El peor de todos
El partido de Haider es antipático, pero no tanto como el del ex golpista Rico o el del general Bussi.
A esta altura, quedarán muy pocos políticos europeos o americanos que aún no se hayan dado el gusto de firmar una declaración «repudiando» al nuevo gobierno austríaco por incluir a miembros del partido encabezado por Jeorg Haider, lo cual sería comprensible si se tratara de una agrupación confesadamente neonazi, pero sucede que no lo es. Antes bien, es un movimiento populista sin dudas antipático pero no tanto como el Modín del ex golpista y actual ministro de Seguridad bonaerense Aldo Rico o Fuerza Republicana del general Antonio Bussi. Así las cosas, uno supondría que los muchos políticos locales que han estando manifestando su indignación por la presencia de partidarios de Haider en el gobierno austríaco y subrayando su respaldo a los esfuerzos diplomáticos por aislarlo estarían en favor de medidas igualmente contundentes destinadas a impedir que Rico, Bussi y otros de la misma especie participen en la vida política nacional pero, demás está decirlo, la idea de hacerlo no les ha cruzado por la mente. Asimismo, entre los participantes más entusiastas de esta extraña cruzada están los líderes de un partido cuyo fundador reverenciado no disimuló su amistad por muchos nazis auténticos, sujetos culpables de crímenes atroces, invitándolos a establecerse aquí y asegurándoles la protección que necesitaban. Para colmo, el Líder (es decir, el Führer), comenzó a actuar de este modo aún antes de que la matanza de millones de judíos hubiera sido frenada por el triunfo de las tropas aliadas, no más de medio siglo después.
Sea como fuere, el que buena parte de la clase política se haya comprometido con el principio de que en ciertas circunstancias la «comunidad internacional» debería movilizarse a fin de forzar a una democracia a cambiar su gobierno constituye toda una novedad. Hace poco, algunos de los que están reclamando medidas diplomáticas contra Austria defendían con fervor el principio de la «territorialidad», concepto que por lo pronto sólo beneficiaría al ex dictador chileno Augusto Pinochet – individuo que ha formulado afirmaciones llamativamente más «nazis» que los comentarios siempre ambiguos de Haider- , según el cual hasta los criminales políticos más sanguinarios no deberían ser juzgados por los tribunales de países extranjeros. ¿Cuál sería su actitud si la «comunidad internacional» decidiera sancionar a la provincia de Buenos Aires por haber incorporado a Rico a su gobierno? No cabe duda que reaccionarían con una mezcla de asombro e indignación.
Pues bien: para sorpresa de nadie, muchos austríacos que nadie soñaría con calificar de «neonazis» han tenido sentimientos similares. No les gusta Haider, pero les gusta todavía menos la conducta de quienes dan por descontado que su país es un nido de nazis que merece ser puesto en cuarantena por todos los demás. Por razones muy similares, muchos demócratas respetables en países europeos que aún no pertenecen a la Unión, como Suiza y Noruega, están preguntándose si les conviene integrarse a una confederación al parecer dispuesta a despreciar las decisiones del electorado. En efecto, puede que la campaña contra Haider haya eliminado la posibilidad de que en el futuro próximo los pueblos de Suiza y Noruega opten por compartir la suerte de los demás europeos: puesto que la peligrosidad real de Haider consiste precisamente en su capacidad para bloquear la expansión hacia el este de la Unión, la histeria que se ha desatado bien podría ayudarlo a alcanzar dicho objetivo. La situación sería distinta si el gobierno austríaco empezara a construir campos de concentración para las minorías y a organizar ataques contra los judíos, o sea, a actuar como nazis genuinos, pero hasta ahora el caso contra Haider se fundamenta en nada más que sus alusiones laudatorias a las medidas en pro del empleo de Hitler, sus elogios a la «decencia» de veteranos de la SS y su hostilidad hacia la inmigración en gran escala. En comparación con lo dicho y hecho por otros dirigentes, incluyendo a ciertos prohombres de nuestra clase política, es poca cosa, de forma que puede entenderse el desconcierto que sienten tantos austríacos.
A esta altura, quedarán muy pocos políticos europeos o americanos que aún no se hayan dado el gusto de firmar una declaración "repudiando" al nuevo gobierno austríaco por incluir a miembros del partido encabezado por Jeorg Haider, lo cual sería comprensible si se tratara de una agrupación confesadamente neonazi, pero sucede que no lo es. Antes bien, es un movimiento populista sin dudas antipático pero no tanto como el Modín del ex golpista y actual ministro de Seguridad bonaerense Aldo Rico o Fuerza Republicana del general Antonio Bussi. Así las cosas, uno supondría que los muchos políticos locales que han estando manifestando su indignación por la presencia de partidarios de Haider en el gobierno austríaco y subrayando su respaldo a los esfuerzos diplomáticos por aislarlo estarían en favor de medidas igualmente contundentes destinadas a impedir que Rico, Bussi y otros de la misma especie participen en la vida política nacional pero, demás está decirlo, la idea de hacerlo no les ha cruzado por la mente. Asimismo, entre los participantes más entusiastas de esta extraña cruzada están los líderes de un partido cuyo fundador reverenciado no disimuló su amistad por muchos nazis auténticos, sujetos culpables de crímenes atroces, invitándolos a establecerse aquí y asegurándoles la protección que necesitaban. Para colmo, el Líder (es decir, el Führer), comenzó a actuar de este modo aún antes de que la matanza de millones de judíos hubiera sido frenada por el triunfo de las tropas aliadas, no más de medio siglo después.
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