Su testimonio ético

Redacción

Por Redacción

Para ser sintéticos y por sentir pena e indignación al tener que aludirlo, digamos que el asunto público que nos mueve a escribir esta nota se resume en pocas palabras: se están investigando judicialmente los casos (aparte de otros bajo sospecha) de una comercialización masiva de medicamentos adulterados, vencidos o falsos destinados a enfermos de cáncer, hemofilia y sida a fin de obtener reintegros millonarios de un fondo especial existente para obras sociales de algunos sindicatos. Una aberración que, si se comprobase, clamaría al Cielo por justicia terrena.

Coincidentemente con este asunto, caratulado por los medios y públicamente como «La mafia de los medicamentos», recibimos a fines de julio y de una fuente indirecta que no hemos podido identificar un correo electrónico cuyo «Asunto» dice: «El juez liberó la carta del suicidio del Dr. René Favaloro».

Y así hemos tenido por primera vez ante nuestra vista un texto que desconocíamos (aunque, según averiguamos, ha sido parcialmente reproducido en algunas publicaciones hace tiempo) y que nos da ocasión, por pura coincidencia con lo de la investigación sobre medicamentos, para una breve sinopsis de la vida y del histórico «Yo acuso» de un maestro, médico y patriota de alta ejemplaridad.

Primero, un resumen mínimo de su obra. Médico de La Plata, ejerció la medicina en La Pampa. De sus ricas experiencias allí dio cuenta en «Recuerdos de un médico rural». Viajó a Estados Unidos y se perfeccionó en la Cleveland Clinic, donde al cabo de años de experiencia e investigaciones inventó un procedimiento de baipás coronario -cirugía de revascularización miocárdica- que lo hizo famoso. En 1970 publicó un libro («Surgical Treatement on Coronary Arteriosclerosis») y en 1992 «The New York Times» lo consideró «un héroe mundial que cambió parte de la medicina moderna y revolucionó la medicina cardíaca». Regresó al país y desde 1975 creó la fundación sin fines de lucro, con dos instituciones, la universidad y el Instituto de Cardiología y Cirugía, bajo «10 mandamientos» morales que contemplan, entre otros, deberes de humildad, ética, verdad y compasión por sus integrantes. El lema: «Tecnología de avanzada al servicio del humanismo médico». En su hospital de alta complejidad se atendía casi sin cargo a pacientes de bajos recursos.

Después, el texto de su nota. Refiere que el regreso a la Argentina se debió «a un eterno compromiso con su patria». Trabajó en un sanatorio en docencia, investigación y asistencia médica. Exigió de entrada un número de camas para los indigentes. El sanatorio tenía contrato con los sindicatos más importantes, pero había una mácula: él sabía, aunque no podía comprobarlo, que algunos profesionales percibían secretamente «retornos». Concluida la etapa, se consagró a la fundación. Desde allí, dice, «debimos luchar continuamente con la corrupción imperante en la medicina». Relata que las obras sociales de envergadura no mandaban sus pacientes al instituto. Escribe: «¡Lo que tendría que narrar de las innumerables entrevistas con los sindicalistas de turno! Manga de corruptos que viven a costa de los obreros y coimean con el dinero de las obras sociales». Lo mismo «ocurre con el PAMI. Esto lo pueden certificar los médicos que para sobrevivir deben aceptar participar del sistema a lo largo y lo ancho del país. El PAMI tiene una vieja deuda con nosotros, creo desde el año 94 ó 95 y que llega a 1.900.000 pesos; la hubiéramos cobrado en 48 horas si hubiéramos aceptado los ´retornos´ que se nos pedían». Y da ejemplos concretos de esas exigencias.

Comenta también lo que ocurre con los pacientes de la medicina prepaga. «El médico que envía a estos pacientes por el famoso ana-ana sabe, espera, una jugosa participación del cirujano». Éste retornará al mandante un 50% de los honorarios. Muchos de ellos son de prestigio nacional e internacional. Concurren a los congresos, lo abrazan, lo felicitan y luego vuelven al país y se reinsertan en el «sistema». Dice que en la Argentina la corrupción alcanza niveles que nunca imaginó. Institutos prestigiosos tienen empleados especializados en la tarea de ilustrar a los médicos sobre los «retornos» y los porcentajes que recibirán y no solamente por la cirugía, hasta por métodos de diagnóstico no invasivos.

Finalmente, revela que la situación se ha tornado desesperante, deudas millonarias a raíz de costos crecientes que no son reconocidos por las obras sociales; construcción, equipamiento, proveedores, DGI, los bancos, los sueldos atrasados en meses. Realizó gestiones con el BID, envió cuatro cartas a Enrique Iglesias y todavía estaba esperando una respuesta. «Maneja miles de millones de dólares, pero para una institución que ha entrenado centenares de médicos desparramados por nuestro país y toda Latinoamérica, no hay respuesta». Voz del que clama en el desierto, escribe: «En estos días he mandado cartas desesperadas a entidades nacionales, provinciales, empresarios, sin recibir respuesta». (En internet se puede leer el texto completo de las cartas que envió al presidente de la República y al director del diario «La Nación» rogándoles que intercedieran para conseguir auxilio económico de algunos empresarios).

Aquí cerramos este recuerdo del noble compatriota, no sin pensar que sería justa la inclusión del nombre de Favaloro en la pregunta que él mismo formuló en su «Recuerdos de un médico rural»: «¿Escucharemos alguna vez los mensajes que nos dejaron con sus vidas y sus libros Sarmiento, Hernández, Hudson, Mallea, Martínez Estrada, Agustín Álvarez, Luis Franco, Julio Irazusta, Henríquez Ureña (por citar sólo algunos pocos) o seguiremos siendo testigos de la decadencia de la sociedad?».

A pocos meses de cumplirse diez años de su muerte por propia mano el 29 de julio de 2000, el recuerdo de su paso entre nosotros y la lección de su vida se nos impone como un mandato ético, en momentos de crisis moral como los que vivimos.

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

Especial para «Río Negro»

(*) Doctor en Filosofía

HÉCTOR CIAPUSCIO


Para ser sintéticos y por sentir pena e indignación al tener que aludirlo, digamos que el asunto público que nos mueve a escribir esta nota se resume en pocas palabras: se están investigando judicialmente los casos (aparte de otros bajo sospecha) de una comercialización masiva de medicamentos adulterados, vencidos o falsos destinados a enfermos de cáncer, hemofilia y sida a fin de obtener reintegros millonarios de un fondo especial existente para obras sociales de algunos sindicatos. Una aberración que, si se comprobase, clamaría al Cielo por justicia terrena.

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