Ivana García, médica gerontóloga neuquina, investigó cómo los viajes pueden ayudar a envejecer mejor

Una tesis de la médica gerontóloga Ivana García analizó las experiencias de 22 personas que participaron de los Tours Zona Azul en Costa Rica, España y Portugal. El estudio concluyó que la transformación no está solamente en el destino, sino en una experiencia diseñada para recuperar movimiento, fortalecer vínculos, renovar la confianza y encontrar nuevos propósitos.

Por Lorena Vincenty

Ivana García, médica gerontóloga neuquina, investigó cómo los viajes pueden convertirse en una herramienta de transformación personal.

La edad cuenta los años vividos, pero no define los caminos que quedan por recorrer. La médica gerontóloga neuquina Ivana García lo sabe y, por eso, realizó una investigación sobre cómo las experiencias en las Zonas Azules del mundo pueden favorecer un envejecimiento más activo, autónomo y conectado. Su trabajo busca demostrar que, a veces, un viaje puede convertirse en una nueva oportunidad para cambiar hábitos, recuperar confianza y descubrir otras formas de vivir.

El estudio, desarrollado en el marco de su tesis de la Maestría en Gestión de Servicios de Gerontología de la Universidad ISALUD, analizó las experiencias de 22 participantes en viajes realizados a Costa Rica, España y Portugal. La investigación, titulada “Turismo transformacional y envejecimiento saludable. Experiencias de personas adultas y mayores en Tours Zona Azul”, buscó comprender qué elementos de esos viajes favorecieron cambios en la forma de pensar la salud, los vínculos y el propio proceso de envejecimiento.

Ivana García es médica gerontóloga de Neuquén, propietaria de Ámbar S.A.S. y especialista en propuestas vinculadas al bienestar, la autonomía y la calidad de vida de las personas mayores. “Primero fui especialista en medicina familiar y después me dediqué a la gestión. Hice una maestría en gestión política, donde mi tesis estuvo relacionada a políticas públicas para personas mayores, y luego hice una maestría en gestión de servicios de gerontología, que es el camino que elegí para mi futuro profesional”, cuenta.

Costa Rica, España y Portugal fueron los destinos elegidos para analizar cómo nuevas experiencias pueden modificar hábitos y recuperar confianza.

Durante años brindó charlas y talleres sobre hábitos saludables. Allí apareció una inquietud que terminó convirtiéndose en investigación. “La gente me decía: ‘Ivana, hermoso todo lo que decís, tenés razón, pero vuelvo a mi casa y sigo con la misma rutina’. No lograban generar un cambio”, recuerda. Esa repetida frase abrió una pregunta: cómo lograr que las personas no solamente escuchen recomendaciones, sino que puedan experimentar una transformación real.


Cuando el viaje deja de ser una escapada


La respuesta apareció durante la maestría, cuando el doctor Alberto Cormillot brindó una charla sobre las llamadas zonas azules: lugares del mundo donde existe una concentración excepcional de personas longevas con buena calidad de vida. “Ahí pensé: quizás puede ser por este lado. Tal vez podíamos organizar viajes a esos lugares, ver cómo vive la gente allí y sumar talleres vivenciales para que los participantes pudieran experimentar esos hábitos durante el viaje”, explica García.

Así nació, como una primera experiencia piloto, el viaje a Costa Rica en abril de 2024. La elección tuvo una lógica: era más accesible, con el mismo idioma y una cultura cercana. La experiencia fue tan positiva que decidió documentarla y convertirla en parte de su tesis.

Más que conocer un destino, la propuesta busca que los viajeros incorporen nuevas herramientas para su vida cotidiana.

Lugares donde la longevidad tiene otra explicación


Las Zonas Azules fueron identificadas por el investigador Dan Buettner que identificó comunidades con una alta presencia de personas centenarias que mantienen autonomía y buena calidad de vida. Son cinco regiones conocidas mundialmente: Nicoya, en Costa Rica; Loma Linda, en Estados Unidos; Ikaria, en Grecia; Cerdeña, en Italia; y Okinawa, en Japón.

Los estudios encontraron algunos patrones comunes: una alimentación basada en productos naturales, movimiento incorporado a la vida diaria, vínculos comunitarios fuertes, bajos niveles de estrés y, especialmente, un propósito vital. “No se trata solamente de vivir muchos años, sino de vivirlos bien”, explica García.

Ese propósito no tiene que ser algo extraordinario. Puede ser aprender algo pendiente, cuidar una planta, acompañar a los nietos desde el disfrute o simplemente recuperar independencia. “Hay tantos propósitos como personas. No hace falta que sea algo enorme ni que implique grandes recursos. Puede ser algo tan simple como decir: ‘Mi propósito es poder moverme mejor’. Entonces esa persona se levanta todos los días con el objetivo de hacer una caminata de 15 minutos. Y eso ya genera un cambio”, afirma.

Para la especialista, en la vejez ese motor es fundamental. “Muchas personas llegan a esa etapa viendo el vaso medio vacío. El propósito ayuda a cambiar esa mirada, a volver a encontrar motivaciones y a ver el vaso medio lleno”.


Una bicicleta, 300 kilómetros y una nueva confianza


Uno de los momentos que más recuerda ocurrió con una pasajera que llegó al primer viaje a Costa Rica con una idea clara: no quería hacer ejercicio. “Ella me decía: ‘Ivana, yo no voy a hacer ejercicio’. Entonces fuimos trabajando de a poco”, cuenta. Durante el viaje comenzaron con caminatas largas, siempre acompañadas y adaptadas.

En una de ellas, después de completar un recorrido, la mujer le dijo: “La verdad pensé que no iba a llegar”. Pero llegó. Un mes después ocurrió algo inesperado. Mientras organizaban el Camino de Santiago en bicicleta, recibió un mensaje. “Ivana, quiero hacerlo en bicicleta”, le dijo.

La respuesta fue inmediata: había que entrenar. Finalmente, esa mujer de 75 años recorrió los 300 kilómetros en cinco días. “No fue un paseo, hicimos muchas paradas porque había que respetar los tiempos de cada uno, pero llegamos. Fue emocionante verla llegar a Compostela, ver su felicidad y el impacto que tuvo en su familia. Sus hijos no podían creer lo que había logrado”, recuerda.

La historia tuvo un cierre que para García resume todo el espíritu del proyecto. “Volvimos del viaje y al mes me dijo: ‘Ivana, mi cuerpo me pide movimiento’. Era la persona que antes no quería hacer ejercicio”.


El grupo como parte de la transformación


La investigación también puso el foco en algo que muchas veces queda en segundo plano: los vínculos. En el último viaje al Camino de Santiago, la integrante más grande del grupo tenía 77 años. “Nosotros, que teníamos entre 40 y 50 años, incluso nos cansábamos. Yo tengo 51 años y veía a esta mujer de 77 años adelante nuestro, caminando tranquila, cantando y diciendo: ‘No, sigamos, sigamos que vamos a llegar’”, relata.

Para García, esa escena muestra el poder del grupo. “La excusa es visitar las zonas azules, pero el intercambio con otros viajeros, con otras culturas y con personas con historias diferentes tiene un peso tan importante como el destino en sí”.

Por eso los viajes incluyen preparación, acompañamiento y seguimiento posterior. “La agencia de viajes con la que trabajamos, Tras la Senda, de General Roca, comparte esta misma mirada. No es solamente ir a conocer un lugar. Son experiencias vivenciales donde escuchamos qué necesita cada persona y adaptamos el viaje. No todos tienen los mismos desafíos”.

Los viajes lograron algo diferente en cada persona. «Por ejemplo, una pasajera ya tenía buenos hábitos: se alimentaba bien, hacía actividad física y cuidaba su salud. Sin embargo, al finalizar uno de los viajes me dijo: “Me di cuenta de que me maltrato mucho”. Como relata la médica, ella se hablaba a sí misma de una manera muy negativa. Permanentemente se decía cosas como “qué tonta que soy” o se criticaba por situaciones que no podía resolver y durante el viaje empezó a verse de otra manera.


Pequeños cambios que vuelven a casa


Durante los viajes también aparecen modificaciones vinculadas a la alimentación, el descanso y el manejo del estrés. En Costa Rica, por ejemplo, los participantes experimentaron durante varios días una alimentación con menos harinas y más verduras, proteínas y alimentos naturales. “Volvíamos diciendo: ‘Hace un montón que no comemos una factura, un pan, un postre’. Y nos dábamos cuenta de que nos sentíamos más livianos, con más energía y menos hinchados”, cuenta García.

No se trata de prohibiciones, sino de encontrar equilibrio. También incorporan ejercicios simples de relajación. “Hacemos meditaciones cortitas, de apenas un minuto. Y la gente descubre que con un ejercicio de respiración sencillo puede bajar la frecuencia cardíaca, disminuir la tensión y ver un conflicto desde otro lugar”.


Una nueva mirada sobre envejecer


La investigación será presentada por Ivana García en el XXII Congreso Argentino de Gerontología y Geriatría, que se realizará en agosto en Mar del Plata. El encuentro reunirá a profesionales de distintas disciplinas: médicos, kinesiólogos, nutricionistas, psicólogos, acompañantes terapéuticos y especialistas vinculados al bienestar en la vejez.

Para García, el desafío es cambiar la manera en que la sociedad mira esta etapa. “Mi propósito es que las personas puedan disfrutar la vejez, que no le tengan miedo y que lleguen preparadas para vivirla de la mejor manera posible”, dice.

Además de los viajes, su trabajo cotidiano incluye la atención domiciliaria de personas mayores y el acompañamiento a sus familias. “Muchas veces llegan diciendo: ‘Pasó todo esto con mi papá o con mi mamá y no sé para dónde arrancar’. Como sociedad tenemos muy poca formación sobre cómo acompañar el envejecimiento”.

La investigación demuestra que el turismo puede ser una oportunidad para recuperar confianza, crear vínculos, cambiar la forma de mirar el tiempo que queda. Porque viajar, no siempre es ir más lejos; muchas veces es volver distinto.


Ivana García, médica gerontóloga neuquina, investigó cómo los viajes pueden convertirse en una herramienta de transformación personal.

La edad cuenta los años vividos, pero no define los caminos que quedan por recorrer. La médica gerontóloga neuquina Ivana García lo sabe y, por eso, realizó una investigación sobre cómo las experiencias en las Zonas Azules del mundo pueden favorecer un envejecimiento más activo, autónomo y conectado. Su trabajo busca demostrar que, a veces, un viaje puede convertirse en una nueva oportunidad para cambiar hábitos, recuperar confianza y descubrir otras formas de vivir.

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