Otro México

Lo que el PRI había institucionalizado no fue la "revolución" sino la corrupción sistemática y ubicua.

Redacción

Por Redacción

Para los mexicanos, la derrota del Partido Revolucionario Institucional se asemeja más a la caída de una vieja dinastía monárquica que a un revés electoral rutinario. Durante buena parte de sus 71 años en el poder, el PRI no sólo ha gobernado sino que en términos prácticos ha sido el Estado y, a pesar del repliegue que se inició a comienzo de la década de los ochenta, sus jerarcas siguieron creyéndose los amos naturales de su país. Era como si hasta hace poco casi todos los integrantes de la clase política argentina hubieran militado en un partido único y no meramente, como en efecto ocurrió, compartieran una cantidad sorprendente de ideas, actitudes y pautas éticas que causaban extrañeza en los países desarrollados. Por eso, el triunfo rotundo del conservador Vicente Fox podría considerarse una ruptura tan drástica como la supuesta en nuestro país por la consolidación de la Unión Cívica Radical a inicios del siglo pasado, con la diferencia de que mientras que la «oligarquía» desplazada por el primer gran movimiento populista se sentía a sus anchas en el mundo tal como estaba y los radicales representaban una rebelión emotiva contra él, el presidente electo mexicano parece entender la «globalización» y, no obstante los esfuerzos de sus jefes más recientes, el PRI se sentía consustanciado con una cosmovisión similar a aquella de los viejos radicales.

El desafío que enfrenta Fox es gigantesco. Lo que el PRI había institucionalizado no fue la «revolución», la cual se agotó hace muchísimo tiempo, sino la corrupción sistemática y ubicua que, como es notorio, ha perjudicado a virtualmente todos los ámbitos de la vida mexicana, incluyendo al cultural. La brecha entre el discurso generoso y progresista de los dirigentes priístas y su conducta rapaz, sinuosa y a menudo delictiva, resultó ser un veneno que contribuyó mucho a degradar la vida del país y a impedir que desempeñara un papel positivo en el escenario internacional. Modificar esta situación para que México desmantele los arreglos que hicieron de él lo que Mario Vargas Llosa llamó la «dictadura perfecta» para convertirse en una democracia auténtica, no será fácil en absoluto. Como sabemos, la necesidad de asegurar la «gobernabilidad» puede resultar un pretexto excelente para respetar las «conquistas» de sindicalistas, políticos clientelistas y otros que a través de los años se las han arreglado para medrar a costa de los demás, depauperándolos sin por eso dejar de disfrutar de su apoyo electoral. Si Fox se siente obligado a pactar con el PRI, sus eventuales reformas serán a lo sumo parciales y la desilusión resultante posibilitaría el regreso al poder de los acostumbrados a aprovecharlo en beneficio propio mientras juran que lo único que les interesa es el bienestar del pueblo y la dignidad nacional.

Para muchos, el PRI, a pesar de sus miserias, su soberbia y su autoritarismo, logró darle a México setenta años de estabilidad política y un ritmo respetable de crecimiento económico. Sin embargo, este planteo, tan similar al formulado por los franquistas españoles en las postrimerías de la dictadura, se basa en el presupuesto de que México, por ser latinoamericano, debería conformarse con el atraso, la ignorancia y niveles de pobreza que son incomparablemente más dolorosos que los considerados tolerables en los Estados Unidos y Europa occidental. Luego de deshacerse la dictadura franquista, los españoles pronto demostraron que eran plenamente capaces de aspirar a mucho más que la mediocridad gris que les había ofrecido el régimen del generalísimo y es de esperar que los mexicanos reaccionen de la misma manera una vez liberados de la hegemonía asfixiante del movimiento intrínsecamente hipócrita que para tantos encarna «la política». Aunque la proximidad de los Estados Unidos seguirá siendo el factor dominante en la evolución del país, el presidente electo, hombre que conoce muy bien a los círculos empresarios de la superpotencia vecina, parece tener menos complejos al respecto que los priístas cuyo «nacionalismo», a pesar de los cambios impulsados por los presidentes Carlos Salinas primero y después Ernesto Zedillo, siempre ha sido defensivo y, en última instancia, autodestructivo.


Para los mexicanos, la derrota del Partido Revolucionario Institucional se asemeja más a la caída de una vieja dinastía monárquica que a un revés electoral rutinario. Durante buena parte de sus 71 años en el poder, el PRI no sólo ha gobernado sino que en términos prácticos ha sido el Estado y, a pesar del repliegue que se inició a comienzo de la década de los ochenta, sus jerarcas siguieron creyéndose los amos naturales de su país. Era como si hasta hace poco casi todos los integrantes de la clase política argentina hubieran militado en un partido único y no meramente, como en efecto ocurrió, compartieran una cantidad sorprendente de ideas, actitudes y pautas éticas que causaban extrañeza en los países desarrollados. Por eso, el triunfo rotundo del conservador Vicente Fox podría considerarse una ruptura tan drástica como la supuesta en nuestro país por la consolidación de la Unión Cívica Radical a inicios del siglo pasado, con la diferencia de que mientras que la "oligarquía" desplazada por el primer gran movimiento populista se sentía a sus anchas en el mundo tal como estaba y los radicales representaban una rebelión emotiva contra él, el presidente electo mexicano parece entender la "globalización" y, no obstante los esfuerzos de sus jefes más recientes, el PRI se sentía consustanciado con una cosmovisión similar a aquella de los viejos radicales.

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