Goyo Martínez, una vida a fondo: el dirigente que marcó una era en el automovilismo regional
A los 83 años, Goyo sigue siendo el corazón de la AVGR. Su historia recorre más de cuatro décadas al frente del automovilismo regional, marcada por la recuperación y el crecimiento de la Vuelta de la Manzana, el vínculo con leyendas del deporte y una dedicación que no conoce de frenos.
Se llama Jorge Alberto, pero casi nadie lo sabe. Los padres generalmente deciden el nombre para el documento, pero es la vida quien define cómo te conocerá el resto. “Creo que la última persona que me llamó Jorge fue mi mamá… Soy Goyo, para todo el mundo, y no me llamo Gregorio. El apodo lo heredé de mi abuelo y mi viejo, que sí se llamaban así”.
Cuando Goyo Martínez habla en su templo, se sienten ruidos de motores por más que en la inmensidad del Autódromo Parque de la Ciudad de General Roca no haya nadie. Solo está él, un par de empleados que conoce de pibes y que los trata como a sus hijos, y nosotros, que fuimos a preguntarle cómo es estar al frente por más de 40 años de uno de los clubes de automovilismo más prestigiosos de la Argentina.
La AVGR (Asociación Volantes de General Roca) está metida desde siempre en la piel de Goyo Martínez, quien acaba de cumplir 83 vueltas al circuito de su vida. La mitad las festejó en esta pista que es sinónimo de hazañas, glorias, triunfos y también derrotas de la más alta alcurnia fierrera nacional de los últimos 50 años. “Acá corrieron todos…”, dice en la antesala a la terraza donde los mejores han sido bendecidos con la corona de manzanas, la tradicional insignia de honor y victoria de estas latitudes.

Pero si de celebraciones se trata, para Goyo no hay como la tierra, la piedra suelta y la hoja de ruta. “A mí me gusta el rally. Esto también (señala la pista del autódromo) pero recorrer los caminos, armarlos, ver por dónde van a pasar los autos, eso es lo que me gusta. Todo lo que se le parezca a la Vuelta de la Manzana no tiene comparación”. Cuando dijo las palabras mágicas, se le iluminaron los ojos. La Vuelta… Siempre la Vuelta.
Martínez habla con la serenidad de quien ya recorrió todos los caminos, pero mantiene intacta la energía de alguien que todavía no piensa en frenar. Su vida empezó, y durante mucho tiempo transcurrió, en una casa de la calle 9 de Julio, donde nació, creció y vivió hasta formar su propio núcleo íntimo y contenedor. “Tengo una familia bonita”, resume Goyo, que tiene cuatro hijos.
Sus expectativas no estaban escritas en los motores. Durante su juventud, el fútbol era su mundo. Incluso había casi como un mandato familiar de que siguiera ese camino. Su tío, Himerio “Chichi” Martínez, presidente del club Tiro Federal que fue uno de los tres puntales de la creación de Deportivo Roca, quería que lo acompañara y siguiera sus pasos como dirigente de fútbol. Pero hubo un giro del destino llegó por casualidad.
Fue en 1980, en una reunión a la que asistió casi por compromiso. “Me invitaron unos amigos y fui. Hacía cuatro ediciones que la Vuelta de la Manzana no se corría…”. Ahí se habló de una propuesta concreta de recuperarla gracias a un apoyo económico, y de una necesidad de sumar gente dispuesta a reflotar la mítica carrera. Goyo aceptó ser parte y en ese gesto dejó atrás al fútbol para meterse de lleno en el automovilismo.

El ascenso fue tan rápido como inesperado. Primero como secretario de la AVGR, y apenas tres años después y en medio de una crisis interna, sin proponérselo quedó como presidente. Desde 1983 hasta hoy, su nombre quedó ligado de manera inseparable a la institución.
“Lo más importante que tiene el club es su gente. Es un grupo de amigos, donde todos son ad honorem y eso nos permite que el club siga manteniéndose como hasta hoy. Esto es un hobby que implica organizar carreras, sostener un autódromo y coordinar un grupo de más de 60 personas. Nosotros, gracias a Dios, la vamos piloteando”. Nunca mejor usado el término.

“El club se mantiene porque tenemos este grupo que es factor fundamental”, y cita a algunos de la mesa chica del club. “Raúl Ginóbili está acá desde 1976; Gabriela Ciacinti de Borzi, que hace más de 30 años forma parte del club y es la tesorera; y en la secretaría está Paula Heredia que también está hace como 30 años. El único interés nuestro del grupo es comer un asado, juntarse, festejar todos los cumpleaños del mes, el día del amigo, el día del padre, el día de la madre, hacer una linda cena… Ese es el premio, el pago que tiene el club con la gente del club”, resume Goyo sobre el secreto de longevidad de una institución que ha organizado los principales eventos automovilísticos de las últimas década en la región.
Paradójicamente, nunca fue piloto. Nunca le interesó serlo. Se subió muy pocas veces a un auto de carrera, apenas como acompañante ocasional. Sin embargo, estuvo al lado de los mejores. Compartió momentos con Juan Manuel Fangio y José Froilán González, cultivó una amistad cercana con Juan María Traverso, su gran ídolo, y fue testigo directo de generaciones que marcaron época, como las de Jorge Recalde y Gabriel Raies.

“En el Rally argentino, para mí hubo dos figuras muy importantes. Arriba el auto, Jorge Recalde, sin dudas. Pero el piloto que tenía un condimento especial y era parte del show, ese era Gabriel Raies. Era un personaje distinto por su manera de ser”, resume Goyo.

Su relato se enciende cuando recuerda aquella escena ya convertida en mito: la coupé de Traverso ganando la carrera del TC2000 del año ‘88 envuelta en llamas, cruzando el circuito hasta detenerse en una curva que hoy lleva su nombre. “Se armó un despelote bárbaro porque toda la gente corrió para abrazarlo. A esa curva le pusimos Traverso, como la calle que está acá detrás del autódromo. También se llama Juan María Traverso”. Una postal de otro tiempo, cuando el automovilismo se vivía sin filtros.
Bajo su conducción, la Asociación Volantes no solo sostuvo la tradición, sino que se animó a innovar. En 1985, en un contexto todavía sensible entre Argentina y Chile por el conflicto del Beagle, llevó la Vuelta de la Manzana a Temuco, en una decisión audaz que le dio proyección internacional a la competencia. También impulsó carreras en distintos puntos del país y adoptó ideas vistas en el exterior, como el recordado tramo del Canal Grande, que durante cuatro años acercó la Vuelta de la Manzana al corazón de la ciudad.

Pero Goyo no se queda en la nostalgia. Reconoce que el automovilismo cambió. Que las carreras ya no son lo que eran. Que las largas etapas por rutas abiertas, con cientos de pilotos y recorridos interminables, dieron paso a competencias más cortas y más reguladas. A su entender, también menos épico. “Antes éramos locos…”, dice, sin romantizar del todo, pero marcando una diferencia clara. Según su mirada, la escena del rally actual perdió algo de su esencia, en parte por la ausencia de grandes figuras.

Aun así, no hay señales de retiro. “A esta edad se me ocurre menos que antes dejar esto”. El club le dio mucho más de lo que él pudo devolverle. Le dio rutina, pertenencia, amistades y ese costado social donde Goyo se mueve cómodo y con soltura. Eso lo mantiene activo y lúcido. Si algo lo define es esa necesidad constante de estar en la acción, de seguir armando carreras, de buscar caminos y no quedarse quieto.
A los 83 años él sigue siendo el mismo: Goyo. El que nunca fue Gregorio, pero terminó siendo mucho más que un nombre para todo el automovilismo nacional.

Se llama Jorge Alberto, pero casi nadie lo sabe. Los padres generalmente deciden el nombre para el documento, pero es la vida quien define cómo te conocerá el resto. “Creo que la última persona que me llamó Jorge fue mi mamá… Soy Goyo, para todo el mundo, y no me llamo Gregorio. El apodo lo heredé de mi abuelo y mi viejo, que sí se llamaban así”.
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