El desafío asiático

Redacción

Por Redacción

Según la demonología kirchnerista, el FMI es una institución neoliberal que encarna el mal absoluto, juicio que, de tomarse en serio la retórica oficialista, no se ha visto modificado por el hecho de que el director gerente, Dominique Strauss-Kahn, sea un socialista que, para más señas, podría ser el próximo presidente de Francia. Al igual que otros izquierdistas como la presidenta brasileña Dilma Rousseff y su antecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, Strauss-Kahn entiende que en última instancia los más perjudicados por la inestabilidad financiera suelen ser los más pobres y vulnerables, de suerte que les corresponde tanto al organismo que encabeza como a los distintos gobiernos nacionales hacer cuanto resulte necesario para combatir la inflación e impedir que se produzcan desequilibrios peligrosos. No es una tarea muy grata, ya que en todas partes hay personas dispuestas a aprovechar cualquier oportunidad para acusar a quienes insisten en la importancia de prevenir las crisis de querer hacer sufrir a la gente, de ahí la negativa de los kirchneristas a “ajustar” de forma explícita, pero a menos que algunos se preocupen por la salud del sistema económico internacional las consecuencias serán con toda seguridad negativas no sólo para los países ricos sino también para todos los demás. En opinión del jefe del FMI, se ha dominado la crisis financiera que tantos estragos provocó en buena parte del mundo salvo en Europa que está en “la situación más difícil” debido al desempleo elevado y porque, dice, está siendo superada por Asia. Tiene razón. Si bien en algunos países de Europa, sobre todo Alemania, la recuperación ha sido muy fuerte, en otros el panorama sigue siendo deprimente. Tal y como están las cosas, parecería que Grecia, Italia, España y Portugal tendrán que resignarse a un período acaso traumático de “devaluación interna”, o sea, de ajuste destinado a reducir los ingresos personales y los gastos gubernamentales a niveles compatibles con la productividad real de las distintas economías. En otros tiempos los gobiernos hubieran podido adaptarse a la falta de competitividad devaluando el dracma, la lira, la peseta o el escudo, pero al optar por reemplazarlos por el euro se privaron de dicha alternativa. Pero no sólo es una cuestión de la necesidad de que todos los países de la zona del euro se sometan a reglas alemanas aun cuando como resultado se condenen a años de estancamiento. También lo es de que hagan frente al desafío planteado por China y sus vecinos de cultura laboral similar que parecen resueltos a dominar, cuando no monopolizar, una gama cada vez más amplia de actividades económicas, incluyendo las más sofisticadas. En la contienda a la que aludió Strauss-Kahn los asiáticos cuentan con ventajas significantes de las que algunas, como el no haber institucionalizado un Estado de bienestar generoso pero sumamente costoso y estar acostumbrados a salarios muy inferiores a los habituales en Europa, pueden considerarse propias del subdesarrollo. En cambio otras ventajas, en especial la supuesta por la voluntad de hasta los más pobres de hacer de la educación una prioridad absoluta, no tienen nada que ver con el atraso. Europa no es la única parte del mundo cuyos habitantes tienen buenos motivos para sentirse preocupados por el progreso material de Asia oriental. Hace poco el presidente norteamericano Barack Obama exhortó a sus compatriotas a emprender un esfuerzo científico y tecnológico equiparable con el que les permitió superar con éxito el reto planteado por la Unión Soviética luego del lanzamiento del primer Sputnik en 1957. Aunque por razones demográficas las perspectivas ante Estados Unidos son menos alarmantes que las enfrentadas por la Unión Europea, se ha difundido la sensación de que no le será nada fácil conservar su supremacía actual. En cuanto a la Argentina y el resto de América Latina, demasiados dirigentes nacionales parecen confiar en que las riquezas naturales les ahorrarán la necesidad de procurar “competir” con las potencias emergentes de Asia. Si bien no lo dicen, tal actitud supone conformarse con un papel subalterno en el próximo orden mundial que, siempre y cuando no estallen conflictos tan destructivos que cambien todo, se verá caracterizado por la hegemonía de aquellos países que logren dominar la llamada “economía del conocimiento”.


Según la demonología kirchnerista, el FMI es una institución neoliberal que encarna el mal absoluto, juicio que, de tomarse en serio la retórica oficialista, no se ha visto modificado por el hecho de que el director gerente, Dominique Strauss-Kahn, sea un socialista que, para más señas, podría ser el próximo presidente de Francia. Al igual que otros izquierdistas como la presidenta brasileña Dilma Rousseff y su antecesor, Luiz Inácio Lula da Silva, Strauss-Kahn entiende que en última instancia los más perjudicados por la inestabilidad financiera suelen ser los más pobres y vulnerables, de suerte que les corresponde tanto al organismo que encabeza como a los distintos gobiernos nacionales hacer cuanto resulte necesario para combatir la inflación e impedir que se produzcan desequilibrios peligrosos. No es una tarea muy grata, ya que en todas partes hay personas dispuestas a aprovechar cualquier oportunidad para acusar a quienes insisten en la importancia de prevenir las crisis de querer hacer sufrir a la gente, de ahí la negativa de los kirchneristas a “ajustar” de forma explícita, pero a menos que algunos se preocupen por la salud del sistema económico internacional las consecuencias serán con toda seguridad negativas no sólo para los países ricos sino también para todos los demás. En opinión del jefe del FMI, se ha dominado la crisis financiera que tantos estragos provocó en buena parte del mundo salvo en Europa que está en “la situación más difícil” debido al desempleo elevado y porque, dice, está siendo superada por Asia. Tiene razón. Si bien en algunos países de Europa, sobre todo Alemania, la recuperación ha sido muy fuerte, en otros el panorama sigue siendo deprimente. Tal y como están las cosas, parecería que Grecia, Italia, España y Portugal tendrán que resignarse a un período acaso traumático de “devaluación interna”, o sea, de ajuste destinado a reducir los ingresos personales y los gastos gubernamentales a niveles compatibles con la productividad real de las distintas economías. En otros tiempos los gobiernos hubieran podido adaptarse a la falta de competitividad devaluando el dracma, la lira, la peseta o el escudo, pero al optar por reemplazarlos por el euro se privaron de dicha alternativa. Pero no sólo es una cuestión de la necesidad de que todos los países de la zona del euro se sometan a reglas alemanas aun cuando como resultado se condenen a años de estancamiento. También lo es de que hagan frente al desafío planteado por China y sus vecinos de cultura laboral similar que parecen resueltos a dominar, cuando no monopolizar, una gama cada vez más amplia de actividades económicas, incluyendo las más sofisticadas. En la contienda a la que aludió Strauss-Kahn los asiáticos cuentan con ventajas significantes de las que algunas, como el no haber institucionalizado un Estado de bienestar generoso pero sumamente costoso y estar acostumbrados a salarios muy inferiores a los habituales en Europa, pueden considerarse propias del subdesarrollo. En cambio otras ventajas, en especial la supuesta por la voluntad de hasta los más pobres de hacer de la educación una prioridad absoluta, no tienen nada que ver con el atraso. Europa no es la única parte del mundo cuyos habitantes tienen buenos motivos para sentirse preocupados por el progreso material de Asia oriental. Hace poco el presidente norteamericano Barack Obama exhortó a sus compatriotas a emprender un esfuerzo científico y tecnológico equiparable con el que les permitió superar con éxito el reto planteado por la Unión Soviética luego del lanzamiento del primer Sputnik en 1957. Aunque por razones demográficas las perspectivas ante Estados Unidos son menos alarmantes que las enfrentadas por la Unión Europea, se ha difundido la sensación de que no le será nada fácil conservar su supremacía actual. En cuanto a la Argentina y el resto de América Latina, demasiados dirigentes nacionales parecen confiar en que las riquezas naturales les ahorrarán la necesidad de procurar “competir” con las potencias emergentes de Asia. Si bien no lo dicen, tal actitud supone conformarse con un papel subalterno en el próximo orden mundial que, siempre y cuando no estallen conflictos tan destructivos que cambien todo, se verá caracterizado por la hegemonía de aquellos países que logren dominar la llamada “economía del conocimiento”.

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