“No todo es autismo”: la advertencia de una especialista ante el aumento de las etiquetas

En un mundo atravesado por la inmediatez, las redes sociales y la búsqueda de respuestas rápidas, la médica pediatra y psiquiatra infantil Florencia María Sanabria advierte sobre el riesgo de convertir conductas aisladas en diagnósticos. Y llama a frenar las etiquetas automáticas, rescatar la mirada integral del paciente y devolverle tiempo de escucha a la consulta.

Por Lorena Vincenty

La especialista plantea una mirada integral sobre la infancia y advierte sobre los riesgos de etiquetar conductas aisladas.

Hay una palabra que aparece una y otra vez cuando la doctora Florencia María Sanabria habla de infancia: mirar. No como un acto pasivo, sino como una forma de detenerse antes de sacar conclusiones. Mirar la historia clínica, el sueño, la alimentación, la escuela, la familia, la audición y la visión. Mirar qué ocurrió antes de una conducta y, sobre todo, qué puede estar diciendo un niño cuando algo en su comportamiento cambia.

En tiempos de respuestas rápidas, cuestionarios que circulan por internet y redes sociales capaces de convertir una conducta en un diagnóstico, la médica pediatra, psiquiatra infantil y especialista en neurodesarrollo propone bajar la velocidad. Con más de 15 años de experiencia y formación en pediatría, psiquiatría infanto-juvenil, nutrición y neurociencias, acaba de publicar dos libros con Grupo Planeta: «No todo es autismo: 100 razones para mirar más allá» y «Niños bajo presión: El estrés infantil disfrazado de trastorno».

Los dos parten de una preocupación que también atraviesa su práctica cotidiana: qué sucede cuando un niño recibe una etiqueta y, a partir de ese momento, esa etiqueta reemplaza a la investigación. Un niño que se aísla, presenta dificultades en el lenguaje, está irritable, realiza movimientos repetitivos o duerme mal tiene señales que merecen atención. Pero, para Sanabria, esas señales deberían abrir preguntas y no cerrarlas.

“Cuando planteo ‘No todo es autismo’, hay una pregunta que acompañó durante años mi práctica clínica: ¿qué pasa cuando un niño recibe un diagnóstico y dejamos de investigar?”. Según observa, cada vez son más frecuentes las conductas aisladas que llevan directamente a pensar en autismo, sin atravesar antes un diagnóstico diferencial.

En uno de sus libros reúne más de 300 casos clínicos que, asegura, muestran la importancia de ese recorrido. Hay niños que presentaban condiciones clínicas comprobables capaces de afectar el neurodesarrollo y que se manifestaban con pérdida del lenguaje, cambios de conducta o dificultades para conectarse. “En todos esos casos se había dejado de investigar, solo se miraba la conducta”, sostiene.

La médica reúne en sus libros casos clínicos para plantear una pregunta: qué puede haber detrás de una conducta.

Ahí aparece uno de los puntos centrales de su planteo. El problema no está en prestar atención a una conducta, sino en convertirla rápidamente en una explicación definitiva. Su propuesta es volver a una evaluación integral que incluya los antecedentes del nacimiento, las enfermedades previas, la alimentación, el descanso, el desarrollo neurológico y el contexto familiar y escolar.


Una infancia con cada vez menos tiempo para jugar


Pero la mirada de Sanabria no se detiene en el consultorio. También pone el foco en la manera en que cambió la infancia. Los chicos pasan muchas horas en la escuela, tienen agendas cargadas de actividades y están sometidos desde edades tempranas a una demanda constante por alcanzar determinados objetivos. Mientras tanto, el juego libre y el tiempo sin actividades programadas parecen haber quedado cada vez más lejos.

“El contexto de crianza cambió muchísimo”, señala. Inglés, deportes, idiomas, terapias y otras propuestas se acumulan sobre niños que todavía están construyendo herramientas para manejar las emociones, el cansancio y la frustración.

Para Sanabria, ese contexto debería formar parte de cualquier evaluación, junto con cuestiones básicas como el sueño, la alimentación, la respiración o la masticación. También advierte sobre el adelantamiento de la pubertad, especialmente en las niñas.

“Creo que hoy tenemos la obligación de buscar un poquito más allá y no solamente etiquetar y hacer un sobrediagnóstico en el que todo es autismo. Hay que ver qué le está pasando realmente a ese niño. ¿A qué corresponde esa conducta? ¿Qué nos está tratando de decir?”.

Por eso propone comenzar por cuestiones sencillas: revisar la visión y la audición, realizar una evaluación pediátrica completa y observar los hábitos cotidianos. También considera fundamental registrar las conductas dentro de su contexto. No alcanza con decir que un chico “se porta mal” o “no presta atención”: hay que saber cuándo ocurre, con qué frecuencia, qué pasó antes y cómo logró recuperarse.


Cuando la exigencia también enferma


La sobrecarga es uno de los ejes de su segundo libro. Sanabria habla de burnout infantil para describir situaciones de agotamiento vinculadas con una infancia cada vez más exigida. La jornada no termina cuando suena el timbre de la escuela: después pueden venir inglés, tenis, otras actividades y, en algunos casos, tratamientos y terapias.

A eso se suma la comparación entre adultos: quién hace más cosas, quién habla más idiomas o quién tiene al hijo con más actividades. En su consultorio, cuenta, ve chicos que llegan agotados y asegura que algunos mejoraron al reducir actividades y recuperar tiempo de descanso y juego. “Frenás todas esas actividades y el trastorno desaparece”, sostiene. Según su experiencia, algunos chicos pudieron recibir el alta después de bajar el nivel de exigencia y modificar determinadas rutinas.

“No todo es autismo”: la especialista llama a mirar más allá de las conductas que preocupan a padres y docentes.

La situación se vuelve más delicada cuando esa lógica alcanza edades muy tempranas. Sanabria advierte además sobre la presencia de medicación psiquiátrica en niños de 2 o 3 años y plantea la necesidad de revisar con especial cuidado las intervenciones durante los primeros años de vida.


Criar a contrarreloj


Detrás de muchas de estas situaciones aparece otro elemento: el tiempo. Padres que trabajan muchas horas, jornadas escolares extendidas y una vida cotidiana en la que resulta cada vez más difícil encontrar momentos para acompañar a los chicos sin apuro. “Tenemos jornadas escolares extendidas y niños que, en muchos casos, tienen que comportarse como pequeños adultos. Y después nadie los acompaña como necesitan”, dice Sanabria.

En ese escenario, el juego aparece como una de las pérdidas que más le preocupan. Recuerda una infancia de bicicletas, recorridas por el barrio, tardes en la calle e historias inventadas entre chicos. No había una actividad detrás de cada hora: había tiempo. “Hoy los niños viven mucho más encerrados. Si no es el padre quien los saca a andar en bicicleta, muchas veces no salen. Yo creo que lo dejamos de hacer, principalmente, por falta de tiempo”.

La pantalla ocupa así un espacio que antes tenían el patio, la calle, la bicicleta o el juego inventado. Para Sanabria, recuperar ese contexto de crianza podría modificar también el escenario actual de los diagnósticos.


Lo que se pone en el plato también importa


La alimentación ocupa otro lugar central en su mirada. Sanabria trabaja en un tercer libro, previsto para fin de año, dedicado al eje intestino-cerebro y a la importancia de la alimentación durante el neurodesarrollo infantil.

En su experiencia, parte del problema está en que las dietas infantiles comenzaron a estar atravesadas por tendencias provenientes de las redes sociales. Allí aparecen alimentos convertidos en recetas universales, restricciones que no siempre contemplan las necesidades de un niño y suplementos pensados para adultos.

“En el consultorio veo que los niños desayunan palta y huevo, cuando tienen una necesidad de disponibilidad energética que incluye los carbohidratos y se les están haciendo dietas de adultos”, advierte. También cuestiona la eliminación indiscriminada de alimentos básicos y las dietas muy restrictivas. Su propuesta apunta a recuperar una alimentación variada y menos sometida a las modas «a lo básico, a los cereales, a la taza de leche, a los alimentos con los que nos criamos nosotros».

Florencia María Sanabria propone volver a mirar la historia clínica, la alimentación, el sueño y el entorno de cada niño.

Las redes sociales aparecen nuevamente como uno de los escenarios donde se cruzan la preocupación de los padres y la búsqueda de respuestas rápidas. Sanabria considera que allí circulan consejos que pueden terminar convirtiéndose en tratamientos sin evidencia y, en algunos casos, en prácticas peligrosas.

Entre los ejemplos que encontró en su consultorio menciona niños pequeños sometidos a enemas con agua y sal como supuesto tratamiento para el autismo. También habla de casos en los que se administran jugos de ortiga, orégano o perejil con distintas finalidades. “¿De dónde sacaron esa receta? ¿Para qué sirve?”, se pregunta frente a esas situaciones.

Al final de la conversación, todos los caminos regresan a la misma palabra con la que empieza esta historia. Mirar cuánto duerme un niño, qué come, cuánto juega, cómo respira, qué escucha, qué ve. Mirar qué sucede en su casa y en la escuela, cuánto tiempo tiene para estar con sus padres y qué ocurrió antes de que apareciera una determinada conducta.

En una época en la que las respuestas parecen estar a un clic de distancia, Sanabria propone hacer lo contrario: detenerse, mirar e investigar. Observar al niño en su totalidad, revisar su historia, sus hábitos, su entorno y las circunstancias que pueden estar detrás de una determinada conducta. Porque, para ella, una señal no debería ser el punto final de una evaluación, sino el comienzo de una pregunta.


La especialista plantea una mirada integral sobre la infancia y advierte sobre los riesgos de etiquetar conductas aisladas.

Hay una palabra que aparece una y otra vez cuando la doctora Florencia María Sanabria habla de infancia: mirar. No como un acto pasivo, sino como una forma de detenerse antes de sacar conclusiones. Mirar la historia clínica, el sueño, la alimentación, la escuela, la familia, la audición y la visión. Mirar qué ocurrió antes de una conducta y, sobre todo, qué puede estar diciendo un niño cuando algo en su comportamiento cambia.

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