Las causas del desastre
Hasta ahora, ningún dirigente aliancista nos ha dicho exactamente cuáles fueron los "errores" de Cavallo que provocaron el desempleo.
Si bien casi todos los aliancistas insisten en que la posibilidad de que Domingo Cavallo se incorpore al gobierno sigue siendo decididamente remota – juicio que según parece comparte el ex superministro -, es evidente que han comenzado a modificar su opinión sobre la gestión del «padre de la convertibilidad». En efecto, ya han empezado a calificarlo no de «neoliberal» o «conservador» como antes sino de «neodesarrollista», epíteto que les parece muchísimo más amistoso. Con todo, aunque reconocen que merece cierto aprecio por haber puesto fin a medio siglo de inflación galopante, se resisten a abandonar la idea de que Cavallo sea el culpable tanto de la desocupación masiva como de la ampliación de la brecha que separa a la minoría acomodada del resto de la población, de la cual buena parte está hundida en la miseria. No es que crean que a comienzos de los años noventa el país se haya visto obligado a optar entre la estabilidad más desempleo por un lado y la inflación más trabajo para todos por el otro, es que atribuyen a los «errores» de Cavallo el hecho de que los costos sociales del triunfo sobre la inflación crónica hayan resultado ser tan enormes. Asimismo, el propio Cavallo, el cual claramente desea mejorar su imagen de técnico sumamente eficiente pero frío, por no decir «inhumano», ha dado a entender que se siente responsable por el saldo global de su gestión.
En parte, se trata del uso poco escrupuloso de lemas rudimentarios por parte de políticos que dirían cualquier cosa a fin de desacreditar a un rival, pero también refleja la negativa a pensar seriamente en las causas reales de la situación actual del país y por lo tanto a intentar encontrar soluciones eficaces para sus problemas más urgentes. Por cierto, si sólo fuera una cuestión de errores cometidos en el pasado reciente, remediarlos no resultaría demasiado difícil. Sin embargo, hasta ahora ningún dirigente aliancista nos ha dicho cuáles exactamente fueron los «errores» de Cavallo que provocaron el estallido de la desocupación. Tampoco se han sugerido formas de subsanar sus presuntas consecuencias. Al fin y al cabo, la Alianza ya ha estado más de diez meses en el gobierno, pero aún no ha hecho nada que serviría para reducir la tasa de desempleo.
Sucede que los aliancistas, lo mismo que los peronistas, son auténticos expertos cuando es cuestión de «denunciar» con indignación impresionante las lacras existentes y atribuirlas a la perversidad de sus adversarios, pero parecería que su habilidad los abandona cuando se trata de formular soluciones concretas. Esta actitud «oposicionista» dista de ser novedosa. Por el contrario, ya es tradicional y, lo que es peor, constituye una de las causas fundamentales de las muchas deficiencias económicas, sociales y políticas del país. Como el ex vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez ha señalado últimamente, de por sí la indignación no sirve para nada. A menos que derive en un esfuerzo genuino por eliminar o atenuar las causas de los fenómenos denunciados, es «testimonial», una manera de subrayar la superioridad moral propia o de lavarse las manos de un asunto excesivamente difícil.
La verdad es que ni Cavallo ni ningún otro funcionario reciente pudieron haber impedido que la desocupación aumentara espectacularmente en cuanto los agentes económicos se vieron constreñidos a privilegiar la productividad y la eficiencia. Además, no existen demasiados motivos para suponer que la reanudación del crecimiento cree una cantidad suficiente de fuentes de trabajo. Esta realidad nada agradable no se debe a los errores puntuales de un ministro de Economía determinado, sino a que durante muchas décadas los gobernantes del país permitieron que el sistema educativo se desmoronara, procuraron proteger a los empresarios de los rigores de la competencia, manejaron el sector público conforme a criterios impúdicamente clientelistas y dependieron del impuesto más retrógrado de todos, el inflacionario. Por tratarse de la aplicación durante períodos muy prolongados de políticas totalmente equivocadas, la eventual eliminación de las secuelas requerirá muchos años de buen gobierno, lo cual, por supuesto, no sería el caso si sólo se tratara de las consecuencias desafortunadas de algunos «errores» cometidos menos de diez años atrás.
Si bien casi todos los aliancistas insisten en que la posibilidad de que Domingo Cavallo se incorpore al gobierno sigue siendo decididamente remota - juicio que según parece comparte el ex superministro -, es evidente que han comenzado a modificar su opinión sobre la gestión del "padre de la convertibilidad". En efecto, ya han empezado a calificarlo no de "neoliberal" o "conservador" como antes sino de "neodesarrollista", epíteto que les parece muchísimo más amistoso. Con todo, aunque reconocen que merece cierto aprecio por haber puesto fin a medio siglo de inflación galopante, se resisten a abandonar la idea de que Cavallo sea el culpable tanto de la desocupación masiva como de la ampliación de la brecha que separa a la minoría acomodada del resto de la población, de la cual buena parte está hundida en la miseria. No es que crean que a comienzos de los años noventa el país se haya visto obligado a optar entre la estabilidad más desempleo por un lado y la inflación más trabajo para todos por el otro, es que atribuyen a los "errores" de Cavallo el hecho de que los costos sociales del triunfo sobre la inflación crónica hayan resultado ser tan enormes. Asimismo, el propio Cavallo, el cual claramente desea mejorar su imagen de técnico sumamente eficiente pero frío, por no decir "inhumano", ha dado a entender que se siente responsable por el saldo global de su gestión.
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