La corporación

El corporativismo sirve no sólo para estimular la hipocresía. También para trabar el funcionamiento de instituciones, como el Senado.

Redacción

Por Redacción

Si aún era necesario contar con evidencias de que el Senado de la Nación es tan «estructuralmente» corrupto como señalaba el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, las brindaron los propios senadores por su forma de reaccionar frente a sus críticas. Con escasísimas excepciones, estos ejemplares emblemáticos de la clase política cerraron filas en un intento de figurar como víctimas inocentes de una campaña increíble de desprestigio. En esta ocasión por lo menos, no hubo diferencias entre los peronistas y los aliancistas, de los cuales la mayoría es radical. Acaso el toque más extremo, por no decir histérico, fue el aportado por el senador Eduardo Menem – hombre cuya carrera política espectacular se ha debido exclusivamente a que es el hermano del ahora ex presidente Carlos Menem – , cuando comparó la nómina de empleados que fue difundida por Alvarez con las «listas nazis», calificativo insensato si los hay, por tratarse de información que siempre debió ser de dominio público. Asimismo, el ex presidente Raúl Alfonsín se permitió un arranque de cinismo nada digno al dar a entender que en su opinión era legítimo que el Senado empleara a «ñoquis» porque de otro modo los partidos políticos tendrían que depender aún más de la largueza interesada de los empresarios: si Alfonsín está convencido de que los contribuyentes deberían pagar más impuestos a fin de costear los gastos al parecer ilimitados de los políticos, debería decirlo sin tapujos en vez de insinuar que la «solución» consistiría en pasar por alto la corrupción senatorial.

Como consecuencia del intento de Alvarez de obligar a los senadores a abandonar prácticas reñidas con la democracia republicana, estos legisladores aceptaron la eliminación de medio millar de ñoquis, pero muchos sospechan que los más perjudicados no serán los familiares y amigos personales de los senadores sino empleados comunes sin un padrino que sea lo suficientemente poderoso como para defender su «puesto de trabajo». Para evitar que esto ocurra, la ciudadanía tendrá que poder acceder automáticamente a la lista de los dados de baja. Es que, por desgracia, a juzgar por su conducta reciente los senadores no son de fiar cuando están en juego sus propios intereses personales o familiares. Por el contrario, el mero hecho de que haya podido producirse un escándalo por la difusión de una lista incompleta de los nombres de los empleados del cuerpo hace pensar que muchos están tan acostumbrados a actuar de manera inconfesable que les cuesta entender la actitud asumida por el resto de la sociedad.

El Senado es una de las «corporaciones» más impenitentes en una sociedad que está enferma de corporatismo, o sea, del egoísmo sistemático de grupos cerrados que aprovechan su poder en beneficio propio, tal como hicieron, de manera grosera, las fuerzas armadas antes de 1983, y como sigue haciendo el sindicalismo. Entre las consecuencias de este estilo de comportamiento está la desvirtuación del debate político, porque es imposible saber si la ofensiva de turno del integrante de una corporación determinada – sea ésta una organización sindical, la Iglesia, un partido político o «los políticos» en su conjunto – tiene que ver con sus propósitos declamados o con la defensa a ultranza de sus propios intereses sectoriales. En efecto, el que los paros nacionales «contra el FMI» o «el ajuste» suelan realizarse justo cuando los sindicatos están negociando con el gobierno acerca de las tristemente famosas obras sociales, significa que es legítimo suponer que a sus ojos la política económica es lo de menos, mientras que habría que ser sumamente ingenuo para creer que las embestidas del Senado contra los intentos oficiales de reducir el déficit fiscal no estuvieran relacionadas con las «amenazas» de Alvarez de difundir los nombres de los empleados. Así, pues, el corporatismo sirve no sólo para estimular la hipocresía sino también para trabar el funcionamiento de las instituciones propias de la democracia, porque a cambio de leyes claramente necesarias o una promesa de no paralizar la economía el gobierno se ve obligado a repartir privilegios entre quienes ya forman parte de los grupos más privilegiados del país.


Si aún era necesario contar con evidencias de que el Senado de la Nación es tan "estructuralmente" corrupto como señalaba el vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez, las brindaron los propios senadores por su forma de reaccionar frente a sus críticas. Con escasísimas excepciones, estos ejemplares emblemáticos de la clase política cerraron filas en un intento de figurar como víctimas inocentes de una campaña increíble de desprestigio. En esta ocasión por lo menos, no hubo diferencias entre los peronistas y los aliancistas, de los cuales la mayoría es radical. Acaso el toque más extremo, por no decir histérico, fue el aportado por el senador Eduardo Menem - hombre cuya carrera política espectacular se ha debido exclusivamente a que es el hermano del ahora ex presidente Carlos Menem - , cuando comparó la nómina de empleados que fue difundida por Alvarez con las "listas nazis", calificativo insensato si los hay, por tratarse de información que siempre debió ser de dominio público. Asimismo, el ex presidente Raúl Alfonsín se permitió un arranque de cinismo nada digno al dar a entender que en su opinión era legítimo que el Senado empleara a "ñoquis" porque de otro modo los partidos políticos tendrían que depender aún más de la largueza interesada de los empresarios: si Alfonsín está convencido de que los contribuyentes deberían pagar más impuestos a fin de costear los gastos al parecer ilimitados de los políticos, debería decirlo sin tapujos en vez de insinuar que la "solución" consistiría en pasar por alto la corrupción senatorial.

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