Gobernar el desencanto

Redacción

Por Redacción

La reciente visita del presidente Javier Milei a París para encabezar  el Argentina Week dejó importantes promesas de inversión para nuestro país, que sin embargo están atadas a la capacidad que tenga la dirigencia para mostrar horizontes estables y previsibles en materia económica y política. La presencia de los gobernadores, entre ellos los de Río Negro y Neuquén, contribuyó a construir esa imagen de que, más allá de las diferencias  partidarias, existen consensos que sostienen la gobernabilidad y la institucionalidad a largo plazo.

Es una tarea que enfrenta importantes desafíos. Esta misma semana dos estudios de opinión pública mostraron que la Argentina atraviesa una paradoja compleja, ya que entre su población convive un sentimiento de apego profundo hacia las reglas del juego democrático con una enorme desconfianza hacia las instituciones y la clase política.

El último informe del Latinobarómetro 2026 (que releva opiniones de toda la región hacia la democracia) señala que la Argentina lidera el apoyo a este sistema, con un 73% de sus ciudadanos afirmando que es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Aunque no está exenta de críticas, el 83% parece coincidir con la famosa frase de Winston Churchill de que “es la peor forma de gobierno, a excepción de todas las demás que se han probado”. Un 86% no concibe una democracia sin elecciones libres y, datos importantes que la diferencian de otros países de la región, apenas un 28% toleraría un régimen autoritario a cambio de buenos resultados y sólo 33% respalda opciones de “mano dura”.

Por otra parte, el último estudio de Pulsar UBA muestra que este sólido compromiso democrático convive con una fuerte desconfianza institucional. Un 71% de los argentinos no se siente representado por el Congreso y  menos del 16% por los partidos políticos y sus líderes.

El trabajo señala que el país asiste a una consolidación del “ningunismo” (ciudadanos que no se sienten identificados con los espacios políticos tradicionales) y la eclosión de “creencias sin partidos”. Esto quiere decir que, pese al rechazo a la clase política, la sociedad está lejos de la apatía, ya que mantiene interés en los asuntos públicos y firmes convicciones sobre el rol del Estado, el mercado y los derechos individuales. Los que parece haberse roto es la capacidad de los partidos para ordenar y encauzar esas preferencias. En este escenario, los electorados ya no acuden a las urnas para ratificar doctrinas, sino para exigir respuestas concretas a sus problemas cotidianos y sancionar gestiones ineficientes, remover a malos gobiernos o buscar opciones por “fuera de la caja”. Otro riesgo es el ausentismo: ante la falta de opciones, los desencantados podrían decidir directamente no ir a votar.

El estudio agrega que en los últimos años las preferencias por el Estado o el mercado se han desplazado y se consolidaron cuatro sistemas ideológicos muy equilibrados: al “estatista tradicional” (24%) y al “privatista tradicional” (20%) se sumaron los perfiles de “privatista liberal” (29%) y “estatista liberal” (24%) según el grado de apoyo a la intervención pública en la economía y la vida personal. En este marco, cualquier pretensión de imponer proyectos hegemónicos estaría destinada al fracaso. Una política que pretenda perdurar demandará acuerdos transversales y flexibilidad para construir mayorías en los temas y reformas centrales.

El desafío de este “ningunismo” y la volatilidad ideológica puede ser crítico a la hora de articular políticas para sectores claves, como el desarrollo energético de Vaca Muerta, el litio, la transición renovable o las grandes obras de infraestructura, que requieren reglas tributarias y marcos regulatorios estables durante décadas para captar inversiones de gran escala. Si bien todos los bloques podrían coincidir en aumentar exportaciones, los desacuerdos surgen a la hora de discutir tarifas, subsidios y regulaciones. A la fragmentación se suma una profunda desconfianza fiscal: el 75% de los argentinos no cree que el Estado gaste bien el dinero de los impuestos y lo ve poco eficiente.

De esta forma, el reto para la dirigencia va más allá de los elogios o fotos grupales en una exposición y consiste en mostrar capacidad de articular mayorías legislativas y sociales estables para diseñar políticas públicas sostenibles en energía, infraestructura, empleo, educación y fiscalidad, entre otros.  

Lejos de dogmas rígidos y pretensiones de “refundar el país” exige  interpretar a un electorado volátil e independiente, dispuesto a usar las urnas como escarmiento.

El gran examen para la política será  si logra transformar esa alta legitimidad de origen del sistema democrático en respuestas concretas para la sociedad argentina. 


La reciente visita del presidente Javier Milei a París para encabezar  el Argentina Week dejó importantes promesas de inversión para nuestro país, que sin embargo están atadas a la capacidad que tenga la dirigencia para mostrar horizontes estables y previsibles en materia económica y política. La presencia de los gobernadores, entre ellos los de Río Negro y Neuquén, contribuyó a construir esa imagen de que, más allá de las diferencias  partidarias, existen consensos que sostienen la gobernabilidad y la institucionalidad a largo plazo.

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