Grecia en el borde
Entre otras cosas, la crisis financiera que por algunos meses frenó el crecimiento de la economía mundial nos ha recordado que suele resultar irresistible la tentación de aprovechar oportunidades para contraer deudas a tasas de interés al parecer manejables. Cuando nuestra economía se derritió, se supuso que el desastre serviría para aleccionar a los demás sobre lo peligroso que era endeudarse demasiado, pero en los años siguientes muchos gobiernos, miles de empresas y decenas de millones de personas se las arreglaron para caer en la misma trampa. Las consecuencias de tanto optimismo están a la vista, sobre todo en los países periféricos de la zona del euro: Grecia, España, Italia, Portugal e Irlanda. Lo mismo que la convertibilidad, la moneda común pareció protegerlos contra las turbulencias de los mercados internacionales y por lo tanto les permitió conseguir créditos a tasas similares a las apropiadas para países más seguros como Alemania. Durante algunos años, el nivel de vida de los integrantes del “Club Mediterráneo” e Irlanda aumentó con mayor rapidez que el de Alemania, dando lugar a la ilusión de que todos los miembros de la zona del euro “convergían”. Desgraciadamente para los habitantes de dichos países la realidad no tardaría en enseñarles que el desarrollo económico no es tan fácil como habían imaginado. A diferencia de los alemanes, no hicieron a tiempo “los deberes” necesarios, con el resultado de que enfrentan largos años de austeridad y estancamiento. El caso más dramático es, cuándo no, el de Grecia. En los últimos días se han intensificado los temores de que pronto se vea obligada a declararse en default, temores que, al asustar a los griegos mismos, a sus socios europeos y a quienes de otro modo podrían prestarle el dinero que tanto necesita, hacen cada vez más probable que caiga. Tal y como sucedía en vísperas del estallido de la convertibilidad, se han multiplicado los intentos de impedirlo con promesas de ayuda que, lejos de tranquilizar los mercados, resultan contraproducentes porque sólo se trata de palabras. La actitud de los alemanes frente a Grecia se asemeja mucho a la de ciertos integrantes del gobierno norteamericano del presidente George W. Bush ante la Argentina cuando el 2001 se acercaba a su fin. En aquel entonces el secretario del Tesoro, Paul O’Neill, afirmó que sería intolerable usar “el dinero de los plomeros y carpinteros norteamericanos” para rescatar a países como la Argentina de las consecuencias de su propia irresponsabilidad. Del mismo modo, la canciller alemana Angela Merkel y otros dignatarios alemanes no han procurado ocultar su voluntad de castigar a los griegos por haber tratado de vivir por encima de sus medios, por haberse endeudado hasta el cuello y por haber permitido que sus gobernantes falsificaran las estadísticas financieras. Tan fuerte es la hostilidad alemana hacia la idea de ayudar a los griegos que en Atenas muchos han llegado a la conclusión de que recurrir al FMI sería una solución decididamente menos dolorosa que someterse a las exigencias de sus socios de la Unión Europea. Para justificar la resistencia a dar una mano a Grecia, dirigentes de los miembros relativamente solventes de la zona del euro hablan –como hicieron sus homólogos norteamericanos de hace poco menos de una década cuando aludían a la Argentina– del riesgo moral que supondría tratar bien a un país cuyos gobiernos han violado todas las reglas. Lo que temen es que si los griegos no sufren lo bastante los españoles, portugueses, italianos e irlandeses pedirían ser tratados con igual generosidad, lo que, en vista de las dimensiones de las economías de España e Italia, tendría un impacto devastador en las finanzas de Alemania y Francia. Si sólo fuera cuestión de castigar a los políticos y funcionarios responsables del embrollo tremendo que se ha creado tanta dureza sería comprensible, pero sucede que están en juego las condiciones de vida de un centenar de millones de personas de carne y hueso. Puede que sea legítimo acusarlos de haberse dejado engañar por políticos que no les explicaron que para merecer ingresos equiparables con los de Alemania y Francia la economía de que dependen tendría que ser tan eficiente como las de sus vecinos más desarrollados, pero sorprendería que muchos se resignaran a que así sea.
Entre otras cosas, la crisis financiera que por algunos meses frenó el crecimiento de la economía mundial nos ha recordado que suele resultar irresistible la tentación de aprovechar oportunidades para contraer deudas a tasas de interés al parecer manejables. Cuando nuestra economía se derritió, se supuso que el desastre serviría para aleccionar a los demás sobre lo peligroso que era endeudarse demasiado, pero en los años siguientes muchos gobiernos, miles de empresas y decenas de millones de personas se las arreglaron para caer en la misma trampa. Las consecuencias de tanto optimismo están a la vista, sobre todo en los países periféricos de la zona del euro: Grecia, España, Italia, Portugal e Irlanda. Lo mismo que la convertibilidad, la moneda común pareció protegerlos contra las turbulencias de los mercados internacionales y por lo tanto les permitió conseguir créditos a tasas similares a las apropiadas para países más seguros como Alemania. Durante algunos años, el nivel de vida de los integrantes del “Club Mediterráneo” e Irlanda aumentó con mayor rapidez que el de Alemania, dando lugar a la ilusión de que todos los miembros de la zona del euro “convergían”. Desgraciadamente para los habitantes de dichos países la realidad no tardaría en enseñarles que el desarrollo económico no es tan fácil como habían imaginado. A diferencia de los alemanes, no hicieron a tiempo “los deberes” necesarios, con el resultado de que enfrentan largos años de austeridad y estancamiento. El caso más dramático es, cuándo no, el de Grecia. En los últimos días se han intensificado los temores de que pronto se vea obligada a declararse en default, temores que, al asustar a los griegos mismos, a sus socios europeos y a quienes de otro modo podrían prestarle el dinero que tanto necesita, hacen cada vez más probable que caiga. Tal y como sucedía en vísperas del estallido de la convertibilidad, se han multiplicado los intentos de impedirlo con promesas de ayuda que, lejos de tranquilizar los mercados, resultan contraproducentes porque sólo se trata de palabras. La actitud de los alemanes frente a Grecia se asemeja mucho a la de ciertos integrantes del gobierno norteamericano del presidente George W. Bush ante la Argentina cuando el 2001 se acercaba a su fin. En aquel entonces el secretario del Tesoro, Paul O’Neill, afirmó que sería intolerable usar “el dinero de los plomeros y carpinteros norteamericanos” para rescatar a países como la Argentina de las consecuencias de su propia irresponsabilidad. Del mismo modo, la canciller alemana Angela Merkel y otros dignatarios alemanes no han procurado ocultar su voluntad de castigar a los griegos por haber tratado de vivir por encima de sus medios, por haberse endeudado hasta el cuello y por haber permitido que sus gobernantes falsificaran las estadísticas financieras. Tan fuerte es la hostilidad alemana hacia la idea de ayudar a los griegos que en Atenas muchos han llegado a la conclusión de que recurrir al FMI sería una solución decididamente menos dolorosa que someterse a las exigencias de sus socios de la Unión Europea. Para justificar la resistencia a dar una mano a Grecia, dirigentes de los miembros relativamente solventes de la zona del euro hablan –como hicieron sus homólogos norteamericanos de hace poco menos de una década cuando aludían a la Argentina– del riesgo moral que supondría tratar bien a un país cuyos gobiernos han violado todas las reglas. Lo que temen es que si los griegos no sufren lo bastante los españoles, portugueses, italianos e irlandeses pedirían ser tratados con igual generosidad, lo que, en vista de las dimensiones de las economías de España e Italia, tendría un impacto devastador en las finanzas de Alemania y Francia. Si sólo fuera cuestión de castigar a los políticos y funcionarios responsables del embrollo tremendo que se ha creado tanta dureza sería comprensible, pero sucede que están en juego las condiciones de vida de un centenar de millones de personas de carne y hueso. Puede que sea legítimo acusarlos de haberse dejado engañar por políticos que no les explicaron que para merecer ingresos equiparables con los de Alemania y Francia la economía de que dependen tendría que ser tan eficiente como las de sus vecinos más desarrollados, pero sorprendería que muchos se resignaran a que así sea.
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