Mario Figueroa, el escritor patagónico que desafía las aulas: “No comparto la mirada apocalíptica de que los chicos ya no leen”
Mario Figueroa presenta "La alegría perdida de Caitruz", una novela que aborda la interculturalidad a través de un niño mapuche. En diálogo con Lecton, habla sobre cómo la Patagonia inspira sus historias y el verdadero desafío de acercar los libros a las infancias.
Lejos de las pretensiones folclóricas, el escritor, docente, periodista y comunicador cipoleño, Mario Figueroa concibe el territorio patagónico como una rigurosa herramienta literaria. Es aquí, en esta geografía, con su viento, sus ríos y sus realidades escolares, donde anidan sus historias.
Con siete libros publicados -entre ellos “Felipe y el viento” y “El sueño de Luisina”-, Figueroa viene desarrollando una obra sostenida dentro de la literatura para las infancias en la región, con relatos que encuentran en la Patagonia un espacio narrativo fértil. Su nueva novela más reciente, “La alegría perdida de Caitruz”, editada por el sello independiente Nubífero, es una inmersión en la interculturalidad a través de los ojos de un niño mapuche en una escuela de Ruca Choroi, que se siente triste porque su cultura no tiene lugar en la escuela . Una historia que nació hace más de una década por el impacto de un documental de Jorge Prelorán, y que tras una carambola del destino en una ventosa feria del libro en General Roca, encontró finalmente su camino hacia los lectores y las aulas.

El resultado es una novela que dialoga con sus libros anteriores, donde la Patagonia funciona como una herramienta narrativa, y donde todo lo que ocurre en este lugar construye un universo reconocible para pensar cuestiones más profundas.
En esta conversación con Lecton, Figueroa habla de sus lecturas formativas, de las noches dedicadas a la escritura después de que se apagan las luces de la casa y sus hijos más chicos se acuestan a dormir, del documental que inspiró Caitruz y de su convicción de que los chicos siguen leyendo, aunque el desafío, el gran desafío, sea acercarles más libros.
-¿Cómo empezó tu vínculo con la literatura y en qué momento se despertó el impulso de escribir?
-En realidad, creo que el único origen posible es la lectura. Fui un lector muy voraz, muy desordenado, muy ecléctico, muy curioso. A pesar de que en mi casa no circulaban libros con mucha profundidad, en algún momento de la historia encontré un vínculo con ellos que me atrapó de una manera muy singular. Me fascinaba ir al encuentro con los libros en la primaria y la secundaria, hacía mi propio recorrido con la biblioteca. Meterse en el universo de las lecturas, en algún punto, te va llevando al proceso de escritura. Después lo empecé a tomar como un juego, como experimentar hacia cuarto o quinto año de la secundaria, dándole forma a algunas historias. La escritura en mi caso tiene mucha deuda con las prácticas de lectura. Viene de ahí sin duda. De adolescente mis lecturas eran Julio Verne, que representaba todo un universo de lo fantástico y técnico; y su contraparte, Salgari, que eran los piratas y los mercenarios. También Stevenson, Jack London, y de este lado García Márquez, Horacio Quiroga, lecturas vinculadas con la supervivencia y el desafío del hombre con la naturaleza. Ese universo, tan disfrutable, tan maravilloso, siempre lo recuerdo muy lindo, sobre todo por la cuestión vinculada con los tiempos, porque los tiempos en la adolescencia y la juventud, uno en ese momento no se da cuenta, pero luego los añora. Después lo que me pasó fue que cuando entré a la facultad se me achicaron esos tiempos de una lectura un poco más ociosa y me volví un poco más selectivo, obligadamente, porque me volví más urbano también, y fui hacia los clásicos: Cortázar, Borges, Antonio Di Benedetto. En la lista sumo a Osvaldo Soriano, que lo amo, he leído su obra como dos o tres veces y siempre me pasa que cuando ando medio perdido agarro un libro de Soriano.

-¿Todas esas lecturas impulsaron la escritura?
-Lo que me pasó con la escritura es que es el territorio donde siento mayor posibilidades de experimentación, es como un punto de fuga. En el trabajo, leo textos periodísticos o académicos, que son dos universos más rígidos. En cambio, en la literatura, la posibilidad de imaginar narradores, o jugar con las escenas…Yo creo que tuvo mucho que ver ese estado de nostalgia que siempre sentí por la infancia, porque fue una etapa que disfruté mucho. Fui muy feliz. Entonces siempre tiendo a volver.
El azar, Prelorán y el nacimiento de Caitruz
-¿Cómo surge este séptimo libro?
-Es una historia bastante vieja, del 2011 o 2012. El disparador, el origen, es el trabajo del documentalista de los años 60 que se llamaba Jorge Prelorán. Él hizo un registro muy interesante de la Argentina profunda, ligado a las culturas originarias. En un momento, él vino a la Patagonia, a Ruca Choroi, a hacer un documental y conectó con Lorenzo Kelly, el documentalista de Cipolletti. Juntos fueron a filmar “Araucanos en Ruca Choroi”. A mí me impactó mucho ese documental, lo vi varias veces. Por eso, esta novela transcurre en Ruca Choroi y en ese ambiente. Cuando trabajamos con la ilustradora, Graciela Fernández, compartimos este documental para que imaginara los paisajes. Fue una especie de homenaje.
“Araucanos de Ruca Choroi” es una de las obras fundamentales de Prelorán y también uno de los documentos audiovisuales más valiosos sobre el pueblo mapuche en la Patagonia. Lo más notable del documental es que Prelorán evita la mirada antropológica tradicional y le cede la palabra al lonko Damacio Caytrúz, cuya voz guía todo el relato. Es Caytrúz quien cuenta la historia de su comunidad, recuerda los abusos sufridos por sus antepasados y describe la vida cotidiana e: el trabajo con los animales, los tejidos, las ceremonias, las dificultades del invierno y la emigración de los jóvenes.
-El camino para publicarlo tuvo mucho de azar…
-Totalmente azaroso y casual. Yo estaba presentando mi libro “El sueño de Luisina” en la Feria del libro de Roca, hace unos cuatro o cinco años, en una globa en la plaza. Soplaba un viento de 70 kilómetros por hora, se volaba todo y de la organización llamaron a los stands para que entraran. Entre ellos, estaban los representantes de editoriales independientes de Buenos Aires, Cheuque y Nubífero. La verdad es que se vieron obligados a escuchar mi charla por el viento. Al terminar, se me acercaron y me dijeron: “ ¿Por qué no nos mandás el texto?”, porque ellos trabajan justamente temas vinculados con interculturalidad y tienen una colección de pueblos originarios. Ahí retomé el proyecto, volví a reescribir el texto, Graciela hizo más ilustraciones y le dimos para adelante.
-Este nuevo libro es más largo, tiene capítulos, y más reflexivo. ¿cómo lo presentás al público infantil?
-Sí, es un poco más profundo, necesita, o pone en juego cuestiones a reflexionar, a autoinspeccionarse. En las presentaciones, lo que trato de hacer es plantear cómo nos relacionamos, o cuáles son los problemas o las situaciones que a veces nos angustian en las escuelas. Trato de llevarlo por ese lado, sin caer en la moralina de lo que está bien o lo que está mal, porque suele ser una edad, en general, donde la cuestión de los límites está en permanente negociación. Entonces, lo pongo un poco en un tono más conversacional, y después les cuento un poco la historia de Caitruz.
En el territorio
-En toda tu literatura está muy marcada la territorialidad. ¿Qué importancia le das?
-No más que el peso propio de una herramienta literaria para construir un mundo fantástico. En los procesos de escritura siempre se filtran tus referentes. A mí siempre me fascinó cómo Gustavo Roldán situaba su literatura para las infancias en el monte chaqueño, o los “Cuentos de la selva”, de Horacio Quiroga. Esa capacidad de cerrar un universo donde los personajes interactúan y nunca se escapan de ese territorio me parece buena para dotar de cierta credibilidad al relato. Que el contexto esté presente encima de ese clima que estoy contando sostiene la estructura. Que toda la historia de Luisina transcurra a orillas del río es un trabajo de escritura para no alejar a los personajes del escenario. Que se escuche el ruido de un animal, el crujir de los árboles. Me sale así, como una necesidad del diseño del texto literario, más que como una intencionalidad de que mis textos sean patagónicos. No es tanto una pretensión política como una herramienta literaria.

-Este libro incorpora herramientas como cartas…
-Lo de las cartas fue una decisión de la editorial Nubífero. Las editoriales independientes conectan mucho con las escuelas y dialogan con las docentes, entonces le agregaron ese recurso como una actividad más, como una herramienta didáctica.
-También tiene un glosario, como tus otros libros, “Felipe y el viento” y “ El sueño de Luisina “
-Para quienes somos de acá, hay animales o situaciones que son conocidas, pero uno nunca sabe si el libro circula por otros lugares. Me parecía lindo agregarle un nivel de juego a la lectura, eso que nos gusta de ir para atrás, buscar el dibujo del bichito -sea un cuis, un sauce o una mara patagónica-, imaginarse cómo es y volver al libro.
Contra la mirada apocalíptica
-¿Qué te gustaría que un lector se lleve al cerrar La alegría perdida de Caitruz?
-Una reflexión, una problematización. Cortázar hablaba, cuando clasificaba a los tipos de lectores, del lector pasivo y el lector activo, que es ese que te ayuda a cerrar el sentido de la escritura. Me gustaría que quede flotando la idea de: “¿Qué hacemos a veces en el aula? ¿Cómo no nos damos cuenta de algunas cosas? ¿Cómo funcionan a veces los silencios?”. Que deje flotando un pensamiento.
-Como docente y padre, ¿cómo ves la relación actual de los chicos y los jóvenes con la lectura?
-No estoy tan seguro de esa mirada tan apocalíptica de que los chicos no leen. Sí creo que sería importante fortalecer mucho las políticas que acerquen más los libros, las editoriales y las estrategias con las infancias. Nuestra cultura oral es muy, muy fuerte, y siempre que tengo estas experiencias de poder compartir con chicos y chicas en las escuelas noto que conectan rápidamente si el universo les es cercano.
Lejos de las pretensiones folclóricas, el escritor, docente, periodista y comunicador cipoleño, Mario Figueroa concibe el territorio patagónico como una rigurosa herramienta literaria. Es aquí, en esta geografía, con su viento, sus ríos y sus realidades escolares, donde anidan sus historias.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios