La inflación no se rinde

Redacción

Por Redacción

Hace algunos años, el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner llegó a la conclusión de que, por ser tan antipática y políticamente costosa la forma “ortodoxa” de luchar contra la inflación, le convendría tratarla como un problema menor de origen psicológico, de ahí la decisión de manipular las estadísticas confeccionadas por los técnicos del Indec con la esperanza de incidir así en las expectativas de los agentes económicos. Aunque los pronósticos de quienes previeron que, de resultas de la maniobra ensayada por Kirchner y del desprestigio del Indec, la tasa anual de inflación no tardaría en alcanzar niveles muy altos no se concretaron, esto no quiere decir que el fenómeno haya resultado ser inocuo. Como nuestra larga experiencia en la materia nos ha enseñado, puede transcurrir mucho tiempo hasta que la inflación crónica tolerada por el gobierno de turno se transforme en hiperinflación, pero el peligro de que ello ocurra influye de manera muy negativa en la marcha de la economía al provocar una sangría constante de capitales, desalentar a los inversores en potencia tanto nacionales como extranjeros y brindar a los sindicalistas una cantidad inagotable de pretextos para organizar planes de lucha. Asimismo, la inflación perjudica mucho a los sectores de bajos ingresos que ya tienen dificultades para comprar lo necesario para nutrirse adecuadamente, razón ésta por la que no han prosperado los intentos del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de atenuar el problema enorme planteado por la pobreza extrema. A pesar de que desde inicios de la gestión kirchnerista el Producto Bruto Interno haya aumentado muchísimo –según economistas de consultoras “ortodoxas” creció el 75% y, luego de la caída del año pasado, ha vuelto a expandirse a “tasas chinas”–, los aproximadamente diez millones de personas que viven en pobreza no se han visto beneficiados. El fracaso así supuesto no puede imputarse sólo a la política económica del gobierno porque para reducir la “pobreza estructural” sería necesario que el Estado, organizaciones no gubernamentales y los pobres mismos emprendieran un esfuerzo educativo sostenido, pero no cabe duda de que la voluntad oficial de minimizar la importancia de la inflación ha contribuido a agravar el problema. En el informe que el gobierno presentó hace poco ante los encargados de regular la bolsa de Nueva York, incluyó entre los retos enfrentados por la economía nacional la tasa muy alta de inflación, la persistencia de la “vasta pobreza” y la escasez energética. Se trata de asignaturas pendientes que por motivos comprensibles los voceros oficiales no suelen mencionar cuando les toca defender el “modelo” contra las críticas formuladas por integrantes de los partidos opositores y por economistas independientes. Si bien es reconfortante saber que el gobierno no cree a pie juntillas su propia propaganda, el contraste entre la versión de la realidad que considera apta para norteamericanos presuntamente bien informados y la difundida para el consumo interno es de por sí preocupante. Parecería que el gobierno sólo siente desprecio por la mayoría que, supone, atribuirá las dudas de los economistas profesionales, los financistas y los empresarios, para no hablar de los inversores de Wall Street, a su eventual compromiso con dogmas “neoliberales” que han sido debidamente satanizados por los militantes kirchneristas. De todos modos, conforme a los datos disponibles, la inflación tiende a acelerarse. En las semanas últimas han subido mucho los precios de los alimentos, en especial de la carne vacuna, pero también de otros productos que forman parte de la canasta familiar básica. Aunque ciertos aumentos se han visto impulsados por factores estacionales y por lo que está ocurriendo en el resto del mundo, motiva inquietud la política monetaria expansiva que está favorecida por un gobierno resuelto a asegurar que en los meses próximos el país disfrute de un boom de consumo. Así, pues, nos encontramos por enésima vez en una situación muy similar a las que se dieron en los intervalos, a menudo prolongados, entre los estallidos hiperinflacionarios cuando el país se había acostumbrado a una tasa de inflación del 1 o el 2% mensual sin que ningún gobierno se animara a tomar medidas encaminadas a recuperar la estabilidad.


Hace algunos años, el en aquel entonces presidente Néstor Kirchner llegó a la conclusión de que, por ser tan antipática y políticamente costosa la forma “ortodoxa” de luchar contra la inflación, le convendría tratarla como un problema menor de origen psicológico, de ahí la decisión de manipular las estadísticas confeccionadas por los técnicos del Indec con la esperanza de incidir así en las expectativas de los agentes económicos. Aunque los pronósticos de quienes previeron que, de resultas de la maniobra ensayada por Kirchner y del desprestigio del Indec, la tasa anual de inflación no tardaría en alcanzar niveles muy altos no se concretaron, esto no quiere decir que el fenómeno haya resultado ser inocuo. Como nuestra larga experiencia en la materia nos ha enseñado, puede transcurrir mucho tiempo hasta que la inflación crónica tolerada por el gobierno de turno se transforme en hiperinflación, pero el peligro de que ello ocurra influye de manera muy negativa en la marcha de la economía al provocar una sangría constante de capitales, desalentar a los inversores en potencia tanto nacionales como extranjeros y brindar a los sindicalistas una cantidad inagotable de pretextos para organizar planes de lucha. Asimismo, la inflación perjudica mucho a los sectores de bajos ingresos que ya tienen dificultades para comprar lo necesario para nutrirse adecuadamente, razón ésta por la que no han prosperado los intentos del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de atenuar el problema enorme planteado por la pobreza extrema. A pesar de que desde inicios de la gestión kirchnerista el Producto Bruto Interno haya aumentado muchísimo –según economistas de consultoras “ortodoxas” creció el 75% y, luego de la caída del año pasado, ha vuelto a expandirse a “tasas chinas”–, los aproximadamente diez millones de personas que viven en pobreza no se han visto beneficiados. El fracaso así supuesto no puede imputarse sólo a la política económica del gobierno porque para reducir la “pobreza estructural” sería necesario que el Estado, organizaciones no gubernamentales y los pobres mismos emprendieran un esfuerzo educativo sostenido, pero no cabe duda de que la voluntad oficial de minimizar la importancia de la inflación ha contribuido a agravar el problema. En el informe que el gobierno presentó hace poco ante los encargados de regular la bolsa de Nueva York, incluyó entre los retos enfrentados por la economía nacional la tasa muy alta de inflación, la persistencia de la “vasta pobreza” y la escasez energética. Se trata de asignaturas pendientes que por motivos comprensibles los voceros oficiales no suelen mencionar cuando les toca defender el “modelo” contra las críticas formuladas por integrantes de los partidos opositores y por economistas independientes. Si bien es reconfortante saber que el gobierno no cree a pie juntillas su propia propaganda, el contraste entre la versión de la realidad que considera apta para norteamericanos presuntamente bien informados y la difundida para el consumo interno es de por sí preocupante. Parecería que el gobierno sólo siente desprecio por la mayoría que, supone, atribuirá las dudas de los economistas profesionales, los financistas y los empresarios, para no hablar de los inversores de Wall Street, a su eventual compromiso con dogmas “neoliberales” que han sido debidamente satanizados por los militantes kirchneristas. De todos modos, conforme a los datos disponibles, la inflación tiende a acelerarse. En las semanas últimas han subido mucho los precios de los alimentos, en especial de la carne vacuna, pero también de otros productos que forman parte de la canasta familiar básica. Aunque ciertos aumentos se han visto impulsados por factores estacionales y por lo que está ocurriendo en el resto del mundo, motiva inquietud la política monetaria expansiva que está favorecida por un gobierno resuelto a asegurar que en los meses próximos el país disfrute de un boom de consumo. Así, pues, nos encontramos por enésima vez en una situación muy similar a las que se dieron en los intervalos, a menudo prolongados, entre los estallidos hiperinflacionarios cuando el país se había acostumbrado a una tasa de inflación del 1 o el 2% mensual sin que ningún gobierno se animara a tomar medidas encaminadas a recuperar la estabilidad.

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