Un poco de sensatez

Muchos dirigentes hablan todavía un arcaico lenguaje populista y corporatista.

Redacción

Por Redacción

Como es sabido, abundan los políticos que suelen decir una cosa cuando se dirigen a sus propios compatriotas y otra muy distinta cuando están hablando ante extranjeros, sobre todo cuando éstos están vinculados con «los mercados» y por lo tanto es forzoso convencerlos de que los responsables del destino de la Argentina no son tan excéntricos como a veces parecen. Para consumo interno, los voceros aliancistas insisten en que no tienen nada que ver con los menemistas que los antecedieron en el gobierno, dando a entender que su gestión representa una ruptura completa con un pasado desgraciado. Si los interlocutores son norteamericanos o europeos, en cambio, afirman rotundamente que la única diferencia entre la política económica del presidente Fernando de la Rúa y aquélla del presidente Carlos Menem consiste en que la actual es mucho más rigurosa, de ahí las medidas «ortodoxas» encaminadas a eliminar el déficit fiscal. Sin embargo, ya no es posible mantener separados a los dos públicos, de suerte que a veces los «mercados» oyen, para su alarma comprensible, diatribas que estuvieron destinadas a complacer al «frente interno», mientras que éste se siente molesto por los mensajes «duros» que han sido dirigidos a la banca foránea, razón por la cual convendría que políticos de todos los partidos decidieran unificar su discurso, reconociendo así que el pueblo argentino es lo bastante maduro como para no necesitar una dieta constante de promesas demagógicas que nunca se verán honradas.

Puede que dicha «convergencia» ya esté en marcha. En el Foro Argentina-Unión Europea que se celebró en la Capital Federal, el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez -político que a pesar de todo no ha perdido su reputación de «progresista»- no tuvo empacho en señalar que el gobierno está avanzando por el mismo «rumbo» que emprendió Menem, «con el compromiso de profundizar lo que se hizo bien y hacer lo que no se hizo». Dicho de otro modo, a la Alianza no se le ocurriría echar por la borda todo lo conseguido a partir de 1989 a fin de reemplazarlo por otro «modelo» de fabricación propia, lo cual, en vista del hecho de que ni siquiera los que se afirman más convencidos de la presunta necesidad de «cambiar de modelo» tienen la menor idea de lo que harían si alguien les diera la oportunidad, debería considerarse motivo de alivio. Con todo, si bien nadie realmente esperaba que el gobierno de la Alianza se lanzara a una aventura político-económica de desenlace previsiblemente catastrófico, hubiera sido mejor que sus dirigentes lo dijeran sin ambages antes de llegar al poder.

Aunque es natural que en medio de las campañas electorales, las que en nuestro país pueden durar años, los políticos carguen las tintas, hablando pestes de lo hecho por sus adversarios y prometiendo repartir beneficios entre los necesitados en cuanto sean elegidos, el electorado tiene derecho a exigirles cierta franqueza. No es sólo una cuestión de honestidad personal. También lo es de la cultura política del país. Por razones ya de tradición, ya de pereza, demasiados dirigentes -trátese de políticos profesionales, sindicalistas o, últimamente, clérigos es de suponer bienintencionados- siguen hablando un lenguaje populista y corporatista propio de épocas ya lejanas, lo cual sirve más que nada para confundir a la población, sobre todo a la parte que se ha visto rezagada por los cambios que se han producido desde que el estallido hiperinflacionario selló el destino del viejo «modelo» premenemista. Es esencial que este sector se adapte plenamente a los tiempos que corren, pero muchos políticos parecen resueltos a asegurarles que dentro de poco todo cambiará, de suerte que lo único que tendrá que hacer es confiar en sus líderes y esperar. Si bien a esta altura ninguna persona seria cree que sería posible volver atrás el reloj, muchos políticos insisten no sólo en hablar como si hacerlo fuera relativamente sencillo, sino también en obstaculizar legislación necesaria y en proponer «soluciones» claramente inútiles que a lo sumo ayudarían a algunos pocos, actitud autocomplaciente que, lejos de aliviar las penurias de los más pobres, sólo sirve para prolongarlas.


Como es sabido, abundan los políticos que suelen decir una cosa cuando se dirigen a sus propios compatriotas y otra muy distinta cuando están hablando ante extranjeros, sobre todo cuando éstos están vinculados con "los mercados" y por lo tanto es forzoso convencerlos de que los responsables del destino de la Argentina no son tan excéntricos como a veces parecen. Para consumo interno, los voceros aliancistas insisten en que no tienen nada que ver con los menemistas que los antecedieron en el gobierno, dando a entender que su gestión representa una ruptura completa con un pasado desgraciado. Si los interlocutores son norteamericanos o europeos, en cambio, afirman rotundamente que la única diferencia entre la política económica del presidente Fernando de la Rúa y aquélla del presidente Carlos Menem consiste en que la actual es mucho más rigurosa, de ahí las medidas "ortodoxas" encaminadas a eliminar el déficit fiscal. Sin embargo, ya no es posible mantener separados a los dos públicos, de suerte que a veces los "mercados" oyen, para su alarma comprensible, diatribas que estuvieron destinadas a complacer al "frente interno", mientras que éste se siente molesto por los mensajes "duros" que han sido dirigidos a la banca foránea, razón por la cual convendría que políticos de todos los partidos decidieran unificar su discurso, reconociendo así que el pueblo argentino es lo bastante maduro como para no necesitar una dieta constante de promesas demagógicas que nunca se verán honradas.

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