Mala suerte

Las quejas contra Haider permiten en la Argentina tranquilizar la conciencia mientras se pacta contra individuos similares que pueden causar más daño aquí.

Redacción

Por Redacción

Puede que el ya ex embajador en Austria Juan Carlos Kreckler, lo mismo que tantos funcionarios de carrera que no permitieron que el Proceso militar les provocara inconvenientes, tenga el corazón ubicado en la extrema derecha. También es posible que haya creído que por representar a un país en que militares violadores de los derechos humanos han sido elegidos como gobernadores provinciales, un ex golpista encabeza el ministerio de seguridad de la provincia más importante y un personaje sindicado como filonazi, luego de haber sido juez de la Corte Suprema y ministro de Justicia, está a cargo de la Auditoría General de la Nación, no le correspondiera juzgar con severidad las credenciales democráticas de los políticos de la Unión Europea. Sea como fuere, a esta altura Kreckler entenderá muy bien que cometió un grave error hace un par de meses al opinar, en un informe a la cancillería, que el pronto a ser mundialmente famoso Joerg Haider no era ni un «extremista» ni un «neonazi» sino un «demócrata». No es que la opinión de Kreckler sea indefendible, sino que el diplomático no previó que el gobierno del presidente Fernando de la Rúa, muchos políticos y los medios de comunicación se solidarizarían con tanto entusiasmo con aquellos dirigentes europeos que eligieron hacer del ascenso de Haider un motivo para manifestar su compromiso inquebrantable con su resistencia a tolerar la xenofobia antes de aprobar más medidas destinadas a mantener bien alejados a los inmigrantes en potencia.

Para los demás diplomáticos, el traspié de Kreckler servirá de advertencia: a menos que se trate de compatriotas que desempeñen funciones importantes en la Argentina misma, el gobierno de la Alianza no está dispuesto a permitirles llamar «demócratas» a quienes otros podrían denostar por totalitarios solapados. Claro, habrá algunas excepciones: sorprendería que el canciller Adalbert Rodríguez Giavarini se sintiera obligado a sancionar a aquellos embajadores que consideraran buenos demócratas a los comunistas que integran los gobiernos de Francia e Italia: por el contrario, lo más probable es que se inclinaría por dudar de la firmeza de los principios de los embajadores mismos si se les ocurriera intentar una caza de brujas epistolaria denunciando a ultraizquierdistas. Sería aún más sorprendente que, a fin de subrayar su sinceridad, la Cancillería optara por criticar con más vehemencia a la dictadura cubana de Fidel Castro sin que antes lo hicieran los gobiernos de países respetables como Francia.

Algunos, conscientes de que cuando es cuestión de repudiar a «extremistas» en otras partes del mundo los criterios suelen ser llamativamente caprichosos, insisten en que lo que realmente preocupa a los gobernantes de Francia, Bélgica y, es de suponer, la Argentina, no es Haider -en un país europeo menor un demagogo populista de su tipo no estaría en condiciones de hacer mucho-, sino sus equivalentes en otros países de la Unión Europea, sobre todo en Bélgica, Francia e Italia, y también en América del Sur. Sin embargo, no existen motivos para creer que los simpatizantes del Vlaams Blok belga, los movimientos racistas galos o las agrupaciones neofascistas italianas se sientan del todo intimidados por las «denuncias» colectivas que se han producido últimamente. En cuanto a la incidencia en la Argentina de la campaña internacional ruidosa que se ha organizado contra Haider, será con toda seguridad negativa porque para el gobierno y quienes lo apoyan es una forma de tranquilizar la conciencia luchando contra sombras que no están en condiciones de causarles daño alguno mientras pactan con individuos muy similares al austríaco que en ciertas circunstancias sí podrían perjudicarlos mucho. Por supuesto, existen excelentes motivos por los cuales el presidente De la Rúa ha querido aliarse coyunturalmente con el gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, y por ende con Aldo Rico y muchos otros de la misma calaña, pero es de esperar que no se permitirá olvidar jamás que, al igual que Haider, sólo serán demócratas cuando les convenga y que de producirse una situación en que definirse supusiera algunos riesgos auténticos, ninguno de ellos sería de fiar.


Puede que el ya ex embajador en Austria Juan Carlos Kreckler, lo mismo que tantos funcionarios de carrera que no permitieron que el Proceso militar les provocara inconvenientes, tenga el corazón ubicado en la extrema derecha. También es posible que haya creído que por representar a un país en que militares violadores de los derechos humanos han sido elegidos como gobernadores provinciales, un ex golpista encabeza el ministerio de seguridad de la provincia más importante y un personaje sindicado como filonazi, luego de haber sido juez de la Corte Suprema y ministro de Justicia, está a cargo de la Auditoría General de la Nación, no le correspondiera juzgar con severidad las credenciales democráticas de los políticos de la Unión Europea. Sea como fuere, a esta altura Kreckler entenderá muy bien que cometió un grave error hace un par de meses al opinar, en un informe a la cancillería, que el pronto a ser mundialmente famoso Joerg Haider no era ni un "extremista" ni un "neonazi" sino un "demócrata". No es que la opinión de Kreckler sea indefendible, sino que el diplomático no previó que el gobierno del presidente Fernando de la Rúa, muchos políticos y los medios de comunicación se solidarizarían con tanto entusiasmo con aquellos dirigentes europeos que eligieron hacer del ascenso de Haider un motivo para manifestar su compromiso inquebrantable con su resistencia a tolerar la xenofobia antes de aprobar más medidas destinadas a mantener bien alejados a los inmigrantes en potencia.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora