Las brigadas que cuidan a los combatientes de incendios forestales: «La parte emocional estaba desatendida»
Un grupo de Córdoba puso el foco en la atención psicológica de quienes enfrentan el fuego. Asistieron a muchos brigadistas en el siniestro que azotó la Comarca Andina este verano.
«Ser brigadista es mucho más que apagar fuego. Es decidir estar cuando todo arde. Es poner el cuerpo, la cabeza y el corazón. Es trabajar en comunidad, confiar en quien está al lado tuyo y aprender a atravesar las miles de emociones sin soltar la responsabilidad de nuestro ser físico y mental». Así lo define Gisela Peluso, una mujer de 36 años que vive en Villa Giardino, en el valle de la Punilla, en Córdoba.
Es integrante de la brigada Cabure, una de las tantas brigadas comunitarias que surgieron en los últimos años en distintos rincones del país para colaborar con los incendios forestales que son cada vez más intensos y más severos. Saben que los combatientes no dan abasto y así se fueron organizando grupos de vecinos dispuestos a proteger las viviendas en las zonas de interfase y el bosque; mientras que otros se propusieron armar viandas para los brigadistas. Otros se abocaron a la atención de animales afectados por las llamas. En tanto, hubo quienes pusieron el foco en la atención psicológica de quienes enfrentan el fuego de alguna manera.
Para este último caso, se conformó la Brigada Forestal Chiviquin Psicólogos Córdoba el año pasado y, a mediados de enero, la asistencia llegó a los incendios que azotaron a la Comarca Andina este verano.
«Tenemos compañeros que han estado en Chubut combatiendo el fuego y entre quienes no pudimos viajar -por trabajo o lo que sea- quisimos ofrecer algo desde acá», comenta Gisela, integrante de uno de los grupos que se capacitó en primeros auxilios psicológicos, con certificación.
El objetivo fue brindar ese servicio a quienes lo requieren. A su vez, se convocó a licenciados en psicología y terapeutas que hoy suman 140 en todo el país. «Algo que empezó siendo muy chiquito se multiplicó un montón. Hay mucho amor en este acto voluntario«, valora.
Escuchar y acompañar
¿Cuál fue la propuesta? «Vemos que se prende fuego todo, vemos animales muertos y, en ese momento, sentimos una pérdida de identidad. Hay que aprender a manejar esa empatía, hablar y acompañar«, explica Gisela que, de trabajar en tecnología, pasó a capacitarse como operadora en primeros auxilios psicológicos en la Asociación de Psicólogos y realizó varios cursos orientados a las catástrofes, como gestión de riesgos, cuidados y ataques de incendios.
Asegura que se trata de regular a la persona en el momento de la emergencia para que pueda seguir tomando decisiones claras. «Puede que esa persona necesite terapia y luego deba ser derivada, pero acá se trata de asistirla en el momento de la crisis con los primeros auxilios psicológicos», acentúa.

Quizás esa persona esté tranquila, aclara, pero «hay un factor externo que hace que se ponga en modo de defensa. Ante una situación de estrés agudo, se hace una intervención temprana para estabilizarla y evitar que eso se convierta en estrés postraumático». Según Gisela, no se requiere que la atención la lleven adelante psicólogos sino conocer el protocolo porque “en caso contrario, se puede hacer mucho daño por más que uno quiera ayudar”.
El protocolo consta de tres etapas: observar, escuchar y conectar. En primer lugar, se atiende cualquier requerimiento físico para asistir luego en lo emocional. Se parte de la necesidad de escuchar sin juzgar y validar lo que esa persona está sintiendo. Eso de por sí, asegura, reduce la angustia y el enojo, así como otras emociones que se van transitando.
«La parte emocional estaba desatendida y también es parte de la emergencia aunque no se suele tenerse en cuenta como tal. Puede amenazar la continuidad del trabajo o el voluntariado. Por eso, lo que hacemos es acompañar, ayudar a esa persona para que se vuelva a reorganizar», argumenta Gisela y advierte que «todo depende de la respuesta adaptativa de la persona, su edad, experiencia anterior en incendios, la parte sociocultural, las tradiciones, su salud. Todas las personas son distintas».
Ser brigadista es defender la vida. Es elegir el cuidado. Es formarse todo el año, adaptarse, transmitir y compartir. Entendemos que la salud mental también es parte de los elementos de protección personal. Es un acto de amor necesario para seguir transitando el colapso ecosistemico»,
Gisela Peluso, 36 años, vive en Villa Giardino, en el valle de Punilla, en Córdoba.

Atención y formación en primeros auxilios psicológicos
Además de la atención directa a quienes lo necesitan, la Brigada Forestal Chiviquin Psicólogos también ofrece formación de primeros auxilios psicológicos. «Semanas atrás ofrecimos un encuentro para combatientes y voluntarios de la Comarca. Les brindamos herramientas para que lo puedan aplicar», expresa.
¿Por qué? Porque detectaron que sus números de teléfonos se iban pasando entre quienes necesitaban atención psicológica. «Ahí nos dimos cuenta que teníamos que compartir y expandir ese conocimiento porque es una herramienta muy importante», subraya.
Muchas veces, se diagnostica estrés cuando a una persona se le prendió fuego la casa, pero poco se habla del agotamiento vocacional y de la necesidad de cuidado de «quienes nos cuidan». «Con el incendio del parque Los Alerces, hubo gente que trabajó más de dos meses. Tienen acumulación de cansancio, trastornos del sueño, hiperactividad, algo normal aunque hay que aprender a detectarlo para cuidarse. El agotamiento es parte de la emergencia«, dice.
En este camino, se logró armar una red de profesionales de distintas áreas, como psicólogos, asistentes sociales, terapeutas y psiquiatras que, de manera voluntaria, trabajan con distintos dispositivos del territorio. «Hay un banco de psicólogos y psiquiatras que se pusieron a disposición para ampliar la red y actuar en caso de situaciones más graves«, añade.

El camino de la rebelión o extinción
Gisela se define como activista desde hace más de 17 años. En ese entonces, vivía en Buenos Aires participando en «acciones de rebelión o extinción». «Son problemáticas del sistema en sí que está colapsado. Hay que rebelarse ante lo que nos quieren imponer para no extinguirnos como seres humanos, adaptarse y volver a las buenas prácticas de los pueblos originarios de cuidar la tierra y ser parte de la naturaleza», argumenta.
De repente, sintió que podía hacer mucho más y decidió mudarse a Córdoba donde se vinculó con las brigadas comunitarias. «Empezaron en 2017, pero antes existían como grupalidades -sin el concepto de brigadas-. En 2020 tomaron mayor relevancia por los incendios. Los vecinos autoconvocados se dieron cuenta que debían empezar a instruirse y se conformaron como ente de apoyo. Hay toda una logística y se trata de poner el conocimiento personal al servicio de la comunidad», señala.
Si bien el grueso del trabajo está focalizado con los incendios durante la temporada, durante todo el año llevan adelante actividades de reforestación, capacitación, se forman en rescates agrestes, en la elaboración de herramientas. Ahora también en psicología.
«La idea es transmitir todo esto al resto de las personas para que se sumen y no lo vean como algo lejano», revela Gisela. Y agrega: «La salud mental pasa a segundo lugar ante la emergencia. Y nos sentimos bien de poder ayudar. Por el colapso ecosistémico que vivimos, estamos expuestos a catástrofes como inundaciones, fuegos, la parte socioeconómica. Los primeros auxilios psicológicos es algo que deberían enseñar en el colegio».
Reconoce también que, ver tanta gente unida con el propósito de ayudar, genera esperanza. «Hemos participado de capacitaciones con instituciones vinculadas al fuego en España y se muestran sorprendidos de que hagamos este laburo con un nivel de profesionalismo gratis. Les explicábamos que para nosotros, hay una devolución cuando vas al río, o al lago, cuando ves a las niñeces jugando en el monte», concluye.
"Ser brigadista es mucho más que apagar fuego. Es decidir estar cuando todo arde. Es poner el cuerpo, la cabeza y el corazón. Es trabajar en comunidad, confiar en quien está al lado tuyo y aprender a atravesar las miles de emociones sin soltar la responsabilidad de nuestro ser físico y mental". Así lo define Gisela Peluso, una mujer de 36 años que vive en Villa Giardino, en el valle de la Punilla, en Córdoba.
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