Lucha de imágenes

Redacción

Por Redacción

Los resultados de casi todas las elecciones que se han celebrado últimamente han reflejado lo que piensan los votantes sobre el kirchnerismo, considerado como un fenómeno menos político que humano, por decirlo así. No se han producido debates instructivos entre los diversos candidatos que, con pocas excepciones, han preferido limitarse a procurar proyectar, con la ayuda de asesores profesionales, una imagen que esperan caiga bien entre los electores. Asimismo, aunque siempre ha sido necesario tomar en cuenta la realidad local de las distintas jurisdicciones, tanto el oficialismo como los diversos movimientos opositores se las han arreglado para “nacionalizar” las elecciones provinciales o, en la Capital Federal, municipales, pero parecería que han incidido muy poco temas vinculados con la política económica y social del gobierno, ya que de acuerdo común lo más importante ha sido la relación subjetiva de cada persona con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, razón por la que la muerte de su marido en octubre pasado modificó el panorama político del país de manera tan radical. Que buena parte de la población haya querido manifestar su solidaridad emotiva con la viuda del ex presidente Néstor Kirchner es sin duda positivo, pero nunca constituyó un motivo racional para cambiar la intención de voto, como efectivamente sucedió en millones de casos. De todos modos, a juzgar por lo ocurrido en la Capital Federal, Santa Fe y otros distritos, el “efecto luto” está perdiendo con rapidez el extraño poder de convocatoria que tuvo durante muchos meses, pero esto no quiere decir que la ciudadanía haya decidido que le convendría prestar menos atención al atractivo personal de los candidatos y más a los temas que, en teoría por lo menos, en todas las democracias consolidadas deberían dominar las campañas electorales. Por cierto, los resultados de los comicios porteños y santafesinos no pueden atribuirse a la convicción de que el gobierno de Cristina manejaba mal la economía nacional o que su política social dejaba mucho que desear, como afirman los opositores, si bien podría decirse que en las zonas rurales de Santa Fe fue decisiva la postura oficial frente al campo a comienzos de la gestión de Cristina. Lo que más pesó fue la sensación de que la presidenta se había alejado demasiado del grueso de la ciudadanía, tratando mal a peronistas que la habían respaldado en circunstancias difíciles y rodeándose de adulones y los oportunistas jóvenes de La Cámpora, un club cuyos integrantes están procurando apropiarse de una cantidad creciente de puestos en la administración pública, las empresas estatizadas y, claro está, las legislaturas. En la Argentina actual, los costos políticos de ser acusado de “soberbia”, “autoritarismo” y “arbitrariedad” son superiores a los que tendría que pagar un mandatario considerado responsable de permitir que la tasa de inflación alcanzara niveles intolerables. Aquí los resultados electorales dependen más del “estilo” de los gobernantes y sus adversarios que de lo que efectivamente hacen o se comprometen a hacer. Por lo demás, a pesar de los esfuerzos de ciertos oficialistas de hacer creer que la Argentina es escenario de un gran conflicto entre ideologías incompatibles, la competencia entre el kirchnerismo por un lado y el antikirchnerismo por el otro tiene más que ver con la imagen cambiante de la presidenta, que con los hipotéticos méritos de los distintos “proyectos” en juego. Si no fuera así, el ministro de Economía y candidato vicepresidencial Amado Boudou estaría plenamente ocupado defendiendo su gestión y diciéndonos qué tiene en mente hacer en los años próximos pero, lo mismo que otros voceros oficiales, ha preferido pasar por alto temas tan aburridos. Puede que esta situación nada satisfactoria cambie antes de culminar la temporada electoral el 23 de octubre o, tal vez, el 20 de noviembre, y que la presidenta Cristina, Boudou y los candidatos opositores mejor ubicados como Ricardo Alfonsín, Eduardo Duhalde y Hermes Binner se dignen a celebrar debates auténticos en torno al estado del país, los desafíos que deban enfrentar y lo que harían para superarlos, pero es poco probable que lo hagan. Aún más que en otras democracias, en nuestro país lo que más cuentan son las imágenes –“el relato”, diría la presidenta–, no la realidad.


Los resultados de casi todas las elecciones que se han celebrado últimamente han reflejado lo que piensan los votantes sobre el kirchnerismo, considerado como un fenómeno menos político que humano, por decirlo así. No se han producido debates instructivos entre los diversos candidatos que, con pocas excepciones, han preferido limitarse a procurar proyectar, con la ayuda de asesores profesionales, una imagen que esperan caiga bien entre los electores. Asimismo, aunque siempre ha sido necesario tomar en cuenta la realidad local de las distintas jurisdicciones, tanto el oficialismo como los diversos movimientos opositores se las han arreglado para “nacionalizar” las elecciones provinciales o, en la Capital Federal, municipales, pero parecería que han incidido muy poco temas vinculados con la política económica y social del gobierno, ya que de acuerdo común lo más importante ha sido la relación subjetiva de cada persona con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, razón por la que la muerte de su marido en octubre pasado modificó el panorama político del país de manera tan radical. Que buena parte de la población haya querido manifestar su solidaridad emotiva con la viuda del ex presidente Néstor Kirchner es sin duda positivo, pero nunca constituyó un motivo racional para cambiar la intención de voto, como efectivamente sucedió en millones de casos. De todos modos, a juzgar por lo ocurrido en la Capital Federal, Santa Fe y otros distritos, el “efecto luto” está perdiendo con rapidez el extraño poder de convocatoria que tuvo durante muchos meses, pero esto no quiere decir que la ciudadanía haya decidido que le convendría prestar menos atención al atractivo personal de los candidatos y más a los temas que, en teoría por lo menos, en todas las democracias consolidadas deberían dominar las campañas electorales. Por cierto, los resultados de los comicios porteños y santafesinos no pueden atribuirse a la convicción de que el gobierno de Cristina manejaba mal la economía nacional o que su política social dejaba mucho que desear, como afirman los opositores, si bien podría decirse que en las zonas rurales de Santa Fe fue decisiva la postura oficial frente al campo a comienzos de la gestión de Cristina. Lo que más pesó fue la sensación de que la presidenta se había alejado demasiado del grueso de la ciudadanía, tratando mal a peronistas que la habían respaldado en circunstancias difíciles y rodeándose de adulones y los oportunistas jóvenes de La Cámpora, un club cuyos integrantes están procurando apropiarse de una cantidad creciente de puestos en la administración pública, las empresas estatizadas y, claro está, las legislaturas. En la Argentina actual, los costos políticos de ser acusado de “soberbia”, “autoritarismo” y “arbitrariedad” son superiores a los que tendría que pagar un mandatario considerado responsable de permitir que la tasa de inflación alcanzara niveles intolerables. Aquí los resultados electorales dependen más del “estilo” de los gobernantes y sus adversarios que de lo que efectivamente hacen o se comprometen a hacer. Por lo demás, a pesar de los esfuerzos de ciertos oficialistas de hacer creer que la Argentina es escenario de un gran conflicto entre ideologías incompatibles, la competencia entre el kirchnerismo por un lado y el antikirchnerismo por el otro tiene más que ver con la imagen cambiante de la presidenta, que con los hipotéticos méritos de los distintos “proyectos” en juego. Si no fuera así, el ministro de Economía y candidato vicepresidencial Amado Boudou estaría plenamente ocupado defendiendo su gestión y diciéndonos qué tiene en mente hacer en los años próximos pero, lo mismo que otros voceros oficiales, ha preferido pasar por alto temas tan aburridos. Puede que esta situación nada satisfactoria cambie antes de culminar la temporada electoral el 23 de octubre o, tal vez, el 20 de noviembre, y que la presidenta Cristina, Boudou y los candidatos opositores mejor ubicados como Ricardo Alfonsín, Eduardo Duhalde y Hermes Binner se dignen a celebrar debates auténticos en torno al estado del país, los desafíos que deban enfrentar y lo que harían para superarlos, pero es poco probable que lo hagan. Aún más que en otras democracias, en nuestro país lo que más cuentan son las imágenes –“el relato”, diría la presidenta–, no la realidad.

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