Reseñas de bolsillo: «Nápatrida», Maradona, Nápoles y la fuerza del fútbol
En Napátrida, Erri De Luca cruza las incertidmbres de un hombre sin origen con la figura de Maradona, adoptado por Nápoles como un lazo de sangre, para pensar la pertenencia como algo que no depende de los papeles.
En “Napátrida”, Erri De Luca vuelve a su territorio natural: los márgenes. La figura del hombre sin patria le permite pensar la intemperie como condición contemporánea, pero también como herencia histórica. El narrador avanza sin documentos, sin origen verificable, sin un Estado que lo nombre. De Luca escribe con frases cortas, con una prosa que no dramatiza. El libro es breve, pero condensa una vida reducida a su mínima expresión administrativa.

En ese paisaje de expulsión aparece Maradona. Para De Luca, el fútbol es la única institución que convierte la pobreza en potencia, la única cantera donde los suburbios producen grandeza sin pedir credenciales. Maradona es la prueba: un talento nacido en los márgenes que vino a desacomodar al viejo continente. De Luca no lo escribe como mito deportivo, sino como figura política. El pie izquierdo como instrumento de geometría, la gloria surgida de las villas, el desparpajo como forma de resistencia. Y Nápoles lo recibe no sólo como rey, sino, sobre todo, como reembolso simbólico por los millones de emigrantes que partieron hacia el Río de la Plata.
Leído desde ahí, Napátrida no es solo la historia de un hombre sin papeles: es un alegato contra las fronteras que deciden quién pertenece y quién queda afuera. Maradona funciona como contrapunto: el único “napátrida” que fue adoptado por una ciudad entera sin pedirle nada a cambio.
En “Napátrida”, Erri De Luca vuelve a su territorio natural: los márgenes. La figura del hombre sin patria le permite pensar la intemperie como condición contemporánea, pero también como herencia histórica. El narrador avanza sin documentos, sin origen verificable, sin un Estado que lo nombre. De Luca escribe con frases cortas, con una prosa que no dramatiza. El libro es breve, pero condensa una vida reducida a su mínima expresión administrativa.
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