%, se vio eclipsado por la difusión de otra estadística según la cual la deuda soberana de la mayor economía del planeta roza el 100% del producto bruto anual, el nivel más alto desde 1947 cuando, después de terminar una guerra feroz, Estados Unidos asumía las costosas responsabilidades propias de una superpotencia. Aunque Japón se ha habituado a convivir con una deuda pública más de dos veces más abultada e Italia con una rayana en el 120%, en ambos países una proporción muy elevada está en manos de acreedores nacionales, mientras que en Estados Unidos la tercera parte de la deuda está en manos de extranjeros. El mayor acreedor de Estados Unidos es China, seguido por Japón, el Reino Unido y los países productores de petróleo. En opinión de “keynesianos” como el premio Nobel de Economía Paul Krugman, el gobierno del presidente Barack Obama cometió un error catastrófico al comprometerse con un programa de austeridad antes de haberse consolidado la recuperación, pero en vista de que la mayoría de los norteamericanos se aferra a la idea de que sería peor aún continuar endeudándose, no le era dado oponerse al arreglo propuesto por los republicanos que, lo mismo que casi todos los dirigentes europeos, insisten en que hay que comenzar ya a bajar el gasto público. Puede que los partidarios del ajuste sean tan ingenuos como afirman sus adversarios como Krugman, pero sucede que en el mundo desarrollado han ganado la batalla cultural. Tanto en Estados Unidos como en Europa se ha difundido el consenso de que es forzoso equilibrar las cuentas antes de que sea demasiado tarde, de ahí el “despalancamiento” en gran escala que con toda seguridad supondrá un período acaso prolongado de crecimiento anémico que afecte negativamente a millones de personas no sólo en los países ricos sino también en los “emergentes” que dependen de exportaciones. Tal y como están las cosas, los más perjudicados por el ajuste mundial serán los habitantes de la franja sureña de la Eurozona, los griegos, italianos, españoles y portugueses, cuyos gobiernos no pueden devaluar la moneda común. Por su parte, los alemanes parecen decididos a subordinar virtualmente todo a la salud del euro, razón por la que exigen a sus vecinos ajustes mucho más brutales que los que suele recomendar el FMI. Aunque los gobiernos de los países del “Club Mediterráneo” dicen estar dispuestos a hacer cuanto resulte necesario para salvar el euro, no hay ninguna garantía de que logren hacerlo. Las convulsiones bursátiles de los últimos días parecen deberse a la conciencia de que a menos que los alemanes se resignen a una unión fiscal que los obligaría en efecto a subsidiar a sus socios, la Eurozona no tardará en dividirse en dos partes, con los países que están en condiciones de soportar el rigor teutón separándose de los acostumbrados a un régimen más flexible. El eventual colapso de la Eurozona tendría un impacto muy fuerte en la economía mundial, sobre todo si coincidiera con una recaída en recesión de Estados Unidos. Para hacer aún más sombrío el panorama, es dolorosamente evidente que los europeos y norteamericanos no confían en sus dirigentes políticos. Antes bien, los acusan ya de no entender lo que está ocurriendo, ya de estar tratando de aprovecharlo por sus propios motivos. De estar convencidos los ciudadanos de los países ricos de que los duros programas económicos que están poniéndose en marcha servirían para posibilitar una recuperación generalizada, la situación sería otra, pero se ha hecho tan profundo el escepticismo que muy pocos se sienten optimistas, de ahí el desplome de casi todos los índices bursátiles significantes en el transcurso de la semana pasada.