Los primeros intentos por hacer navegable el río Negro

Exploradores, expediciones y proyectos de navegación marcaron durante más de un siglo la historia del río Negro, una vía natural que se intentó convertir en el gran corredor fluvial de la Patagonia.

Por Edith Cabrera

Imagen del cauce del río Negro (Archivo)

Los primeros antecedentes de la navegación del río Negro se remontan a noviembre de 1782, cuando el alférez de la Real Armada Basilio Villarino inició el reconocimiento del río desde Carmen de Patagones, en su desembocadura, hasta la vertiente oriental de los Andes. Tras recorrer centenares de leguas entre altas barrancas cubiertas de matorrales, el 23 de enero de 1783 llegó a la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, a los que denominó Gran Desagüadero y Sauquel o Diamante, porque todavía creía que el río Diamante desembocaba en el Negro y confundía con él al Neuquén, palabra indígena que significa «correntoso».

Medio siglo después, Nicolás Descalzi volvió a remontar el río. A bordo de la goleta Encarnación, el ingeniero hidrográfico fue designado por Juan Manuel de Rosas para reconocer ambas márgenes del río Negro hasta la confluencia del Neuquén con el Limay. La expedición partió en 1833 desde Patagones y concluyó en abril de 1834, cuando regresó a Buenos Aires.

Su trabajo, conocido como Diario del reconocimiento del Río Negro, reunió observaciones astronómicas y meteorológicas, además de la fijación de vértices geodésicos que permitieron elaborar mapas topográficos. Décadas más tarde, esos registros servirían como referencia para nuevas expediciones.

Del reconocimiento a los primeros proyectos de navegación

Imagen desde una costa del río (Archivo)

El interés por el río Negro fue más allá de su exploración. En 1867, el Congreso Nacional promulgó la Ley 215, que disponía el traslado de la frontera interior hasta el río Negro y autorizaba la inversión de fondos para la exploración y navegación de su cauce. Aunque la aplicación de la norma demandó varios años, las tareas vinculadas al conocimiento del río comenzaron casi de inmediato y la Armada participó en distintas expediciones que permitieron avanzar sobre un territorio todavía poco conocido.

En 1869, por orden del presidente Domingo Faustino Sarmiento, el capitán Ceferino Ramírez encabezó un nuevo reconocimiento del río. La expedición logró llegar hasta la isla de Choele Choel, pero al intentar continuar hacia la Isla Grande la embarcación quedó varada y sus tripulantes debieron resistir los continuos ataques de Calfucurá, que impidieron seguir avanzando y permanecer en la zona.

Poco tiempo después, el capitán Clodomiro Urtubey fue destinado a la costa patagónica y colaboró con Ramírez hasta la instalación del fortín General Conesa, origen de la actual ciudad rionegrina.

Los reconocimientos continuaron en los años siguientes. En 1872, una nueva expedición al mando de Martín Guerrico volvió a recorrer el río para profundizar su estudio. Siete años más tarde, otra misión utilizó como guía el trabajo realizado por Descalzi y comprobó que el cauce había experimentado modificaciones con el paso del tiempo: algunas islas permanecían, mientras que otras habían desaparecido o se habían formado nuevas.

Imagen del río Negro (Archivo)

A partir de estas primeras experiencias, hacia 1883 se creó la Escuadrilla del Río Negro, un hecho que marcó el inicio de una nueva etapa en la historia de la navegación sobre este curso de agua. Los años siguientes estarían signados por distintos intentos de convertir al río en una vía de comunicación permanente entre la costa atlántica y el interior de la Patagonia.


Imagen del cauce del río Negro (Archivo)

Los primeros antecedentes de la navegación del río Negro se remontan a noviembre de 1782, cuando el alférez de la Real Armada Basilio Villarino inició el reconocimiento del río desde Carmen de Patagones, en su desembocadura, hasta la vertiente oriental de los Andes. Tras recorrer centenares de leguas entre altas barrancas cubiertas de matorrales, el 23 de enero de 1783 llegó a la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, a los que denominó Gran Desagüadero y Sauquel o Diamante, porque todavía creía que el río Diamante desembocaba en el Negro y confundía con él al Neuquén, palabra indígena que significa "correntoso".

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