Nada para vender

La crisis es nuestra. La evasión que tanto ha contribuido a agravarla no tiene que ver con las agencias internacionales.

Redacción

Por Redacción

El presidente Fernando de la Rúa quiso poner el dedo en la llaga cuando señalaba que «ahora ya no hay empresas públicas para vender y estamos frente a la realidad». Sin embargo, lo mismo que tantos otros, De la Rúa espera demorar el encontronazo con el muro así supuesto negociando un «blindaje financiero» con el Fondo Monetario Internacional y diversos gobiernos extranjeros. Es decir, confía en que el choque contra «la realidad» se produzca en una fecha futura, no en los próximos meses, y que una vez más el mundo exterior intervenga a fin de ahorrarnos el tener que convivir con las consecuencias de la imprevisión. Con todo, si bien todavía nos queda cierto margen para conseguir créditos a tasas inferiores a las exigidas por los prestamistas comerciales, el país ya se habrá acercado al límite. En efecto, si no fuera por el temor a que un colapso argentino vaya a tener secuelas realmente devastadoras no sólo en América Latina sino también en las plazas de los países desarrollados, al gobierno le resultaría casi imposible continuar endeudándose.

La reacción de muchos políticos ante la resistencia creciente del resto del mundo a seguir subsidiando a la Argentina ha consistido en acusarlo de querer aplastarla. Si una consultora emite la opinión de que el país no es de fiar, hasta aquellos que se divierten proclamando que el «modelo» no es viable la tratan como si fuera un nido de intrigantes resueltos a perjudicarnos. Parecen estar convencidos de que tenemos derecho a recibir cantidades cada vez mayores de dinero ajeno sin ninguna obligación de devolverlo agregándole los intereses pactados. Puesto que ya les es instintiva esta forma contradictoria de pensar, la mera existencia de la deuda externa les ocasiona una indignación tan sincera que a su juicio rehusar honrarla sería un gesto épico, un golpe certero asestado contra los enemigos de la patria y en favor de los pobres. Dicho de otro modo, para su propia satisfacción por lo menos se las han ingeniado para exportar la crisis económica nacional, lo cual, creen, supone que no les corresponde esforzarse demasiado para solucionarla.

Desde el punto de vista de los no comprometidos con esta actitud sui géneris, empero, el asunto parece bastante distinto. Los observadores extranjeros bien dispuestos se confiesan desconcertados. Ven un país relativamente rico -según las cifras disponibles, la Argentina sigue contando con un ingreso per cápita superior a aquél de cualquier otro país latinoamericano-, cuyos habitantes, sobre todo los «dirigentes», insisten en vivir muy por encima de sus medios, pretensión que pocos consideran merecedora de simpatía. Mal que les pese a políticos como Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín, los entusiasmados con la idea de perdonar la deuda externa de los países subdesarrollados raramente incluyen a la Argentina en las listas de los que deberían gozar de tal privilegio: por increíble que sea, insisten en que la crisis es esencialmente interna y sospechan que cualquier manifestación de generosidad por parte de los países ricos sólo serviría para estimular la irresponsabilidad, que es la característica más llamativa de nuestra clase dirigente.

Tienen razón, ¿qué duda cabe? La crisis es bien nuestra. Por cierto, la evasión impositiva en escala masiva que tanto ha contribuido a agravarla no tiene nada que ver ni con las agencias internacionales ni con los inversores extranjeros. Tampoco puede achacárseles la culpa por los costos grotescamente inflados de la actividad política, por la incapacidad al parecer congénita de organizar una administración pública eficaz, por legislación destinada a frustrar cualquier intento de modificar el statu quo, por la corrupción generalizada, por la decadencia judicial, por la transformación de los sindicalistas más notorios en empresarios, por la falta de interés del grueso de la población en la educación y por todas las otras particularidades locales que en su conjunto nos impiden avanzar. Tarde o temprano el país tendrá que hacer frente a estas realidades, porque de lo contrario no le será dado salir de la crisis en la cual se ha hundido. Es de esperar que el gobierno aproveche el «blindaje financiero» para emprender esta tarea, pero es de suponer que, como tantos gobiernos anteriores, lo utilizará sólo para ganar tiempo.


El presidente Fernando de la Rúa quiso poner el dedo en la llaga cuando señalaba que "ahora ya no hay empresas públicas para vender y estamos frente a la realidad". Sin embargo, lo mismo que tantos otros, De la Rúa espera demorar el encontronazo con el muro así supuesto negociando un "blindaje financiero" con el Fondo Monetario Internacional y diversos gobiernos extranjeros. Es decir, confía en que el choque contra "la realidad" se produzca en una fecha futura, no en los próximos meses, y que una vez más el mundo exterior intervenga a fin de ahorrarnos el tener que convivir con las consecuencias de la imprevisión. Con todo, si bien todavía nos queda cierto margen para conseguir créditos a tasas inferiores a las exigidas por los prestamistas comerciales, el país ya se habrá acercado al límite. En efecto, si no fuera por el temor a que un colapso argentino vaya a tener secuelas realmente devastadoras no sólo en América Latina sino también en las plazas de los países desarrollados, al gobierno le resultaría casi imposible continuar endeudándose.

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