El pasado se eterniza
Dicen que a Néstor Kirchner se le ocurrió perpetuarse en el poder sin violar la letra de la Constitución, alternándose en la presidencia con su esposa, por entender que de otro modo no tardaría en convertirse en lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo”, un mandatario que, al acercarse al final de su gestión, se ve abandonado por casi todos y que por lo tanto no está en condiciones de seguir gobernando con un mínimo de eficacia. Por la misma razón Carlos Menem sintió que no tenía más opción que la de mantener viva la esperanza, por tenue que fuera, de una segunda reelección. Parecería que ciertos integrantes del entorno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner comparten tal actitud, de ahí la propuesta de Diana Conti de una “Cristina eterna” cohonestada por un plebiscito. Aunque la presidenta se encargó de desautorizar a la diputada, la idea quedó flotando en el aire para alarma de opositores ya preocupados por las actitudes a su juicio nada democráticas de miembros del círculo áulico “cristinista”. La empresa re-reeleccionista de Menem se hundió porque la mayoría la consideró fantasiosa, cuando no siniestra, y en el caso de que el gobierno procurara concretarla, la resumida por la consigna “Cristina eterna” tendría con toda probabilidad el mismo destino. Así y todo, el que sus partidarios más entusiastas lo hayan propuesto nos ha recordado que la cultura política nacional sigue siendo exageradamente caudillista y hostil al cambio. No llamaría la atención que los comprometidos con el “modelo” actual afirmaran que sería muy bueno que se eternizara porque en su opinión serviría para solucionar los problemas más apremiantes del país, pero es evidente que están más interesados en prolongar por mucho tiempo más la gestión de una persona determinada que en ver triunfar un esquema socioeconómico particular. En efecto, Conti y quienes piensan como ella dan por descontado que sin Cristina el “modelo” moriría. Huelga decir que un “modelo” que depende tanto del poder necesariamente pasajero de un solo individuo no merece llamarse tal. Con frecuencia los kirchneristas, como los menemistas una década antes, atribuyen su conducta a sus presuntas convicciones ideológicas, pero el “proyecto” que dicen estar impulsando no consiste en mucho más que la voluntad de continuar ejerciendo el poder y disfrutando de los beneficios resultantes. Asimismo, a pesar de los esfuerzos conmovedores de los intelectuales que por diversos motivos se han vinculado con el gobierno, el kirchnerismo no ha conseguido desarrollar nada que pudiera calificarse de una “doctrina”, o sea un ideario más o menos coherente. Al llegar a la presidencia en mayo del 2003, Néstor Kirchner se limitó en el ámbito económico a improvisar sobre la base de lo que heredó de Eduardo Duhalde, mientras que con el propósito de congraciarse con la intelectualidad “progresista” emprendió una campaña furiosa contra todo lo relacionado con la dictadura militar que se había disuelto hacía veinte años. Para Néstor Kirchner, fue muy exitosa en términos políticos la estrategia de aprovechar la oportunidad brindada por una coyuntura internacional sumamente favorable para negarse a intentar reformar el sistema corporativista que regía en la economía, y de erigirse en un defensor tardío de los derechos humanos hostigando a los militares ya irremediablemente derrotados, pero a inicios de la gestión de Cristina se hizo evidente que se habían agotado los beneficios de aferrarse con tenacidad al pasado. A esta altura lo que necesita el país es un “proyecto” que, además de no ser meramente personal, esté orientado hacia el futuro. Los kirchneristas no podrán formular uno y, aunque miembros de las distintas agrupaciones opositoras están tratando de hacer frente al desafío, hasta ahora ninguno ha podido motivar el interés de amplios sectores ciudadanos. Así las cosas, es de temer que las fases próximas de la campaña electoral que está en marcha se vean dominadas por polémicas rencorosas en torno al pasado cada vez más remoto, no por debates sobre lo que sería preciso hacer para que la Argentina por fin deje atrás una etapa ya excesivamente larga de decadencia y, lo mismo que países vecinos como Chile y Brasil, se prepare para prosperar en un mundo que está cambiando a un ritmo vertiginoso.
Dicen que a Néstor Kirchner se le ocurrió perpetuarse en el poder sin violar la letra de la Constitución, alternándose en la presidencia con su esposa, por entender que de otro modo no tardaría en convertirse en lo que los norteamericanos llaman un “pato rengo”, un mandatario que, al acercarse al final de su gestión, se ve abandonado por casi todos y que por lo tanto no está en condiciones de seguir gobernando con un mínimo de eficacia. Por la misma razón Carlos Menem sintió que no tenía más opción que la de mantener viva la esperanza, por tenue que fuera, de una segunda reelección. Parecería que ciertos integrantes del entorno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner comparten tal actitud, de ahí la propuesta de Diana Conti de una “Cristina eterna” cohonestada por un plebiscito. Aunque la presidenta se encargó de desautorizar a la diputada, la idea quedó flotando en el aire para alarma de opositores ya preocupados por las actitudes a su juicio nada democráticas de miembros del círculo áulico “cristinista”. La empresa re-reeleccionista de Menem se hundió porque la mayoría la consideró fantasiosa, cuando no siniestra, y en el caso de que el gobierno procurara concretarla, la resumida por la consigna “Cristina eterna” tendría con toda probabilidad el mismo destino. Así y todo, el que sus partidarios más entusiastas lo hayan propuesto nos ha recordado que la cultura política nacional sigue siendo exageradamente caudillista y hostil al cambio. No llamaría la atención que los comprometidos con el “modelo” actual afirmaran que sería muy bueno que se eternizara porque en su opinión serviría para solucionar los problemas más apremiantes del país, pero es evidente que están más interesados en prolongar por mucho tiempo más la gestión de una persona determinada que en ver triunfar un esquema socioeconómico particular. En efecto, Conti y quienes piensan como ella dan por descontado que sin Cristina el “modelo” moriría. Huelga decir que un “modelo” que depende tanto del poder necesariamente pasajero de un solo individuo no merece llamarse tal. Con frecuencia los kirchneristas, como los menemistas una década antes, atribuyen su conducta a sus presuntas convicciones ideológicas, pero el “proyecto” que dicen estar impulsando no consiste en mucho más que la voluntad de continuar ejerciendo el poder y disfrutando de los beneficios resultantes. Asimismo, a pesar de los esfuerzos conmovedores de los intelectuales que por diversos motivos se han vinculado con el gobierno, el kirchnerismo no ha conseguido desarrollar nada que pudiera calificarse de una “doctrina”, o sea un ideario más o menos coherente. Al llegar a la presidencia en mayo del 2003, Néstor Kirchner se limitó en el ámbito económico a improvisar sobre la base de lo que heredó de Eduardo Duhalde, mientras que con el propósito de congraciarse con la intelectualidad “progresista” emprendió una campaña furiosa contra todo lo relacionado con la dictadura militar que se había disuelto hacía veinte años. Para Néstor Kirchner, fue muy exitosa en términos políticos la estrategia de aprovechar la oportunidad brindada por una coyuntura internacional sumamente favorable para negarse a intentar reformar el sistema corporativista que regía en la economía, y de erigirse en un defensor tardío de los derechos humanos hostigando a los militares ya irremediablemente derrotados, pero a inicios de la gestión de Cristina se hizo evidente que se habían agotado los beneficios de aferrarse con tenacidad al pasado. A esta altura lo que necesita el país es un “proyecto” que, además de no ser meramente personal, esté orientado hacia el futuro. Los kirchneristas no podrán formular uno y, aunque miembros de las distintas agrupaciones opositoras están tratando de hacer frente al desafío, hasta ahora ninguno ha podido motivar el interés de amplios sectores ciudadanos. Así las cosas, es de temer que las fases próximas de la campaña electoral que está en marcha se vean dominadas por polémicas rencorosas en torno al pasado cada vez más remoto, no por debates sobre lo que sería preciso hacer para que la Argentina por fin deje atrás una etapa ya excesivamente larga de decadencia y, lo mismo que países vecinos como Chile y Brasil, se prepare para prosperar en un mundo que está cambiando a un ritmo vertiginoso.
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