Guerra de monedas

Redacción

Por Redacción

El temor a que pronto estalle una guerra de monedas internacional debido a la voluntad de los distintos gobiernos de mejorar la competitividad comercial de la economía local, y por lo tanto poner en apuros a las demás, está agitando a los mercados más importantes del mundo. Dadas las circunstancias, la preocupación que tantos sienten puede entenderse ya que en los muchos países en los que la desocupación afecta a una proporción elevada de la población activa, sobre todo en Estados Unidos, la propensión a atribuir las dificultades internas al juego sucio ajeno está haciéndose más fuerte por momentos. Es lógico. Al fin y al cabo, no cabe duda de que los problemas económicos que están experimentando países como Grecia, España, Portugal e Italia serían mucho menos graves si aún contaran con monedas propias, ya que en tal caso les sería dado devaluarlas frente a la alemana, como en efecto hizo el gobierno británico con la libra esterlina que, no bien estalló la crisis financiera, perdió valor en comparación con el euro y el dólar. Por razones similares, los norteamericanos suponen que sería de su interés que el dólar valiera menos en los mercados internacionales, de ahí los intentos de la Reserva Federal de debilitarlo imprimiendo cantidades astronómicas de billetes verdes. El gobierno norteamericano que, de confirmarse las tendencias registradas por las encuestas de opinión, en noviembre se verá debilitado por los resultados de las elecciones legislativas, ha llegado a la conclusión de que la razón principal por la que en su país la tasa de desocupación sigue manteniéndose en torno al 10%, consiste en la negativa de los chinos a permitir que el valor del yuan se vea determinado por el mercado: estima que debería cotizarse a un nivel que sea por lo menos el 40% más alto que el actual, y el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, está presionando a Pekín para que acepte dejarlo apreciar. Aunque los europeos comparten la actitud ante China de los norteamericanos, no les gusta para nada que sus socios transatlánticos estén tomando medidas destinadas a debilitar aún más al dólar porque temen que sus propias exportaciones resulten perjudicadas y que, como consecuencia, se eliminen muchas fuentes de trabajo. En cuanto a los chinos, parecen estar resueltos a aferrarse a la estrategia mercantilista que les ha permitido erigirse en una gran potencia comercial y financiera; según el primer ministro Wen Jiabao, desestabilizar el yuan podría tener consecuencias desastrosas para China y para el mundo. Por cierto, no nos convendría del todo que China dejara de crecer a las tasas a las que nos tiene acostumbrados. Desde hacerse sentir en todos los países desarrollados, la crisis que fue desatada por el terremoto financiero, con su epicentro en el mercado inmobiliario de Estados Unidos, de la segunda mitad del 2008, han abundado las advertencias sobre el peligro planteado por el proteccionismo, o sea, por la tentación de subordinar todo a las necesidades inmediatas locales sin preocuparse en absoluto por la salud del sistema internacional en su conjunto. Sin embargo, es una cosa entender que a la larga todos perderían si una ola de proteccionismo pusiera fin a la expansión del comercio internacional, es otra muy distinta resistirse a la tentación de erigir barreras cuando millones de desocupados están reclamando medidas concretas que sirvan para crear nuevos puestos de trabajo. Si bien pocos gobiernos han ido al extremo de aplicar medidas claramente proteccionistas, muchos, entre ellos el nuestro, han aprovechado todas las oportunidades para poner obstáculos en el camino de las importaciones con la esperanza de que otros países no tomen represalias, pero parecería que la etapa así supuesta tiene los días contados. En Estados Unidos, está consolidándose el consenso de que el gobierno del presidente Barack Obama no debería seguir tolerando que el régimen chino manipule descaradamente su moneda y que, por lo tanto, es urgente hacer cuanto resulte necesario para obligarlo a revaluarla, ya que de lo contrario la industria norteamericana no será internacionalmente competitiva hasta que se hayan reducido drásticamente los costos laborales, alternativa ésta que, por motivos patentes, no atrae a nadie.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Co-directora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 15 de octubre de 2010


El temor a que pronto estalle una guerra de monedas internacional debido a la voluntad de los distintos gobiernos de mejorar la competitividad comercial de la economía local, y por lo tanto poner en apuros a las demás, está agitando a los mercados más importantes del mundo. Dadas las circunstancias, la preocupación que tantos sienten puede entenderse ya que en los muchos países en los que la desocupación afecta a una proporción elevada de la población activa, sobre todo en Estados Unidos, la propensión a atribuir las dificultades internas al juego sucio ajeno está haciéndose más fuerte por momentos. Es lógico. Al fin y al cabo, no cabe duda de que los problemas económicos que están experimentando países como Grecia, España, Portugal e Italia serían mucho menos graves si aún contaran con monedas propias, ya que en tal caso les sería dado devaluarlas frente a la alemana, como en efecto hizo el gobierno británico con la libra esterlina que, no bien estalló la crisis financiera, perdió valor en comparación con el euro y el dólar. Por razones similares, los norteamericanos suponen que sería de su interés que el dólar valiera menos en los mercados internacionales, de ahí los intentos de la Reserva Federal de debilitarlo imprimiendo cantidades astronómicas de billetes verdes. El gobierno norteamericano que, de confirmarse las tendencias registradas por las encuestas de opinión, en noviembre se verá debilitado por los resultados de las elecciones legislativas, ha llegado a la conclusión de que la razón principal por la que en su país la tasa de desocupación sigue manteniéndose en torno al 10%, consiste en la negativa de los chinos a permitir que el valor del yuan se vea determinado por el mercado: estima que debería cotizarse a un nivel que sea por lo menos el 40% más alto que el actual, y el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, está presionando a Pekín para que acepte dejarlo apreciar. Aunque los europeos comparten la actitud ante China de los norteamericanos, no les gusta para nada que sus socios transatlánticos estén tomando medidas destinadas a debilitar aún más al dólar porque temen que sus propias exportaciones resulten perjudicadas y que, como consecuencia, se eliminen muchas fuentes de trabajo. En cuanto a los chinos, parecen estar resueltos a aferrarse a la estrategia mercantilista que les ha permitido erigirse en una gran potencia comercial y financiera; según el primer ministro Wen Jiabao, desestabilizar el yuan podría tener consecuencias desastrosas para China y para el mundo. Por cierto, no nos convendría del todo que China dejara de crecer a las tasas a las que nos tiene acostumbrados. Desde hacerse sentir en todos los países desarrollados, la crisis que fue desatada por el terremoto financiero, con su epicentro en el mercado inmobiliario de Estados Unidos, de la segunda mitad del 2008, han abundado las advertencias sobre el peligro planteado por el proteccionismo, o sea, por la tentación de subordinar todo a las necesidades inmediatas locales sin preocuparse en absoluto por la salud del sistema internacional en su conjunto. Sin embargo, es una cosa entender que a la larga todos perderían si una ola de proteccionismo pusiera fin a la expansión del comercio internacional, es otra muy distinta resistirse a la tentación de erigir barreras cuando millones de desocupados están reclamando medidas concretas que sirvan para crear nuevos puestos de trabajo. Si bien pocos gobiernos han ido al extremo de aplicar medidas claramente proteccionistas, muchos, entre ellos el nuestro, han aprovechado todas las oportunidades para poner obstáculos en el camino de las importaciones con la esperanza de que otros países no tomen represalias, pero parecería que la etapa así supuesta tiene los días contados. En Estados Unidos, está consolidándose el consenso de que el gobierno del presidente Barack Obama no debería seguir tolerando que el régimen chino manipule descaradamente su moneda y que, por lo tanto, es urgente hacer cuanto resulte necesario para obligarlo a revaluarla, ya que de lo contrario la industria norteamericana no será internacionalmente competitiva hasta que se hayan reducido drásticamente los costos laborales, alternativa ésta que, por motivos patentes, no atrae a nadie.

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