El rionegrino que lidera la misión del Conicet a los cañones submarinos de la Patagonia
El biólogo criado en Bariloche coliderará la nueva misión del Conicet al Atlántico Sur. El recuerdo de su infancia en la cordillera, el furor del streaming y el desafío de explorar zonas vírgenes a 4.000 metros de profundidad.
El biólogo rionegrino Martín Brogger, investigador del Conicet, será uno de los co-jefes de la nueva misión científica en el Atlántico Sur. Foto gentileza Misha Vallejo Prut/ Schmidt Ocean Institute.
«Soy barilochense», dice Martín Brogger con orgullo. Sus colegas le llaman Tincho, tiene 48 años, es investigador del Conicet y uno de los científicos que participó de las misiones que revelaron los misterios del Mar Argentino y que cautivaron por streaming a millones y millones de personas. En esta charla con DIARIO RÍO NEGRO, repasa su historia en la cordillera, su infancia, sus años de universidad y los detalles de una aventura que conmovió al país y que el año que viene se volverá a repetir en la costa patagónica.
Un chico de Bariloche con una curiosidad enorme
¿Cómo un niño criado entre montañas y lagos en la década del 80′ en Bariloche, que vivía al aire libre, que miraba poca televisión y leía muchas revistas, llega a fascinarse con el fondo del mar? «Con mi hermano pasábamos mucho tiempo explorando, pescando, caminando por el bosque o acampando con mi familia», recuerda Martín Brogger. Eran tiempos en donde Canal 6 tenía una programación de TV acotada, ‘exclusiva'», se ríe, y cuenta que la falta de opciones en la grilla local hacía que el mundo se descubriera afuera o leyendo revistas.
«Creo que eso despertó muy temprano una enorme curiosidad por entender cómo funcionan los ecosistemas y por qué los seres vivos son como son. También me marcó la idea de que la naturaleza no es algo lejano, sino parte de nuestra vida cotidiana y de nuestra identidad», agregó.

Por otra parte, reconoce que haber crecido en esa ciudad implicaba convivir con la actividad científica casi de manera natural. «Uno crece escuchando hablar del Centro Atómico, del INVAP, del Conicet o del Instituto Balseiro. Eso hace que la figura del científico deje de ser algo abstracto. Entendés que investigar puede ser una profesión real y cercana. Al mismo tiempo, estar rodeado de ambientes naturales tan diversos alimentó mi interés por la biología y por hacer preguntas sobre el mundo que me rodeaba».
El quiebre a los veinte años
A pesar de su vínculo con la montaña, su carrera tomó otro rumbo cuando se mudó para estudiar Biología en la Universidad de Buenos Aires. «La universidad pública me permitió transformar la curiosidad en una forma de trabajo. Aprendí que hacer ciencia implica perseverancia, adaptarse a contextos cambiantes y sostener proyectos a largo plazo gracias al esfuerzo colectivo de muchas personas. También entendí el enorme valor de las instituciones públicas que generan conocimiento y forman recursos humanos».

El contacto con el mar llegó a los 20 años, de la mano de una pasantía. «Fue ahí cuando descubrí el enorme potencial del mar como objeto de estudio», confiesa, «el océano es todavía uno de los ambientes menos conocidos del planeta, y esa combinación entre biodiversidad, misterio y posibilidad de generar conocimiento nuevo terminó de convencerme».
A partir de ahí comenzaron las salidas de campo. «Ese contacto directo con el mar patagónico fue muy movilizador. La inmensidad del paisaje, la riqueza de su biodiversidad y la cantidad de preguntas que aún quedan por responder hicieron que quisiera dedicar mi carrera a estudiar estos ecosistemas», expresa emocionado.
Puerto Madryn pasó de ser una oportunidad académica a convertirse en su hogar. Actualmente trabaja en el Instituto de Biología de Organismos Marinos (Ibiomar), en el Cenpat-Conicet, donde investiga la biodiversidad marina desde el intermareal patagónico hasta las profundidades del Mar Argentino.
La trastienda del asombro
El año pasado, la expedición Talud Continental IV, a bordo del buque Falkor (too) del Schmidt Ocean Institute, transmitió en vivo las imágenes de las inmersiones en el mar profundo y generó una respuesta masiva del público en las redes y plataformas de streaming.

«Fue una experiencia extraordinaria. Desde el punto de vista científico, trabajar con tecnología de última generación y explorar ambientes prácticamente desconocidos fue un privilegio enorme. Pero creo que lo más sorprendente fue el impacto social que tuvo la expedición. Ver a millones de personas siguiendo en vivo las inmersiones, haciendo preguntas y emocionándose con cada hallazgo fue algo que ninguno de nosotros imaginó», relata Brogger.

El público quedó fascinado biólogo confiesa que el asombro no fue solo del público, sino de los propios especialistas a bordo: «Hasta nosotros estábamos sorprendidos y maravillados. Trabajamos con esos bichos y estamos acostumbrados, pero verlos ahí, vivos, en su hábitat, nos superaba».
Para Martín, esa respuesta de la gente derribó varios prejuicios sobre la comunicación de la ciencia. «Me sorprendió la emoción genuina. Muchas veces se piensa que la ciencia es algo lejano o difícil de comprender, pero la expedición demostró lo contrario. Cuando uno comparte el proceso del descubrimiento de manera abierta y honesta, la gente se involucra. Había niños, docentes, familias enteras siguiendo las transmisiones. Creo que todos conservamos cierta capacidad de asombro y el océano profundo despertó justamente eso».

Los resultados de esa campaña abrieron nuevas líneas de análisis. «La expedición mostró que todavía conocemos muy poco sobre nuestros ambientes profundos. Documentamos hábitats de gran complejidad estructural y registramos una biodiversidad mucho mayor de la que esperábamos. Cada nueva especie registrada ayuda a comprender cómo funcionan estos ecosistemas y aporta información clave para su conservación y manejo. Pero además hay una dimensión social muy importante: no se puede valorar ni proteger aquello que no se conoce. Generar conocimiento sobre el Mar Argentino es también fortalecer nuestra relación con él».
Doce horas de turno, adrenalina y pantallas: la vida a bordo del Falkor (too)
La vida a bordo del buque Falkor (too) se organizó en turnos estrictos de 12 horas para mantener el barco activo las 24 horas. Los científicos debieron adaptar sus cuerpos a una rutina milimétrica, donde incluso las comidas tenían horarios fijos y adelantados, como la cena a las 17:30.

El centro de operaciones era el cuarto de control del robot submarino SuBastian, encargado de las inmersiones que duraban entre 10 y 24 horas en el fondo del mar. En esa sala, los investigadores pasaban horas frente a las pantallas monitoreando el terreno y guiando los brazos mecánicos del robot para recolectar las muestras.

En ese mismo espacio se manejaba la transmisión en vivo por YouTube. El equipo debía concentrarse en la precisión científica del muestreo profundo mientras leía, en tiempo real, las preguntas del público. Según declaró Brogger, ese ida y vuelta constante convirtió una campaña puramente técnica en una experiencia humana que los conmovió.

Una vez que el robot salía a la superficie, el trabajo se trasladaba al laboratorio principal, donde unas 20 personas clasificaban los organismos. Con lupas, cámaras y un generador de hielo constante para conservar el material, el equipo procesaba los hallazgos que hoy siguen abriendo preguntas sobre nuestro mar.

La nueva campaña frente a la Patagonia
Tras el reciente anuncio, el equipo ya planifica la próxima campaña oceanográfica para el 2027. «La nueva campaña buscará ampliar el conocimiento sobre los ecosistemas profundos del Mar Argentino, particularmente en sectores que aún han sido poco explorados. Queremos comprender mejor cómo se distribuyen las especies, cómo se estructuran estas comunidades y cuáles son los factores ambientales que explican esa biodiversidad», anticipa.
«Cada expedición abre nuevas preguntas. Seguramente encontraremos organismos que nunca habían sido registrados en la región e incluso algunos potencialmente nuevos para la ciencia. Pero también esperamos generar información sólida que contribuya a futuras estrategias de conservación».

Para Brogger, hablar con el diario de la región donde se crió es una oportunidad para dirigirle un mensaje directo a los más jóvenes. «Me gustaría que los jóvenes patagónicos entiendan que la ciencia no es un camino reservado para unos pocos. Yo fui un chico que creció en Bariloche, con mucha curiosidad por la naturaleza, y esa curiosidad terminó convirtiéndose en una profesión. La Patagonia está llena de preguntas fascinantes por responder y necesitamos nuevas generaciones que quieran hacerse esas preguntas».

Por otra parte destacó que hacer ciencia «es un trabajo profundamente colectivo. Detrás de cada expedición hay técnicos, investigadores, estudiantes, tripulaciones y muchas personas trabajando juntas. Aun en contextos complejos, con dificultades y desafíos permanentes, seguimos generando conocimiento valioso desde Argentina. Creo que eso también es importante: mostrar que es posible hacer ciencia de excelencia, formar equipos sólidos y aportar desde nuestro país a preguntas que tienen relevancia global».


Foto gentileza Schmidt Ocean Institute.
"Soy barilochense", dice Martín Brogger con orgullo. Sus colegas le llaman Tincho, tiene 48 años, es investigador del Conicet y uno de los científicos que participó de las misiones que revelaron los misterios del Mar Argentino y que cautivaron por streaming a millones y millones de personas. En esta charla con DIARIO RÍO NEGRO, repasa su historia en la cordillera, su infancia, sus años de universidad y los detalles de una aventura que conmovió al país y que el año que viene se volverá a repetir en la costa patagónica.
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